Música, cultura y biología: Una lección de los pueblos originarios


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Estudiar al Homo sapiens es complejo debido a que somos el resultado de cuando menos dos programaciones; la biológica y la socio cultural. Y es por esto que los neurocientíficos se han preguntado durante décadas si la preferencia por los sonidos consonantes, aquellos que el oído percibe como más agradables, estaban de alguna manera determinados por nuestro cerebro; un estudio publicado en la revista Nature, indica que no es así*.

En 2010, Ricardo Godoy, un antropólogo de la Universidad de Brandeis (EEUU), que ha estado trabajando con el pueblo Tsimane durante muchos años, pidió a Josh McDermott, del Departamento de Cerebro y Ciencias cognitivas del MIT, que colaborase con él en un estudio sobre cómo responden a la música. La mayor parte de los tsimane, una sociedad agrícola boliviana de cerca de 12.000 personas, tiene una exposición muy limitada a la música occidental.

En el trabajo de investigación implicó a cien personas de un pueblo originario del amazonas y descubrieron que los acordes disonantes, como la combinación de Do y Fa sostenido, les resultaban tan agradables como los consonantes. “Este estudio indica que las preferencias por la consonancia más que por la disonancia dependen de la exposición a la cultura musical occidental y que la preferencia no es innata” dice McDermott.


Consonancia y disonancia, base de la armonía

A lo largo de los siglos, los científicos han planteado la hipótesis de que el cerebro está programado para responder favorablemente a acordes consonantes (un concepto musical que proviene de la antigua cultura griega y que, a pesar de haber cambiado con los años, mantiene su esencia en la música actual). Otros creen que estas preferencias están determinadas culturalmente como resultado de la exposición a la música de acordes consonantes.

Este debate ha sido difícil de resolver, en gran parte porque hoy en día hay muy pocas personas en el mundo que no estén familiarizados con la música occidental y sus acordes consonantes. “Es bastante difícil encontrar gente que no tenga una gran exposición a la música pop occidental debido a su difusión en todo el mundo. La mayoría habla mucho de música occidental y esta tiene un montón de acordes consonantes. Por lo tanto, ha sido difícil descartar la posibilidad de que nos guste la consonancia porque es a lo que estamos acostumbrados, pero también es complicado proporcionar pruebas definitivas”.

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Las enormes diferencias entre grupos

Los investigadores hicieron dos grupos, uno en 2011 y otro en 2015. En cada estudio, se pidió a los participantes que calificaran cuánto tanto les gustaban los acordes disonantes y consonantes. También realizaron experimentos para comprobar que los voluntarios distinguían ambos tipos de sonidos. El equipo realizó las mismas pruebas con un grupo de bolivianos de habla hispana que viven muy cerca del pueblo Tsimane y con los residentes de La Paz (la capital boliviana mucho más alejada). También probaron con grupos de músicos y no músicos americanos.

“Encontramos que la preferencia por la consonancia por encima de la disonancia varía dramáticamente entre los cinco grupos –añade McDermott–. En los tsimane es indetectable, y en los dos grupos en Bolivia hay una preferencia estadísticamente significativa pero pequeña. En los grupos americanos era un poco más grande, y la mayor diferencia es entre los músicos y los no músicos“. Cuando se les pidió calificar los sonidos no musicales, tales como las risas y los jadeos, los tsimane mostraron respuestas similares a las de otros grupos. También reaccionaron con la misma aversión respecto a una calidad musical conocida como ‘aspereza acústica’.

En definitiva, estos hallazgos indican que la preferencia por acordes consonantes resulta de la exposición a determinados tipos polifónicos de música (en este caso, occidentales), más que a la biología del sistema auditivo (una prueba científica de que la industria cultural diseña nuestros gustos y preferencias y compromete nuestra libertad de elección). Pero este fenómeno no resuelve problemas más complejos generados por la música; como la emergencia de estados de flujo (concepto que algunos neurólogos utilizan para hablar de plenitud y como medida de felicidad). Es un hecho que esas experiencias, que también podrían ser tratadas de místicas o espirituales, pueden ser producidas por música construida exclusivamente por sonidos consonantes y también por música que incorpora disonancias.

Con información de Nature y Agencia SINC | Selección, edición y notas del Colectivo Alterius

 


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