Hombres que no saben amar en voz alta: la paternidad emocional ausente
Él encontró en su jardín lo que no encontró en otro lado, y yo decidí meterme entre las plantas y sus flores buscándolo, pero jamás llegué hasta él.
Existe una manera particular en la que cobija a las plantas, con el cuidado de quien conoce la fragilidad de lo vivo y la cautela de quien entiende que la vida se sostiene en gestos pequeños. Cuando debe arrancar una hoja seca lo hace sin temor, sabiendo que soltar es, a veces, también una forma de amar. Recoge la tierra fértil con la cuna de sus dos manos, discierne entre la piedra estéril y la promesa de la tierra buena, la separa y la deja caer suavemente sobre el hoyo donde están las raíces diminutas de una parra de uvas que un día dará fruto. A su jardín le dedica dos horas cada día entre semana, y durante los fines de semana, la totalidad de su propio descanso. Le entrega las primeras horas del amanecer y los últimos rayos del atardecer. Lo observa en totalidad y por detalles, se acerca a él y entabla conversaciones mudas, cargadas de una intimidad única. Le da afecto. Lo protege y cuida. Y desde la ventana lo veo acostarse sobre este y dejarse abrazar. Adentro de la casa, mi mamá y yo hacemos nuestras actividades cotidianas.
Siempre sabemos dónde encontrarlo, pero ¿sabe él dónde encontrarnos? ¿Quiere, siquiera, encontrarnos?
La presencia masculina en los hogares ha sido históricamente interpretada como sinónimo de cumplimiento. Si provee, si trabaja, si no se va, entonces se considera un buen padre. Pero lo que muchas mujeres, muchas hijas, muchas familias sabemos es que la ausencia también tiene forma de silencio, de distancia, de falta de preguntas y de abrazos que no llegan nunca.
En México, según el Censo 2020, existen más de 4 millones de hogares con jefatura femenina, muchos de ellos resultado de la ausencia paterna, pero hay otra cifra más difícil de medir: la de los hombres que se quedaron físicamente, pero se fueron emocionalmente. Padres que, sin levantar la voz ni marcharse, también abandonaron.
Según el INEGI, los hombres en México dedican en promedio 11.5 horas a la semana al cuidado infantil, mientras que las mujeres, 24.1. El doble, pero más allá del número, está el cómo ellas cuidan con palabras, con miradas, con su cuerpo y ellos lo hacen con la logística.
Mi padre nunca fue violento, pero tampoco preguntó cómo estábamos. No lloró frente a nosotras y no dijo un te quiero sin que se le atorara la voz. Nos cuidó, sí, pero como para él se cuida: desde lo funcional, desde lo necesario, nunca desde el afecto.
En “The Will to Change”, bell hooks dice que “la mayoría de los hombres no tienen idea de cómo se sienten realmente. No se les enseña a conocer o hablar sobre sus emociones”. A mi padre le enseñaron que ser hombre era no mostrar debilidad, no necesitar nada de nadie, no hablar de lo que dolía. Su forma de amar es una acumulación de gestos indirectos: dejar fruta cortada, arreglar la estufa, revisar el nivel de aceite del coche. Pero yo, desde niña, no necesitaba eso, necesitaba preguntas, abrazos, interés genuino. Necesitaba que me mirara de frente y me dijera que estaba contento por mí.
Terry Real, psicoterapeuta especialista en relaciones y masculinidades, lo llama “trauma relacional masculino” en su libro “I Don’t Want to Talk About It”. Son hombres que crecieron entendiendo que la intimidad emocional no era parte de su rol. Que nunca fueron escuchados, y por eso no saben escuchar, que confunden cuidar con solucionar y que quieren, pero no saben cómo. El psicólogo Ronald Levant, en sus investigaciones sobre masculinidad normativa, identifica este fenómeno como “alexitimia normativa masculina”: la incapacidad aprendida de los hombres para identificar y expresar emociones.
El modelo de masculinidad tradicional, tan aplaudido socialmente, es uno que lastima en silencio. No solo a los otros, sino que también a la misma persona. Esa versión del “buen hombre” que se calla, que se aguanta, que resuelve solo, también se enferma, también se deprime, también se equivoca.
En México, según datos del INEGI de 2022, los hombres tienen tasas de suicidio tres veces más altas que las mujeres y no es porque sufran más, sino porque sufren solos. No piden ayuda y no tienen redes emocionales. Se les enseñó a ser fuertes, no a ser humanos.
Luciano Lutereau, psicoanalista argentino, plantea en “Esos raros padres nuevos” que uno de los dramas de la paternidad es que muchos hombres no han podido habitarla desde el afecto, porque nunca fueron hijos en ese sentido. No fueron cuidados emocionalmente y así como se hereda el apellido, también se hereda el silencio.
Crecí viendo a mi papá resolver todo, arreglar todo y planear todo. Su forma de controlar era no perder el control, pero nunca lo vi llorar, ni lo vi confesar una duda, un miedo, una contradicción. Hoy entiendo que ese modelo de hombría lo protegía, pero también lo dejaba solo. Ahora lo miro con otra perspectiva. Veo a un hombre al que también le arrebataron algo. Un hombre que pudo ser distinto si alguien, en algún momento, le hubiera dicho “no tienes que ser tan fuerte”, o mejor aún: “no tienes que serlo solo”.
Las cosas están cambiando, poco a poco. Hoy hay hombres que se cuestionan, que están dispuestos a romper con los mandatos del silencio, del autosacrificio, del desapego, pero también veo a muchos que siguen atrapados, que repiten, aunque digan que no quieren hacerlo. Distintas iniciativas y el creciente movimiento de nuevas masculinidades en América Latina muestran que existe un camino hacia el cambio. Programas de paternidad positiva implementados en países como Chile y Colombia han demostrado que es posible interrumpir estos patrones generacionales.
No basta con quedarse en casa o con no irse de esta, hay que estar. Hay que vincularse. Hay que aprender lo que nunca se les enseñó.
La masculinidad que necesita este siglo, y esta generación de hijxs, no es la que construye una casa, sino la que puede habitarla emocionalmente; no es la que resuelve, sino la que acompaña y la que se atreve a decir “no sé”, “tengo miedo”, “te quiero”.
Mi padre sigue en su jardín. Lo cuida como a una extensión de sí mismo. Tal vez ese jardín es su única forma de sentir que puede amar. Tal vez ahí puede llorar por dentro sin que nadie lo note. Las plantas no lo cuestionan. No le exigen palabras. Pero yo sí. Yo, su hija, aún lo espero. No porque necesite que cambie, sino porque necesito dejar constancia de lo que dolió. Porque quiero interrumpir la cadena. Como escribió bell hooks, “el amor no puede coexistir con el dominio” y en muchos hogares, el dominio no es autoritario, es emocional. Es el padre que manda desde su quietud, desde su lejanía, desde su jardín.
Quizá su manera de querer seguirá siendo podar, sembrar, regar, pero yo, desde mi lado de la ventana, estoy intentando otra cosa y sembrar algo distinto.