Especies de temporada: Un mapeo de las plantas sembradas en Guadalajara antes del Mundial 2026

Caminar por Guadalajara en los últimos meses es notar que el centro cambió: hay macetas nuevas, arbustos recortados con exactitud, jardineras recién pintadas, árboles jóvenes con tutores de madera y tierra oscura que todavía huele a fresco. Las avenidas que llevan al estadio, las plazas históricas, los paseos peatonales que van a concentrar a decenas de miles de turistas en julio de 2026 lucen renovados. La ciudad se preparó para las visitas. 

Detrás de ese reverdecimiento visible y acelerado, ninguna dependencia publicó un inventario de las especies plantadas y no existe un desglose presupuestario que diga cuánto dinero de las obras fue específicamente a jardinería. Lo que existe son comunicados de prensa con palabras como “reverdecimiento” y “espacios bioclimáticos”, renders con palmeras generosas, y un censo forestal de 2018 que ya tiene siete años y que nadie ha actualizado. La opacidad atraviesa todo el proceso.

Ante esa ausencia, lo que sigue es un intento de leer la ciudad a partir de lo que sí se puede observar: las plantas mismas.

La Zona Metropolitana de Guadalajara tiene un déficit de aproximadamente 342,000 árboles respecto a lo que la Organización Mundial de la Salud recomienda para una ciudad de su tamaño. El último censo disponible, levantado en 2018 por el Fideicomiso para la Administración del Programa de Desarrollo Forestal del Estado de Jalisco (FIPRODEFO), registró 1,158,000 ejemplares repartidos de forma muy desigual entre los municipios que integran la zona metropolitana. Los que concentran mayor arbolado son, también, los que concentran mayor infraestructura, mayor inversión, mayor visibilidad política. Desde ese año no hubo un conteo nuevo.

 

La ZMG necesita 342,000 árboles más

Cada árbol en esta ilustración equivale a 10,000 ejemplares. Cada especie de árbol representa uno de los municipios de la ZMG. Al final del conteo, en rojo, el número que la ciudad debería tener y no tiene: 342,000 árboles faltantes.

Para construir un retrato de lo que realmente se plantó, se recorrieron varios espacios públicos del municipio de Guadalajara intervenidos en el contexto de las obras previas al Mundial: Plaza de la Liberación, Parque Rojo, fuente Las Ranas en Paseo Degollado, Plaza Fundadores y Plaza de Armas. En cada sitio se registraron las especies presentes, se identificaron por observación directa y herramientas de reconocimiento botánico, y se documentaron variables como su origen biogeográfico y su función en el paisaje. El resultado es una base de datos de elaboración propia con 380 registros.

 

De esos 380 registros, la mayoría corresponde a especies cultivadas: plantas seleccionadas y reproducidas comercialmente, frecuentemente originarias de otras regiones o continentes. Solo un tercio son nativas, especies con presencia histórica documentada en México o en la región. Y un pequeño porcentaje son invasoras, organismos que además de no pertenecer al ecosistema local tienen el potencial de desplazar a la flora nativa.

Los 380 registros representados como hojas sobre la copa de un árbol. Las hojas rosas son las cultivadas (63%), las verdes las nativas (34%), las rosas oscuras las invasoras (2%). La copa más densa, la que ocupa más espacio visual, es la de las cultivadas.

 

Decir que una especie sea cultivada no implica automáticamente que sea dañina. Algunas llevan décadas integradas al paisaje y al imaginario afectivo de la ciudad. Sin embargo, que más de seis de cada diez plantas en los espacios rehabilitados para el Mundial sean especies traídas de vivero, seleccionadas por criterios de disponibilidad comercial y apariencia inmediata, nos dice algo sobre los valores que guiaron esas decisiones. 

Un dato revelador fue la función con la que cumplen estas especies: casi el 70% de los registros tienen función primariamente ornamental; solo el 13% cumplen función de sombra; y menos del 8% tienen una función ecológica reconocida.

 

Tres fotografías polaroid cuyo tamaño es proporcional al peso de cada función en el total de registros. La foto más grande es la ornamental. Las otras dos (sombra y función ecológica) se achican visiblemente. Al pie: 86 de las 131 especies nativas registradas también tienen función ornamental.

 

En una ciudad que supera los 35 grados centígrados en temporada de calor, donde las banquetas sin sombra son una barrera real para quienes caminan, trabajan o esperan transporte, esta proporción tiene consecuencias concretas. 

 

Lo que también se vuelve evidente cuando se camina de una plaza rehabilitada a otra es que las plantas son las mismas. El mismo arbusto recortado, la misma herbácea morada, la misma planta de hoja grande con origen tropical, repitiéndose de espacio en espacio como una franquicia. 

Las especies que aparecen en dos o más espacios públicos distintos, representadas con imágenes de las plantas. El tamaño de cada imagen es proporcional a cuántos sitios ocupa y a su frecuencia total de registro: las más grandes son las más omnipresentes en la ciudad intervenida.

 

En los espacios observamos plantas con buena presentación inmediata y de resistencia razonable al abandono inicial. El resultado es que espacios distintos de la ciudad comparten las mismas especies, y carecemos de identidad territorial por cada lugar.

Todo esto ocurre sobre un trasfondo que Guadalajara viene cargando desde antes del Mundial y que no se resuelve con macetas nuevas. Hay crisis de personas desaparecidas, violencia o inseguridad, que no se resuelven o que ni siquiera investigan; crisis de agua que no se atiende; movilidad precaria y transporte insuficiente; y hay personas en situación de calle o que laboraban en estos lugares y que fueron desplazadas de los mismos espacios que ahora lucen rehabilitados para el turismo.

 

La lógica del megaevento concentra inversión visible en zonas estratégicas, produce imágenes de ciudad próspera para una audiencia global y empuja hacia los márgenes todo lo que no encaja en esa narrativa. El reverdecimiento ornamental añade una capa más a esa operación, ya que le da al espectáculo una dimensión de sostenibilidad que no resiste el análisis. 

 

¿Qué va a pasar cuando los estadios se vacíen y las cámaras se vayan? ¿Qué viene después del espectáculo? Lo que ocurrió en Guadalajara en estos meses se parece menos a una política urbana y más a una temporada: algo que florece en el momento indicado y cuya duración nadie está comprometido a garantizar.

 

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