El cielo no tiene fronteras: La migración como derecho humano frente a la necropolítica de fronteras

La mariposa monarca emprende su migración desde los bosques canadienses en septiembre, recorriendo más de tres mil kilómetros hasta alcanzar el templado territorio mexicano, donde permanecerá hasta el despertar de la primavera, sin encontrarse un muro que fragmente su recorrido. Esta libertad de movimiento contrasta indiscutiblemente con la de la especie humana, quienes han construido múltiples barreras tangibles, e intangibles, como mecanismos de criminalización y necropolítica.


Desde la época primitiva del Homo sapiens, con un antecedente en África de hace aproximadamente 200 000 años, el ser humano ha sido una especie en movimiento. La migración, desde que partimos de Etiopía hacia otros territorios por causas ambientales, climáticas y alimenticias, es una condición inherentemente animal y, por lo tanto, humana.

Este impulso de movimiento ha estado presente desde las antiguas civilizaciones, ya fuera de manera voluntaria o forzada: guerras, colonizaciones, inundaciones, etcétera. En los últimos tres siglos, las revoluciones industriales, las guerras mundiales, las dictaduras, las crisis ambientales, económicas, sociales y políticas, han sido algunos de los contextos por los cuales las personas han tenido que migrar de un territorio a otro. Sin embargo, lo que distingue la crisis migratoria actual no es el acto de migrar en sí, sino la creciente deshumanización de quienes se ven forzados a dejar sus hogares.

América Latina se ha convertido en epicentro de una crisis migratoria sin precedentes. El éxodo masivo de venezolanos huyendo de la crisis política y económica bajo el régimen de Nicolás Maduro se suma a una larga historia de desplazamientos: argentinos y chilenos que escaparon de las dictaduras militares, colombianos que huyeron del conflicto armado, mexicanos que han buscado por décadas mejores oportunidades económicas al norte. Esta diversidad de historias comparte, en su mayoría, un destino común: Estados Unidos, país que mantiene su posición como el principal receptor de migrantes en el continente.

La frontera entre México y Estados Unidos se ha transformado en un espacio donde la necropolítica se manifiesta en su forma más cruda. El desierto, el río Bravo y el muro no son solo barreras físicas, sino instrumentos de una política que determina quién vive y quién muere. 

El panorama se torna aún más complejo con el retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Sus promesas de deportaciones masivas y la intensificación de políticas antimigrantes han generado incertidumbre. Sus declaraciones, ya conocidas desde su anterior mandato (2016-2020), criminalizan a comunidades enteras y amenazan con empeorar una crisis humanitaria ya de por sí grave.

Como país de tránsito y frontera con Estados Unidos, México enfrenta distintos desafíos: equilibrar las presiones diplomáticas con la responsabilidad humanitaria, de la mano con una estrategia integral que aborde la protección de los derechos humanos, la prevención del tráfico de personas y la asistencia humanitaria a quienes transitan y cruzan por territorio mexicano. 

Mientras los gobiernos debaten políticas y construyen muros, miles de personas continúan sus travesías, enfrentando peligros y obstáculos que ninguna mariposa monarca encontraría en su ruta migratoria. La pregunta no es cómo detener la migración, sino cómo garantizar que este fenómeno inherentemente humano ocurra en condiciones dignas y seguras.

La movilidad humana seguirá siendo una constante en nuestra especie. El verdadero desafío radica en construir un sistema que reconozca esta realidad y responda con humanidad, en lugar de levantar barreras que solo incrementan el sufrimiento de quienes buscan, como lo han hecho nuestros antepasados desde el principio de los tiempos, mejores condiciones para vivir y un lugar digno para habitar.

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