Nunca ha sido tan caro parecer que se tiene tan poco
El minimalismo fue acuñado como un movimiento artístico radical que criticó el consumismo y las corrientes del expresionismo abstracto y el por art a través de una revolución visual y sonora en los sesenta bajo un contexto norteamericano. Un movimiento que en su momento criticaba el exceso ahora simboliza el exceso de recursos. Se caracterizó por la reducción de las obras a estructuras geométricas básicas, algunos exponentes primarios fueron: Vladimir Tatlin, Piet Mondrian y Marcel Duchamp. Se consideró, también, que el movimiento minimalista era una versión sacre, contenida, corregida y extrema del racionalismo y de la abstracción. Los artistas minimalistas alejaban cualquier evocación posible de la interioridad del artista en su obra.
Sin embargo, hoy el minimalismo ha sufrido una metamorfosis paradójica. Un movimiento que nació del cuestionamiento al exceso y la acumulación material ha sido secuestrado por el sistema capitalista y lo contradijo en sí mismo. Lo que comenzó como una revolución estética se ha vuelto un símbolo de estatus. El minimalismo pasó de encontrarse en galerías e instituciones culturales a ser comercializado en plazas comerciales. Diseñadores como Apple y Calvin Klein, a finales del siglo pasado, tradujeron la estética minimalista en una propuesta comercial que relacionaba la austeridad con la sofisticación. La marca Apple fue el caso más aterrizado: convirtió la simplificación formal en un objeto de deseo masivo. Con diseños pulcros y funcionales, dictaron el paradigma donde menos detalle significaba más valor.
El mantra contemporáneo es “menos es más”, sin embargo, ¿cuánto cuesta en realidad ese menos? Ahora la ausencia se ha vuelto más cara que la presencia. El vacío, lejos de ser gratuito, es quizás el lujo más costoso de nuestro tiempo. Un departamento minimalista en una zona gentrificada no solo requiere el pago de un metro cuadrado inflado por la especulación inmobiliaria, sino también la posibilidad económica de mantener espacios sin función aparente. El lujo supremo de nuestro tiempo sobrepoblado no son los objetos, sino el espacio mismo —especialmente el espacio vacío.
El fenómeno Marie Kondo demuestra perfectamente esta contradicción, quien comenzó promoviendo deshacerse de lo innecesario y terminó vendiendo cajas organizadoras.
Nunca ha sido tan caro parecer que se tiene tan poco.
En contextos latinoamericanos, el minimalismo adquiere dimensiones peculiares. Mientras nuestras culturas indígenas y populares celebraban históricamente el color como expresión identitaria y resistencia al colonialismo cultural, hoy observamos cómo estas expresiones son etiquetadas despectivamente como “nacas” o “corrientes”. Las casas color menta o rosa mexicano en barrios populares son vistas con desdén por las mismas personas que admiran un Airbnb gentrificado con muros de concreto desnudo y muebles neutros.
Esta problemática también circula en TikTok, por ejemplo, hay tendencias donde personas de tez morena son asociadas implícitamente con “suciedad”, mientras que personas blancas son presentadas son relacionadas con la limpieza.
En otras redes sociales, lo “aesthetic” funciona como una forma de capital cultural. La capacidad de curar visualmente nuestra vida se ha convertido en un trabajo no remunerado, pero socialmente obligatorio para quienes aspiran a pertenecer. La presión por mantener una presencia digital “limpia” reproduce las mismas dinámicas de exclusión que operan en el espacio físico.
Cuando despreciamos lo colorido, lo abundante, lo ornamentado, muchas veces estamos reproduciendo jerarquías coloniales disfrazadas de preferencias estéticas “neutrales”.
Se necesitan más recursos —económicos, espaciales, culturales— para mantener menos objetos visibles. Esta inversión de la lógica original convierte al minimalismo en una nueva forma de ostentación. La acumulación no ha desaparecido, simplemente se ha vuelto invisible. Compramos menos objetos, pero más caros; tenemos menos cosas a la vista, pero más almacenamiento oculto; simplificamos nuestra estética visible mientras complicamos la infraestructura que la sostiene.
Sin embargo, esto no debería llevarnos a descartar completamente los valores del movimiento artístico. La búsqueda de lo esencial, la crítica al exceso, la apreciación de la simplicidad, todos estos siguen siendo principios valiosos cuando no están al servicio exclusivo del estatus.
El espacio vacío puede ser liberador, pero solo cuando no está cercado por el privilegio.