El #DíaSinAutomóvil y los literatos mexicanos al volante


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En una ciudad establecida bajo los parámetros del sacrifico ritual  y el autosacrificio sexenal como nuestra bien amada CDMX, cuyo nombre es tan volátil como la indignación de sus habitantes –José de la Colina proponía llamarla Smógico City (un nombre con el que, sin lugar a dudas, obtendríamos el primer lugar  en turismo a nivel mundial)— el automóvil es el símbolo de la nuestra decadencia como sociedad.

Miguel Mancera ha establecido que la conmemoración del Día sin automóvil podría, en algún sentido, aliviar los males de la urbe azteca, o al menos, hacer evidente que tenemos un problema serio.  Sin embargo esta celebración de dientes para afuera sólo es una máscara de jade que oculta grandes problemas de movilidad social. Si el #DíaDelAutomóvil no viene acompañado de acciones concretas para combatir tanto el colesterol vial como la diabetes  ambiental no podemos conmemorar un día bajo ese membrete.  ¿Quién abandonará el uso del auto en una ciudad donde el transporte público es pésimo y la bicicleta es una herramienta suicida?

Mientras reflexionamos sobre los yogui-drivers que seremos en el futuro, es menester instruirnos en el aprendizaje de la meditación.


Celebremos pues que los mexicanos hemos encontrado en el caos vial un medio para la expiación  de nuestras culpas y la puerta a la purificación espiritual. Mientras reflexionamos sobre los yogui-drivers que seremos en el futuro, es menester instruirnos en el aprendizaje de la meditación. Para este efecto, lo mejor sería mirar los  ejemplos adecuados. Nuestros más insignes escritores del siglo veinte fueron también grandes cafres del volante. Este artículo está dedicado a José Carlos Becerra, poeta tabasqueño que falleció en un accidente automovilístico a los 34 años de su edad.

Luis Ignacio Helguera –quien también falleció a una edad temprana— nos obsequió un delicioso ensayito (o mejor dicho artículo periodístico) que traigo a colación porque la efeméride lo amerita. “¡Precaución!: literatos mexicanos al volante” es una diatriba sobre la sospecha de que manejar la pluma es incompatible con manejar bien el volante. Villaurrutia, Gilberto Owen, Elena Garro  y Juan Rulfo preferían no manejar, porque encontraban en esta acción una actividad maldita.

No todos tenían la fortuna de Don Alfonso Reyes de poder pagarse el uber cada que se le antojara. Julio Torri, por su parte, prefería la bicicleta, tal como Arreola, quien aparte de mago era un gran prestidigitador del manubrio. El caso de Novo es particular, pues siendo cronista transitaba la ciudad a patín, es decir, a pata (como vulgarmente se dice).

Para no glosar burdamente el  artículo del gran prosista que fue Helguera, sólo referiré el caso de Salvador Elizondo, uno de nuestros raros, él sí manejaba su vochito entre volutas de humo de mariguana.

Estos son sólo algunos casos que corresponden a nuestros escritores del siglo XX, conforme nos acercamos a la actualidad las cosas pintan distinto. Cabe celebrar el día del automóvil con una buena lectura, el artículo mencionado aquí se encuentra en libro ¿Por qué la gente tose en los conciertos?

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