Sociedad civil y clase política: reflexiones para evitar la frustración

Por Mtro. Rigoberto Silva Robles, presidente del Colegio de Estudios Políticos y Gobierno de Jalisco, miembro de CIMTRA Jalisco. 

El día 8 de noviembre de 2007, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución A/62/7, en el que se “decide, con efecto del sexagésimo segundo período de sesiones, observar el Día Internacional de la Democracia el 15 de septiembre de cada año, y que se señala a la atención de todas las personas para que se celebre y observe”.

Para la última celebración, que se realizó el 15 de septiembre de 2015, el Secretario General Ban Ki-moon ofreció un mensaje en el que califica a la sociedad civil como el “oxígeno de la democracia”, que “actúa como catalizador del progreso social y del crecimiento económico”, y que “cumple un papel fundamental al exigir cuentas al gobierno y ayuda a representar los distintos intereses de la población, incluidos sus grupos más vulnerables”.

Es posible estar de acuerdo con la idea de que la función de la sociedad civil en una democracia es sumamente importante. También con la idea de que actúa como catalizador del progreso social y del crecimiento económico, así como también con la idea de que cumple un papel sustancial cuando exige cuentas al gobierno y ayuda a representar los distintos intereses de la población, incluidos por supuesto aquellos de los grupos vulnerables. Sin embargo, tampoco debemos olvidar que de la misma sociedad civil surgen también expresiones que obstaculizan a la democracia. Éste es un asunto endémico (de las democracias) que responde a una pregunta que planteada de la manera correcta suena cuasi trascendental: ¿debemos tolerar al intolerante?, ¿debemos esperar siempre cosas positivas de la sociedad civil? ¿debemos esperar siempre lo peor de la clase política?

Más allá de proponer una reflexión maniquea de “buenos” y “malos” que son útiles más en el discurso político que en el discurso reflexivo, me adhiero a la idea de que tanto la “democracia”, como la de “progreso social” y “crecimiento económico” son polisémicas. En el mejor de los casos (los menos), los gobiernos y los ciudadanos tienen una idea más o menos clara de lo que para ellos significa, y logran así transformarlos en políticas públicas que permiten, también en el mejor de los casos, convertir la participación ciudadana en algo relevante para eso que definen como “democracia”, “progreso social” y “crecimiento económico”.

Sin embargo, insisto, deberíamos evitar las apologías de la sociedad civil y las sentencias coloquiales de los espacios gubernamentales como distopías. Algunas ideas que podrían servir para tal fin son las siguientes:

  • Primero, la idea de heterogeneidad del estado y heterogeneidad de la sociedad civil que alguna vez leí en Dagnino, Olvera y Panfichi. Esta idea subyace en asumir que tanto en la sociedad civil como en las instituciones públicas existe una gran variedad de actores, con distintos intereses y con distintas formas de entender a la democracia, y lo democrático; la política y lo político. Ni uno ni otro son exclusivo origen de los males sociales, y las soluciones a distintos problemas pueden surgir (y surgen) de ambos.
  • Segundo, la idea de rendición de cuentas como característica sustancial de la democracia, donde los ciudadanos sujetan la cuerda para que la clase política actúe en un piso mínimo democrático. López y Merino expresan muy bien su sentido: “es la presencia de los ciudadanos, en el espacio público, la que permite hacer del proceso de rendición de cuentas una operación que va más allá del mero control del poder político sobre sus subordinados y sus burocracias”.

Estas ideas, según entiendo, pueden brindar alguna clave para entender en una dimensión más justa (si es que existe) la relación que guardan los dos grandes actores que esta vez nos ocupan: la sociedad civil y la clase política. Estemos atentos en lo que surge de ambos lados, y evitemos la frustración.

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