A la mesa siempre le sobró una silla; habitar el mundo en soledad

Vivimos en una sociedad que ha sido construida ladrillo a ladrillo sobre una idea profundamente interiorizada: que la verdadera felicidad solo se alcanza en pareja. No es una casualidad ni una exageración, es más bien una estructura completa, una forma de organizar el mundo, que atraviesa cada rincón de la vida cotidiana. Desde lo más trivial hasta lo más íntimo. En ese esquema, estar soltera no es una posibilidad más, sino que se considera una anomalía, una sala de espera incómoda antes de llegar a lo que se supone que debería ser el destino final. El amor romántico, exclusivo y monógamo.

 

No hace falta ir muy lejos para notarlo, pues las mesas de los restaurantes que vienen preparadas para dos lo evidencian. O las camas matrimoniales de hotel también. Las pólizas de seguro te preguntan enseguida si tienes pareja. Es como si estar sola fuera una especie de descuido. Los descuentos del cine, los paquetes vacacionales, las tarjetas con beneficios para “tu pareja”… todo está diseñado como si moverse de a dos fuera la única forma legítima de habitar el mundo.

 

La burocracia también forma parte cuando te preguntan tu estado civil y las opciones principales siguen siendo casada o soltera, como si no existiera nada más. Como si todo lo que se escapa de esa categoría binaria fuera un error de sistema. Las herencias, las decisiones médicas, los permisos en hospitales, todo se resuelve más fácil si tienes pareja. Las escuelas hacen reuniones para “mamá y papá”, dejando afuera a cualquier otro modelo familiar. Y todo eso duele, más de lo que se dice, porque no es una política aislada, sino una forma de excluir en silencio. De hacerte sentir fuera de lugar, incluso cuando estás cumpliendo con todo lo demás.

 

La cultura nos lo reafirma todo el tiempo. Las películas de amor venden la historia de que hay alguien allá afuera esperando por ti, como si el único sentido de la vida fuera encontrarlo. Como si lo demás (los amigos, el trabajo, la creación, el tiempo con una misma) fueran apenas decoración. Las canciones repiten lo mismo, una y otra vez. Que sin ese otro no se puede, que sola no alcanza, que tienes que buscar hasta encontrarlo.

 

Hay una película, “La Langosta”, que lleva esta crítica al extremo, pues en su universo distópico, las personas solteras son encerradas en un hotel y tienen 45 días para conseguir pareja. Si no lo logran, las convierten en animales. Nos parece absurdo, pero después de verla, algo queda temblando, porque aunque suene ridículo, en el fondo se parece demasiado a lo que ya vivimos. A cómo se trata a quien decide no estar en pareja, o simplemente no encuentra una. A cómo se espera que corrijas rápido esa soledad, porque si no eres sospechosa. Defectuosa, incluso.

 

Las reuniones familiares suelen ser otro recordatorio. A veces se sienten como pequeños interrogatorios disfrazados de afecto. ¿Y tu pareja? ¿No vas a tener hijos? ¿Todavía no conociste a nadie? Detrás de esas preguntas hay algo más profundo: la imposibilidad de concebir que estar sola pueda ser una decisión, o incluso una fuente de plenitud.

 

Simone de Beauvoir lo dijo mucho antes de que esto se volviera conversación pública. El matrimonio, más que una unión romántica, es también una forma de control social, especialmente sobre las mujeres. Ella misma desafió las reglas del juego en su vínculo con Sartre. No porque no creyera en el amor, sino porque sabía que había que reescribir las condiciones bajo las cuales se lo vivía.

 

Bella DePaulo habló del “solterismo” como una forma concreta de discriminación. Un sistema que penaliza, en políticas y costumbres, a quienes no se ajustan a la pareja tradicional. Personas que ganan menos y trabajan más, tienen menos derechos solo porque no forman parte de una pareja, como si su tiempo y su vida valieran menos.

 

Y esto no impacta solo en quienes están solteras. También lastima a quienes viven relaciones no monógamas, poliamorosas, abiertas o distintas. El sistema no tiene lugar para eso. Las invisibiliza, las ridiculiza, las reduce a experimentos pasajeros. Todo lo que no sea una pareja cerrada y convencional parece fuera de registro; una fase; un error.

 

La narrativa es tan poderosa que incluso muchas personas en pareja la sufren. Porque cuando el amor romántico se convierte en el único sentido de la vida, se le exige que lo sea todo. Amigo, amante, soporte emocional, compañero de proyecto, cómplice eterno. Nadie puede con tanto y nadie debería tener que ser todo para otra(s) persona(s). El resultado es predecible, habrá frustración, desgaste, desilusión, y, al final, esa sensación de que algo está mal, aunque hayas hecho “todo bien”.

 

Necesitamos dejar de pensar que la pareja es el único lugar posible para la felicidad. La vida está llena de otras formas de amar, de sostenerse, de crecer. La amistad, la creación, el deseo, la familia elegida, la soledad buscada. Todo eso también es hogar.

 

La idea que armamos y tenemos privilegia una sola forma de vivir. Pero eso no la hace mejor, ni más natural, solo más reforzada. Porque mientras sigamos poniendo la pareja como centro del mundo, vamos a seguir excluyendo todo lo demás y lo demás, en realidad, es muchísimo. Lo demás también es valioso y merece ser vivido con la misma legitimidad, el mismo respeto, la misma celebración. Merecemos una sociedad que no nos obligue a elegir entre conformarnos o ser castigados, sino que nos invite a explorar libremente las múltiples formas del amor y la conexión humana.

 

Al final, tal vez la mesa no necesite que le falte una silla, tal vez necesite que reconozcamos que hay muchas maneras de sentarse a ella, y que todas merecen lugar.

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