Mirar hacia arriba para entender la tierra

Por Camila Alvarez

Hay un gesto que solemos reservar a las infancias o a los días de vacaciones: levantar la mirada y dejar que esta contemple la luz y el color del cielo.  En los primeros días de marzo de 2026 tomé una serie de fotografías registradas a las nueve de la mañana, al mediodía y a las tres y seis de la tarde desde la azotea de mi casa en Tlajomulco de Zúñiga, uno de los municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG). 

A las nueve de la mañana el cielo estaba completamente despejado y ofrecía un azul luminoso que se degradaba hacia el horizonte con una leve bruma; al mediodía una única nube flotaba en el costado izquierdo de la escena y la franja se volvía más blanca por la intensidad del sol; a las tres de la tarde crecían cúmulos aislados que dibujaban sombras sobre la ciudad; y a las seis de la tarde una capa de nubes corridas cubría el horizonte como un telón, tiñendo el cielo de tonos ocres y grises.  Las fotografías revelaban algo más que variaciones cromáticas, pues en cada momento del día el cielo estaba cargado de partículas que no vemos, pero que respiramos.   En ese momento comprendí que mirar el color del cielo es una forma de leer la calidad del aire y, por extensión, el estado del territorio que habitamos.

En 1789 el naturalista suizo Horace‑Bénédict de Saussure inventó el cianómetro, un círculo de cartón con 53 tonos de azul que permitía comparar la intensidad del cielo alpino.  Alexander von Humboldt, el explorador que sentó las bases de la geografía moderna, llevó un cianómetro en su viaje a los Andes en 1802, él defendía que el color era un indicador del contenido de humedad y de las partículas en suspensión.  Dos siglos más tarde, la artista eslovena Martin Bricelj Baraga instaló en 2016 un cianómetro digital en Ljubljana, una estructura de tres metros que fotografía el cielo cada minuto, descompone la imagen en sus 53 azules originales y exhibe en una pantalla la calidad del aire de la ciudad.  La pieza funciona como una escultura pública y un dispositivo científico que se conecta a la estación de monitoreo de contaminantes y transforma datos invisibles en una paleta de colores que cualquiera puede interpretar.  Este diálogo entre arte y ciencia inspira el gesto cotidiano de quienes fotografían su cielo para medir el estado de la atmósfera. En el cielo no solo miramos un paisaje, también nos miramos en él.

La ZMG es desde hace años una de las urbes más contaminadas de México, en parte porque el crecimiento urbano y la circulación de vehículos se combina con la topografía de un valle cerrado que atrapa contaminantes.  Datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Territorial (Semadet) muestran que en 2023 el 90 % de los días de enero a principios de abril registraron episodios de mala calidad del aire. 

 

Un reportaje de Milenio mostró que hacia finales de abril de 2023 estaciones como Las Pintas y Loma Dorada presentaban más de 100 días de contaminación en los primeros 114 días del año y que sus habitantes respiraban aire sucio nueve de cada diez días.  Ese año, el sistema de monitoreo MIDE Jalisco registró que solo 100 días de enero a noviembre se mantuvieron dentro de la norma (Índice Metropolitano de la Calidad del Aire, IMECA, menor o igual a 100), un desplome si se compara con los 201 días de buena calidad que hubo en 2017 o los 127 días de 2022.

 

El deterioro no se detuvo ahí.  La numeralia del aire de la Semadet indica que en 2025 se registraron 239 episodios de mala calidad en el AMG, un aumento del 251 % con respecto a los 68 eventos de 2024 y la mayor cifra desde que existen registros.  Las estaciones de Santa Fe y Las Pintas concentraron los niveles más altos de contaminación.  Para el 18 de diciembre de 2025, la zona sur de la ciudad —Santa Fe, Las Pintas, Miravalle y Santa Anita— acumulaba 202 días de aire sucio en Santa Fe y 191 en Las Pintas, mientras que Miravalle y Santa Anita registraban 96 y 72 días fuera de la norma, respectivamente.  Ese deterioro se prolongó al año siguiente: el 1 de enero de 2026 la Semadet declaró contingencia atmosférica fase 1 en Santa Fe y Las Pintas, con 126 y 128 puntos IMECA de Partículas Menores a 2.5 micras (PM2.5).  

La imagen del horizonte se ha convertido, para mí, en una metáfora de este deterioro, pues el tono marrón en la franja baja del cielo no era solo un efecto de la dispersión de la luz, sino la manifestación visual del ozono, los óxidos de nitrógeno y el polvo.  La crisis de contaminación se recrudeció en 2023 debido a una sequía prolongada y a la ola de calor que rompió récords históricos; el 13 de junio de ese año, la estación Colomos de la Comisión Nacional del Agua registró 40.5 °C, la temperatura más alta en la historia del Área Metropolitana de Guadalajara.   

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No todos respiran el mismo aire.  La red de ocho estaciones de monitoreo de la ZMG deja fuera a la mayoría de los municipios y barrios.  Las colonias más pobres y periféricas, como Las Pintas o Loma Dorada, no solo están cerca de carreteras y fábricas, sino que carecen de parques y arbolado. Allí, las partículas se concentran y el calor se multiplica.  La distribución de datos también es desigual, mientras que en el centro de la ciudad la estación Vallarta registró 32 días de mala calidad en los primeros meses de 2023, en Las Pintas y Loma Dorada se superaron los 100 días. 

Medir el color del cielo es un acto de poesía y de política.  Es poesía porque busca nombrar una sensación difícil de traducir: la melancolía del azul, la tristeza del gris, la urgencia del marrón.  El cianómetro de Saussure, al igual que la instalación de Baraga, son artefactos que resisten la simplificación de los datos y ofrecen en cambio una experiencia sensorial.  Pero esa experiencia tiene implicaciones políticas.  ¿Quién tiene derecho a respirar un cielo azul?  La respuesta se entrelaza con la planeación urbana, la movilidad, el uso del suelo y la justicia ambiental.

Las políticas de transporte que favorecen al automóvil aumentan las emisiones; la falta de control sobre quemas agrícolas y forestales convierte al campo en una chimenea; la expansión inmobiliaria invade bosques y acuíferos.  

Mirar el cielo no cambiará de inmediato la calidad del aire, pero puede cambiar nuestra relación con la ciudad y con la ciencia, la cual puede ser bella y que la belleza puede ser también un motor de cambio. Quizás la única forma de imaginar un aire distinto es mirar al cielo y pensar en otra ciudad posible.

 

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