Poemas de Carlos Montemayor, la raíz amorosa de una lucha social

Se cumplen 70 años del nacimiento de Carlos Montemayor (Chihuahua, 1947 – Ciudad de México, 2010), incansable humanista que emprendió una lucha por promover la literatura en lenguas originarias. Además de su legado literario como poeta, narrador y ensayista, impulsó tanto el despertar de los intelectuales indígenas.

Junto con el Programa Universitario de Estudios de la Diversidad Cultural y la Interculturalidad de la UNAM, creó el Festival de las Lenguas de América, en el cual se presentan representantes de las cuatro lenguas que más se hablan en el continente —español, inglés, francés, portugués— así como a un representante de cada lengua originaria.

En su obra literaria y periodística Montemayor contrapuso los diferentes puntos de vista de los movimientos de insurrección y dio voz a los sectores sociales vulnerables. Entre sus obras más destacadas se encuentran ‘Minas del retorno’ (1982), ‘Guerra en el paraíso’ (1991), ‘Las armas del alba’ (2003), y ‘Los informes secretos’ (1999).


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Para conmemorar su legado como humanista, presentamos a continuación una selección de sus poemas que pertenecen al libro ‘Apuntes del exilio’

I

He vuelto sin rencor a tu abrazo y al mundo.

Al deseo que no espera más prendas

que su propia certidumbre en los labios.

Al quemarme aliento de tu voz cuando lloras

o ríes mojando de estrellas nuestras almas y recuerdos.

Al sabor que sólo quiere entender la luz de tu saliva,

la verdad de tu espalda estremecida, tus cálidos muslos,

tu pubis húmedo, origen de lo que existe y desea existir.

*

Hay vestigios radiantes en los sueños que tienden

sus constelaciones

y en el espumoso mar las van dejando caer

y sólo reflejan en tus ojos.

He vuelto al origen de nuestra propia caricia,

de nuestro doliente placer que es un océano incansable,

un incandescente diamante.

*

Un sedero nos conduce a la desmemoria, otro a la luz.

Una puerta es de marfil, otra de viento y música.

¿Cómo atravesar la puerta correcta

—digo, si hubiera una tal puerta—

y eludir el camino donde aún nos hallamos?

Reconozco en esta quietud

la señal que proviene de tu aliento

y desde lo más remoto me llama.

*

¿Hay algo eterno, entonces,

que aguarda tras la caricia deseada,

en los cuerpos que se desvisten del cansancio

y abrazan su carne fugaz y sudorosa,

siempre intolerante y apresurada?

*

¿Es lo mismo, acaso, que presentí en tu tibieza;

en los senderos de tus piernas

que me llevaban y traían

desde el vacío hasta la orilla de tu cuerpo,

el asombro de seguir en ti y contigo

atento a la respiración que de mis brazos

lentamente retornaba a tu cuerpo

mientras dormías y te cubrías de sueños?

En algún lugar, en el pliegue del deseo,

en la estrella donde el sudor aún brilla,

algo que pareciera eterno espera,

atisba mi desvelo,

tiende la caliente sábana de su instante.


II

Pongo mis manos en tu cuerpo para saber dónde estoy.

¿En verdad, me escuchas?

Quisiera explicártelo de algún modo.

En las manos que tendía hacia ti

fueron cayendo nevadas y lluvias,

soles del verano, estrellas, llanuras,

noches como una cascada de plata en hondas minas.

Era difícil entender así,

mañana tras mañana, verano tras verano,

que brotaba en tu lecho el silencioso tallo

con el mismo y persistente destino.

Se mecía su flor en el jardín,

en la ribera y en los emparrados,

en ramas de naranjos y nogales,

igualando colores, perfumes, tamaño,

luminosidad, momentos del día.

Y la flor liberaba en su perfume tu aliento

que me guiaba durante noches e inviernos

para saber el sitio a donde ibas,

recuperar tu voz cuando cambiaba

o reconocer el fulgor que te envolvía.

*

Después, mientras estuve a solas, varios años,

cuando los inviernos me apartaron de ti,

era asombroso ver la nieve cubriendo incesante

las siluetas de ríos, árboles, bardas, colinas, calles,

y no extraviar el sitio desde el cual te recordaba.

*

Aún así, cuando nos reuníamos, la ropa era ligera.

Un suave soplo bastaba para apartar de nosotros

el algodón, el lino, el abrigo de lana, el cobertor,

la camisa, las medias, el hastío, el reloj,

y volvíamos a empezar,

con paciencia y furor, con insaciable desnudez.

*

Y alguien, en lo más alto de nuestro amor, tocaba a la puerta.

Y había una puerta de sueños y otra de viento y música.

No queríamos abrir ni atender

el llamado ajeno de lo que nunca fuimos.

Las puertas se abrían y el destino entraba ruidoso

y festivo.

Nos dejaba intactos el deseo y las tardes,

los otoños e inviernos, lluvias y sequías,

los bosques nevados y también incendiados.

Nos llenaba los ojos con su luz rutilante

y aceptábamos con júbilo la risa, la música

y la inmensidad;

también la desnudez y nuestra orilla en el lecho.

*

Cuando se abrieron las puertas, de pronto,

vi que afuera de nosotros, allá,

muchos caminaban en los senderos

de la desmemoria y la luz;

se cruzaban de uno a otros, corrían,

se detenían a mirar el horizonte.

En medio de ellos, como de un viejo verano a otro nuevo,

de un inicial invierno a otro que termina,

recolectábamos la arena de los senderos

para curar las pequeñas heridas que en nuestra piel

habían producido las almohadas y las sábanas

de las confesiones.

Nada parecía más inmortal que tu risa.

Nada escuchaba más profundamente que tu respiración.

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