Regresar

Somos conscientes de lo que implica regresar a casa: saborear los olores de la cocina, abrazar nuestra almohada, comer una tortilla con aguacate, chile y sal, sentir la textura de las semillas, beber un rico atole de maíz azul mientras contemplamos los cielos anaranjados…

Extrañamos extender nuestro cuerpo en las playas del norte: caminar sobre tierra húmeda, correr de la lluvia; urge bailar cumbia, emborracharnos con tequila y música norteña. Cálida es nuestra voz: es promesa de cariño. Nuestro idioma es apapacho. Nuestro lenguaje establece tiempos infinitos, dobles significados que es necesario entender para generar mecanismos de defensa.

Sabemos lo que implica regresar a México. Tener tanto que decir, tanto que escuchar, crear…pero también mucho que abrazar. Porque no sabemos si esa será la última vez que nos veamos. Entonces nos apretamos fuerte el corazón y volvemos a casa, nuestra barricada, nuestro fuerte; regresamos a dormir a nuestros hijos después de armar un rompecabezas, para estar con ellos como anclaje al futuro. Regresamos a reclamar nuestra sed de vida, a descansar después de leer los poemas de las amigas y arropar su tristeza. Les recordamos todo lo que nos importan, que nos alegra su existencia, que la honramos en nuestro caminar.

Reconocemos nuestro territorio en cada paso que damos. Lo llevamos con nosotros. Experimentamos el enfrentamiento constante de volver a casa con todo lo que implica: inspeccionar el entorno, estar alerta y hasta no saber si esta vida que vivimos nos pertenece. En cualquier momento la ausencia de nuestro cuerpo, o la sobreexposicion de él, no bastarán para pedir justicia. Y sin embargo…recorremos esta tierra que nos dio vida y que es el escenario de la violencia.

¿Cómo articulamos afectos? ¿Cuál es nuestra ofensiva ante la producción de una guerra en múltiples escalas? Para nosotros no basta con narrar lo que ocurre ni con señalar su importancia. Se trata de sumergirnos más allá de la cámara, del cuaderno, del lapicero, más allá de cualquier testimonio. Nos enrabia la manera en que el discurso de poder aplica el efecto Ubu (de tirano ridículo) y en micrófonos dice: “nuestras muertas, nuestros desaparecidos…”. Claro que son suyos: ¡son su responsabilidad! Porque el cuerpo es la base de la explotación de recursos, y nuestro cuerpo se agota, la tierra se agota, y sobe nuestros cuerpos y nuestras tierras agotadas encuentros nuevas bases para una explotación que favorezca el desarrollo de un sistema profundamente inequitativo.

No se necesitan crear leyes y apelar el discurso de los derechos humanos: eso es una forma de especulación que refuerza los territorios de violencia y el control policial. Hay secuelas de guerra que no podemos permitir, pero la institucionalización de nuestro rabia no puede ser una de ellas. En lugar de eso, accionar desde nuestras emociones y corporalidades -que son lo que está en juego en un marco de guerra que nos precariza y nos marginaliza cada vez más-. Hay que usar el cuerpo como un arma directa de intervención, poner esto que somos, que llevamos en cada uno de nuestros pasos a diversos destinos, para darnos cuenta de que en este desarraigo temporal existe una experiencia en común, y que ese sea nuestro lazo, el que nos brinde la posibilidad misma de una emoción, de una sensibilidad al contexto.

Nuestro cuerpo muerto posee un lenguaje. Nuestro cuerpo encontrado en fosas, nuestro cuerpo desaparecido, nuestro cuerpo reclamado en marchas, del que no tenemos noticias, nos exige el mínimo de sensibilidad: renunciar al estado de excepción y evitar una recuperación del Estado en clave autoritaria. Nos queremos con vida, con posibilidades de resistencia activa: volvemos a casa y estamos con una alegría infinita por ello, pero rechazamos la cercanía policial, la delimitación territorial para el control, el miedo como practica social que para unos es la incertidumbre de llegar a casa y para otras es salir de ella con vida. Necesitamos la evidencia de nuestros abrazos, de nuestras palabras, nuestro cuerpo territorio, con gestos y actitudes, que al habitar los espacios, los significa.

Mi cuerpo con vida sobrevive al territorio de violencia manifiesta y la indiferencia. Aquí es donde la resistencia actúa, donde estamos en juego, habilitando la posibilidad de comprender el mundo desde la sensibilidad sin estar destinados de antemano a morir por una bala perdida o por un disparo a quemarropa, por no pedir el divorcio o por pedirlo…

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