La adultez infantil no es inmadurez
Por mucho tiempo creí que tenía que ser Grande. Así, en altibajas.
Desde pequeña escuché los mismos elogios disfrazados que muchas niñas recibimos: “Qué madura eres para tu edad”; “Ya resuelves todo sola”; “Las mujeres maduran antes que los hombres”; “Eres tan responsable”. Aquellas frases, aparentemente inofensivas, se convirtieron en pequeños ladrillos que construyeron un muro entre mi verdadero ser y la persona que creí que debía ser.
La madurez prematura no es un regalo, es un peso que muchas cargamos sin haberlo elegido. Es un fenómeno preocupantemente común: niñas que saltan etapas cruciales de desarrollo emocional porque el mundo necesita que sean adultas antes de tiempo.
Crecí siendo la “responsable”, la que siempre tenía respuestas. En clase levantaba la mano para todo, en casa era la que recordaba los pendientes, la que organizaba los juegos. Siempre la sensata que mediaba en conflictos que no eran propios. Mis amigas de la adolescencia me pedían consejos sobre situaciones que ninguna de nosotras debería haber estado enfrentando a esa edad. Lo hacía bien, sí, pero ¿a qué costo?
Hace poco, viendo “Totoro” de Miyazaki por milésima vez, la trama, que conozco de memoria, me generó muchas preguntas sobre la forma en que las niñas protagonistas experimentan el mundo: con asombro, sin vergüenza, con una capacidad de maravillarse que alguna vez tuve y perdí demasiado pronto, y ahora estoy en la tarea de recuperar.
La cultura nos vende que crecer significa abandonar ciertas cosas. La imaginación desenfrenada. El juego sin propósito. La risa genuina que sacude todo el cuerpo. La curiosidad que no teme parecer tonta. Pero ¿quién decidió que estos tesoros debían quedarse en la infancia?
Un día comencé a rebelarme. Primero fueron pequeñas cosas: comprar lapiceras de colores brillantes para mis notas de trabajo. Bailar en la cocina mientras preparaba la cena. Saltar en charcos después de la lluvia. Comportamientos aparentemente insignificantes que provocaban miradas extrañadas y comentarios sobre si me encontraba bien.
Y entonces me di cuenta: estaba transgrediendo un código no escrito sobre cómo se supone que debe comportarse una mujer adulta.
Aquí hay que hacer una distinción crucial. Rechazo por completo la infantilización, ese dispositivo perverso por el cual otros nos tratan como incapaces, nos sexualizan desde la vulnerabilidad o nos niegan agencia y autoridad. Rebecca Solnit, escritora feminista, lo describe perfectamente en su ensayo sobre el “mansplaining”: ser tratadas como niñas cuando somos mujeres es una forma de control social.
Lo que reivindico es diferente. Decidí llamarlo “adultez infantil”: la recuperación consciente de aquellas cualidades asociadas a la infancia que son, en realidad, transformadoras.
Cuando dibujo flores en los márgenes de mis notas durante reuniones importantes, no estoy menos concentrada. Cuando canto en voz alta canciones de mi infancia mientras resuelvo problemas complejos, no soy menos eficiente. Y cuando enfrento situaciones difíciles imaginando soluciones imposibles antes de aterrizar en lo obvio, a menudo encuentro caminos que mi mente “madura” y condicionada nunca hubiera concebido.
Es como en “The Florida Project” cuando Moonee, la protagonista, convierte un árbol caído en una nave espacial o un apagón en una aventura con linternas. No es ingenuidad: es una forma alternativa de procesar el mundo, de resistir ante la dureza sin perder la esencia.
La adultez infantil no es regresión; es expansión. Es recuperar la capacidad de ver posibilidades donde otros solo ven obstáculos. Es mantener la flexibilidad mental y emocional en un mundo que intenta hacernos rígidas.
A veces necesitamos aprender a desaprender. Las infancias son maestras naturales en esto. No tienen el peso de décadas de condicionamiento social diciéndoles cómo deben percibir el mundo. Esa pureza de mirada, esa capacidad de asombro, es precisamente lo que libera a las protagonistas de “Mustang” cuando su entorno intenta domesticarlas. Se aferran a pequeños momentos de juego y libertad como actos de resistencia.
Por supuesto, hay responsabilidades que asumo con seriedad. Entrego mis trabajos a tiempo. Me preparo para los exámenes. Cumplo mis compromisos. Pero también me permito experimentar la vida con una inmediatez y una apertura que muchos adultos han perdido.
Mi adultez infantil es un rechazo al mandato de que “madurar” significa volverse solemne, predecible e indiferente. Rechazar la capacidad de asombro por mera aceptación social.
La próxima vez que me vean saltando para alcanzar las hojas de un árbol en plena calle, caminando por el borde de la banqueta con los brazos abiertos buscando equilibrio, solo estoy recuperando la sencillez de algo esencial que me fue arrebatado demasiado pronto.
Las infancias no son versiones defectuosas o incompletas de adultos. Son una forma diferente, y en muchos sentidos más poderosa, de ser humanos. Su mente opera con una apertura y flexibilidad que perdemos al crecer.
Quizás nuestra obsesión cultural con la madurez temprana en las niñas no sea para beneficiarlas a ellas, sino para domesticarlas antes de que descubran todo su potencial disruptivo. Si pensamos en las protagonistas de “The Florida Project”, los adultos intentan constantemente contener la energía desbordante de los niños porque esa energía desestabiliza, cuestiona, incómoda.
Por eso, a mis 21 años, he decidido ser la adulta que necesitaba: responsable cuando es necesario, pero libre siempre. Competente sin ser rígida. Seria sin ser solemne. Capaz de enfrentar la adversidad sin perder la capacidad de jugar.
Y francamente, no me importa si alguien piensa que debería actuar conforme a mi edad. Ya pasé demasiado tiempo actuando mayor de lo que era. Ahora me toca recuperar lo que perdí.
La adultez infantil no es inmadurez. Es liberación.