Jóvenes: víctimas y victimarios


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El dolor y el desconcierto frente a un acontecimiento tan difícil de entender y procesar como lo de Monterrey nos obliga a redoblar los esfuerzos reflexivos, que demandan serenidad, y a resistir la tentación del juicio fácil, temerario, de la certeza contundente.

La tendencia más sencilla es adscribir a la lectura “patológica” del caso. Este pensamiento trata de aislar y lo logra, no solamente al protagonista de esta violencia ciega, absurda, sino además del caso mismo, al que tiende a situar en el extremo de lo posible. Son sólo la locura, el deterioro subjetivo y la angustia persistente las razones que “explican” el comportamiento de este joven.

Pero sin negar ni ignorar que las dimensiones subjetivas representan en esto un papel central, considero que acudir a la explicación patológica sirve de coartada a la sociedad, en la medida en que nos coloca a salvo de cualquier sospecha y nos exime de la responsabilidad pasada, presente y futura.


Es  simplificado considerar que los productos propuestos por la industria cultural operan al margen de lo social y son capaces de orientar unidireccionalmente nuestros comportamientos.

Se tratará solamente de aislar, expulsar, controlar al agente patológico hasta que estas explicaciones resultan imposibles: los suicidios entre los jóvenes de 15 a 24 años han aumentado exponencialmente en la región y hay países que registran un incremento en su tasa de suicidios juveniles en los últimos diez años. La violencia ejercida por jóvenes contra otros jóvenes deja de ser un hecho aislado en América latina y en el mundo, y lo que varía son los instrumentos asesinos y el grado de visibilidad mediática que alcanzan los hechos.

Otra tendencia frecuente es la búsqueda de explicaciones socialmente deterministas: la excesiva exposición a los medios de comunicación, el consumo de ciertos estilos musicales, la admiración por ciertos artistas (Marilyn Manson es el favorito). Aunque, indudablemente, la industria cultural desempeñe un papel muy importante en la configuración de los mundos juveniles y adultos, es simplificador, por decir lo menos, considerar que los productos, las imágenes, los estilos propuestos por esta industria operan al margen de lo social y son capaces de orientar unidireccionalmente nuestros comportamientos.

Para que las estéticas y retóricas de la violencia puedan penetrar en una sociedad, en un grupo, en una persona, se requiere un medio ambiente propicio. Mantener esta explicación lleva inmediatamente, pero por otras vías, a la exculpación social. Los culpables son siempre los otros. La coartada opera en doble vía. Por una parte, bastará cerrar los circuitos portadores de malignidad. Por la otra, al asumir la posición de víctimas queda obturada la posibilidad de la reflexión de fondo en torno del proyecto social.

Lo fundamental de un acontecimiento como éste es que nadie puede mantenerse al margen. No son tiempos éstos en los que la huida sea una manera de permanecer seguro. ¿Qué mayor evidencia de que algo no marcha bien en nuestras sociedades y del malestar profundo que nos habita que pensar en Federico?

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Seguramente, como ha sucedido en otros países, asistiremos al calentamiento del tema en torno de la reducción de la edad penal y al castigo ejemplar como forma privilegiada de enderezar el rumbo. Asistiremos a sentidos actos públicos en los que haya declaraciones y se utilice políticamente este doloroso acontecimiento para proyectar carreras y acumular votos. Mientras eso sucede, la familia de este joven y las familias de los jóvenes lesionados seguirán con sus preguntas, sin encontrar respuestas.

Volver inútil la opción por la violencia es una tarea política y demanda incrementar la capacidad de escucha y luchar contra las representaciones construidas contra ese imaginario que fija a los jóvenes contra una pared que los inmoviliza y les impide salir de su condición de víctimas o victimarios.


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