Inútil para el mercado, indispensable para la vida
El miércoles pasado le conté a un amigo una anécdota sobre mi reapropiación del espacio público en las calles por las que son transitadas solo por coches. Después de escucharme un rato me dijo: eres inútil. Me quedé callada. Notó mi expresión y aclaró: no te ofendas, pero en este sistema si no generas ganancias inmediatas, o si no haces lo que se supone que debes de hacer, simplemente no importas. Discutimos un rato hasta que llegamos a la conclusión de que inútil era, contradictoriamente, la ofensa perfecta. No porque realmente lo fuera, sino porque describía exactamente mi relación con un sistema que solo valora la productividad cuantificable. Un sistema donde el valor humano se reduce a la capacidad para generar capital, para ser una pieza funcional en esta maquinaria imparable que llamamos mercado. Esa conversación me hizo preguntarme, ¿cuántos de nosotros hemos internalizado esta lógica perversa donde nuestra dignidad humana queda supeditada a nuestra utilidad mercantil?
El capitalismo contemporáneo ha logrado lo que ningún sistema anterior. Nos convence de que somos lo que producimos, que valemos lo que ganamos. La palabra “inútil” proviene del latín “inutilis”, compuesta por el prefijo negativo “in-” y “utilis” (útil, provechoso). Etimológicamente, se refiere a aquello que no produce utilidad, que no sirve, que carece de función práctica. Pero la evolución social del término ha ido cargándolo de un peso moral devastador, especialmente en sociedades donde el utilitarismo se ha entronizado como filosofía subyacente. Según Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, el sujeto del rendimiento contemporáneo se explota a sí mismo, voluntariamente, sin presión externa; es verdugo y víctima en una misma persona. El utilitarismo, como doctrina ética formalizada por Jeremy Bentham y John Stuart Mill, buscaba el mayor bien para el mayor número de personas, pero el capitalismo neoliberal lo ha pervertido, reduciendo la utilidad a su dimensión puramente económica. Nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos, siempre optimizando, siempre rindiendo, siempre disponibles.
El capitalismo desde sus inicios necesitó redefinir qué actividades son “productivas”. La devaluación del trabajo reproductivo fue una tragedia no solo para las mujeres sino para los trabajadores varones. Aquello que sostiene la vida —el cuidado, el afecto, la crianza, la sanación emocional— quedó relegado a un espacio invisible, no remunerado, “improductivo”. Paradójicamente, sin este trabajo supuestamente “inútil”, el sistema entero colapsaría en cuestión de días. La utilidad real para la sociedad y la remuneración económica parecen inversamente proporcionales.
Desde pequeños nos preguntamos qué queremos ser de grandes. La pregunta, aparentemente inocente, ya revela cómo desde pequeños aprendemos temprano que nuestro valor dependerá de nuestra ocupación, de nuestra capacidad para insertarse exitosamente en el engranaje productivo. No le preguntamos a los pequeños qué tipo de persona quieren ser, sino qué quieren hacer o producir.
En México, esta lógica adquiere matices aún más crueles. En un país donde 56% de la población trabaja en la informalidad, según datos del INEGI, millones son etiquetados como improductivos por un sistema que los excluye sistemáticamente. La marginalidad no es una falla del sistema, sino una de sus condiciones de funcionamiento.
Necesitamos a los inútiles para sostener la ilusión de que los útiles han llegado ahí por mérito propio.
Eduardo Galeano afirma que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo. Quizás ahí radica la verdadera utilidad: en acciones que no necesariamente producen valor de mercado, pero que tejen comunidad, que sostienen la vida, que generan belleza o conocimiento sin fines instrumentales.
Cuando alguien me llama inútil porque no sirvo al capitalismo, quizás debería tomarlo como un cumplido. Significa que aún no he sido completamente colonizada por la lógica del rendimiento, que todavía puedo imaginar formas de existencia que no se reducen a la productividad económica.
Ser inútil para el capitalismo puede significar ser valioso para la humanidad. Puede que no esté optimizando cada minuto de mi existencia para ser más “empleable” o “emprendedora”, pero dedico tiempo a escuchar a mis vecinos, a leer poesía que no me hará más productiva, a cultivar plantas que no venderé, a pensar ideas que no monetizaré. En una sociedad obsesionada con la utilidad mercantil, estos actos son pequeñas revoluciones cotidianas.
Quizás necesitamos reivindicar la inutilidad. Recuperar espacios y tiempos improductivos. Defender el derecho a no ser útiles según los parámetros del mercado. El amor no es útil, la contemplación no es útil, la poesía no es útil, al menos no en términos capitalistas. Y sin embargo, ¿qué sería de nosotros sin ellas?