La imposibilidad del diálogo intergeneracional

En la mesa de un bar, con una banda de rock sonando de fondo y un calor sofocante,  hay una conversación sobre cuando uno era joven, y de esas ganas de cambiar el mundo, como si la revolución fuera, en este caso, solo una nostalgia. La conversación la dirigen seis adultos. También estamos ahí dos personas jóvenes, pero nuestras voces apenas cuentan. El resto se turna para recordar sus años idealistas y para sentenciar, con tono de experiencia, que “ya crecerán y ya verán que no se puede cambiar nada”.

Alguien dice, medio en broma, medio en serio, esa frase vieja: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción casi biológica”. Lo dice como quien ya hizo las paces con haberse rendido. Lo dice con el tono de quien cree que los jóvenes vivimos en utopías de cartón, como si la esperanza fuera una enfermedad de la edad.

Ahí está, disfrazado de plática de sobremesa, el adultocentrismo, esa violencia disfrazada de consejo. Como ese gesto de escucha que no escucha y como ese aplauso que suena solo cuando uno dice lo que esperan que digas. Lo que pasa en esa mesa no es sabiduría, es control. El adulto promedio se siente dueño de la verdad por acumulación de años, pero la edad no siempre educa, a veces solo endurece.

El sociólogo chileno Claudio Duarte ha argumentado que el adultocentrismo es una relación desigual de poder que se da por sentada. No es que seamos jóvenes y falte que aprendamos, sino que nos ponen en espera, como si la juventud fuera una antesala a la humanidad completa. 

La escena se repite en todas partes: en las mesas familiares, en las oficinas, en la política, en los medios. Jóvenes que cargamos responsabilidades, pagamos cuentas, sufrimos violencias… pero a la hora de decidir, se nos calla. Cuando una mujer en esa mesa del bar suelta un comentario homofóbico y luego voltea con culpa hacia nosotros, “los adultos jóvenes”, para disculparse, no hay arrepentimiento de verdad. Hay incomodidad de saberse observada y se disculpa por reflejo, no por convicción. Pide perdón porque no quiere parecer anticuada, pero sabemos que, cuando esté con su grupo de confianza, volverá a usar ese lenguaje. 

Y ese es el punto: la culpa sirve para lavarse las manos. El remordimiento, en cambio, incómoda, remueve, transforma y a los adultos parece que les gusta más la culpa con nostalgia que el remordimiento que incomoda. Les gusta recordar que también fueron jóvenes idealistas, pero no soportan la idea de que quizás traicionaron todo eso en nombre de la madurez.

Margaret Mead, la antropóloga, hablaba de la “cultura prefigurativa”. Esas épocas donde los jóvenes saben más del mundo que los adultos porque el mundo cambia demasiado rápido. Y sí, así vivimos ahora, pero los adultos siguen aferrados a sus formas. No quieren escuchar porque escuchar implica ceder y cambiar.

Esa es la violencia real del adultocentrismo: te permite estar en la sala, pero no en la mesa.

Hay una diferencia entre ser visto y ser observado. Una cosa es que te miren con respeto, otra es que te miren como un entretenimiento, condescendientes, diciendo cosas como “qué valientes estos jóvenes de hoy” u “ojalá no se decepcionen tan rápido”. No nos escuchan para entendernos, sino que nos escuchan para tranquilizar su conciencia.

El filósofo Antonio Gramsci hablaba de hegemonía como esa dominación que no necesita violencia porque convence a todos de que así deben ser las cosas. El adultocentrismo es exactamente eso, es una forma de poder que se impone con sonrisas, con palmaditas en la espalda, con frases como “tienes que vivir más para entender”. Nos hacen creer que aún no merecemos opinar, que todo esto se nos va a pasar, pero lo que se pasa no es la rabia, sino la capacidad de soñar cuando te la matan todos los días.

Elena Poniatowska, en La noche de Tlatelolco, también mostró con brutal claridad lo que pasa cuando los jóvenes se atreven a desobedecer y el Estado responde con balas, pero la violencia no siempre es así de visible. A veces se disfraza de silencio, de burla, de exclusión, a veces es una risa que minimiza tu idea y otras veces es un “sí, pero no es tan simple” que busca desmotivarte.

Ahí está el verdadero miedo de muchos adultos. No es que seamos inexpertos, sino que ven en nosotros un espejo incómodo. Un recordatorio de lo que fueron y ya no son y tienen miedo, de que no repitamos sus caminos, de que no aceptemos sus renuncias como verdades universales, de que nuestras preguntas derrumben sus certezas, de que nuestra indignación los obligue a mirarse y que su experiencia deje de ser incuestionable.

Esa mesa del bar sigue igual, llena de consejos no pedidos, de silencios incómodos, de disculpas vacías y nosotros también seguimos ahí preguntándonos cuándo nos va a tocar hablar sin pedir permiso, o peor: si cuando llegue ese momento aún tendremos algo que decir. 

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