Fraccionamientos cerrados; “juntos pero no revueltos”
Los fraccionamientos cerrados no son solo vivienda, sino que son una expresión tangible de la desigualdad urbana en México. Representan la elección de un modelo de vida segregado, muchas veces impulsado por el miedo, la incertidumbre o el deseo de “proteger” a la familia. Mientras las familias de clase media y alta se encierran tras muros, rejas y casetas de vigilancia, no solo están comprando seguridad, también están optando por una vida con menor contacto con otras realidades sociales.
La antropóloga brasileña Teresa Caldeira, en su trabajo sobre São Paulo, analiza cómo ciertos desarrollos urbanos tienden a reforzar la separación entre clases sociales y a debilitar el espacio público como lugar de encuentro. En México, esta dinámica se reproduce de forma marcada, generando espacios residenciales cada vez más desconectados entre sí. Los fraccionamientos no solo ofrecen seguridad, también refuerzan una idea de protección que se basa en la distancia social, lo cual profundiza la desigualdad y dificulta la construcción de una ciudad verdaderamente compartida.
Esta desconexión se refleja también en las experiencias cotidianas de las infancias que crecen dentro y fuera de estos espacios. Dentro de los fraccionamientos, los niños suelen tener acceso a canchas deportivas, áreas verdes bien mantenidas y calles en buen estado. Fuera de ellos, muchos otros niños enfrentan contextos donde la infraestructura urbana es deficiente y los servicios públicos son limitados. Esta diferencia no es solo material, también moldea la forma en que se percibe y se habita nuestra ciudad.
No se trata de señalar culpables individuales, mucho menos a quienes apenas comienzan a conocer el mundo. Pero sí es importante preguntarnos qué sucede cuando las experiencias urbanas se vuelven tan distintas que ya no hay puntos de encuentro. La infancia se forma no solo en el hogar o la escuela, sino también en el entorno urbano, y esa formación depende en gran medida del acceso equitativo a lo común.
Los hogares con ingresos bajos y empleos informales tienden a vivir en áreas periféricas de la ciudad, mientras que los de ingresos altos y empleados formales están más concentrados. Esta segregación no es accidental, es sistemática. Los fraccionamientos consolidan geográficamente la desigualdad económica, creando zonas residenciales de alta concentración de recursos rodeadas por extensos sectores con carencias estructurales.
La ironía me parece evidente. Estas familias buscan protegerse de la inseguridad urbana, pero al hacerlo, contribuyen sin quererlo a la desintegración del tejido social que podría hacer frente a esa misma inseguridad. Al decidirse por espacios privados, se reduce el compromiso con lo colectivo: las escuelas públicas, los parques, el transporte común pierden usuarios que podrían demandar y sostener mejoras estructurales. El resultado es una ciudad fragmentada, donde la solidaridad se vuelve más difícil de construir.
Esta fragmentación también tiene efectos en la manera de imaginar la ciudad. Los niños que crecen en fraccionamientos muchas veces no conocen lo que implica depender del transporte público, caminar por calles sin banquetas o convivir con personas de distintos orígenes socioeconómicos. Su mundo cotidiano transcurre entre espacios organizados, vigilados y controlados. Esta experiencia, aunque legítima, limita el desarrollo de una mirada más amplia sobre la realidad social que les rodea.
El fraccionamiento cerrado es el espacio físico protegido con bardas y rejas que les separan de los desórdenes de la ciudad, es la existencia de controles en el acceso a las áreas del fraccionamiento con casetas y plumas y seguridad basada en el uso de guardias privados. Pero ese “desorden de la ciudad” que se buscan evitar incluye también la riqueza cultural, la diversidad social y la autenticidad que solo puede suceder en el encuentro con la diferencia.
La filosofía detrás de los fraccionamientos es la frase: “juntos pero no revueltos”. Compartimos el mismo país, la misma ciudad, pero no el mismo mundo. Es mantener las distancias sociales mientras se simula convivencia. Los fraccionamientos son la prueba de que podemos vivir a kilómetros de distancia sin salir de la misma ciudad.
El daño va más allá de lo individual. Cuando las clases medias y altas se retiran del espacio público, este se deteriora. Los fraccionamientos son, en esencia, una forma de privatización de la ciudadanía. Transforman derechos colectivos en servicios privados. Seguridad privada en lugar de seguridad pública. Espacios verdes privados en lugar de parques públicos. Calles privadas en vez de infraestructura urbana compartida.
Una sociedad donde la calidad de vida depende del código postal de nacimiento es una sociedad que ha renunciado a nuestro futuro común. Los fraccionamientos no resuelven los problemas urbanos, solo los concentran geográficamente y los invisibilizan para quienes tienen el poder económico y político para cambiarlos.
Buscar un lugar seguro para vivir no está mal. Es una decisión comprensible. Pero quizás vale la pena preguntarnos si ese deseo solo puede cumplirse separándonos de los demás. Tal vez lo urgente no sea encerrarnos mejor, sino pensar juntos cómo vivir mejor.