El Trol Científico: Cuando la mitología es el campo que permite el diálogo entre saberes

Por Jesús Vergara-Huerta1Es Maestro en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, artista plástico, músico saxofonista y escritor.

Hay de troles a troles, en la escala jerárquica que suele utilizarse para clasificarlos, en los peldaños inferiores, aquellos que incluso se hayan varios metros por debajo de la tierra, se encuentran aquellos a quienes les molestan las equis que aparecen en ciertas formas de lenguajes no binarios. Apenas leen un “algunxs” y su hígado se inflama, las venas que rodean sus sienes se hinchan, golpean con furia el teclado cuando elijen “me divierte” y encuentran cierta paz cuando algún ingenuo o ingenua se engancha con ese pequeño círculo amarillo que representa la declaración política de toda una generación.

Luego están los troles políticos, hábiles para identificar la posición más polémica en torno a una discusión sin sentido. Si los primeros son tan solo una escoria que parece producirse a sí misma por el placer de desaparecer un poco de su propia existencia, estos suelen estar financiados. Fantasmagóricos soldados de un pequeño y desconocido bicho que se arrastra bajo el suelo de la elección popular, buscando crear una tormenta escupiendo una por una esas partículas del engaño. El trol político es multifacético; en la vida como en las redes, se trata de un ser indefinido que adopta tantas caras como chips telcel se puedan comprar en un oxxo.


Pero debe haber una motivación profunda y personal, para hacerse un trol. Toda persona que busca darse la vida, mientras se la da, encuentra un difuso equilibrio entre lo que necesita y lo que quisiera ser. Y nada hay más personal que la motivación del trol científico. Si los anteriores se nos desaparecen por elusivos, estos son el extremo opuesto. Encerrados en una personalidad de piedra con perfiles reales, licenciaturas truncas o devoradores de la serie Cosmos, se afirman como una secta que asegura poseer una mirada crítica e inmediatamente después caen en el absurdo de asegurar que son dueños de la verdad. Feligreses de la alta iglesia positivista, no advierten que sus discursos no son nada más, ni nada menos, que opiniones sobre diversos temas de interés.

La opinión es siempre engañosa, se hace pasar por certezas, salvo cuando quien la posee reconoce que al ser una mera opinión está sesgada precisamente por las fuentes de información que le permiten aparecer. Pero el trol científico, a diferencia de aquellas personas que valoran en justa medida el conocimiento que provee el maravilloso ejercicio de la investigación metódica, considera que lo que aparece en revistas especializadas, indexadas y revisadas por pares (aunque esta secta, más bien regurgita las síntesis que aparecen en medios de divulgación) es equiparable a una revelación mística que no debe ser cuestionada.

Las mitologías del futuro

Ejemplos hay muchos, y se pueden observar en todos los grupos de redes sociales dedicados a estos temas, pero quizá los más reveladores y que ilustran a la perfección el perfil de un trol científico, son los relacionados con las mitologías del futuro. Un trol científico estará dispuesto a burlarse de aspectos mitológicos del pasado (el creacionismo, el soplo divino, la costilla de Adán, las plagas divinas, los sacrificios humanos para asegurar cosechas, etc.), también le será un tanto fácil encontrar las fallas de mitologías que encontraron resguardo en teorías científicas del pasado (la generación espontánea, el terraplanismo, el geocentrismo, etc.) y por supuesto le resultan divertidas las mitologías del presente, vestidas de teorías conspirativas (anarcoilluminatis, antivacunas y cualquier estructura pseudocientífica que se les ocurra). Pero todo su sistema de pensamiento, que debe ser fundamentalmente escéptico, colapsa cuando encuentra críticas válidas al quehacer científico moderno (uso político de la ciencia, efectos en la brecha socioeconómica por efecto de la tecnología, e incluso el choque de hipótesis científicas en campos diversos; por ejemplo los que se encuentran entre biotecnología y ecología cuando se toca el tema de los transgénicos y los organismos genéticamente modificados).

La colonización espacial es hasta el momento un campo meramente mitológico, pero hay quien las considera más válidas que las leyendas del pasado | Fuente: Sputnik News

Pero la suma de sus contradicciones se revelan con mayor claridad con la mirada futurista de esta clase de troles. Si los debates abiertos y complejos en campos actuales de la ciencia revela mucho de su posición fanática frente a los textos científicos (por ejemplo, un trol científico se encuentra incómodo con las críticas abiertas en el problema mente-cerebro, donde afortunadamente la visión de la complejidad pone en jaque muchas de las suposiciones de la visión computacionista de la mente, el paradigma que rige la investigación de punta en este campo), resultan hasta ridículos cuando defienden ideas como la colonización espacial; para ellos es fácil asegurar que la humanidad habitará eternamente el cosmos, pasando de planeta en planeta, luego entre galaxia y galaxia y alguno llevará al extremo esta fantasiosa visión, asegurando que los huecos conceptuales que abre la física cuántica nos permitirán hacer saltos en el tiempo o habitar otros universos.

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Esta disposición de aceptar futuros igualmente fantásticos, haciendo saltos inaceptables (como el salto aparentemente lógico que se puede hacer del Perseverance y los proyectos turísticos de SpaceX hasta la insostenible idea de una humanidad marciana) sostenidos por la frágil creencia de que la ciencia avanza imparablemente y lo resuelve todo, solo se comprende porque así como el fanático religioso acepta la totalidad del texto bíblico, el fanático científico incorpora a su sistema de pensamiento la metáfora de la divulgación científica; basta con reconocer como los defensores y defensoras a ultranza de la modificación genética reducen la discusión bajo ideas como “corte y pega genético”, llevando un tema de complejísimas dimensiones a un asunto equiparable con la edición de un texto en OpenOffice.

¿Quién escribe la mitología científica?

En este punto, quien observe de manera crítica y abierta lo que aquí se ha dicho (troles de todo tipo descartados), se preguntará: ¿Entonces qué es lo que verdaderamente sabemos sobre los avances científicos? La cuestión es difícil de resolver, he visto de cerca el fenómeno del fanatismo en gente sumamente preparada y experta en materia científica, personas con doctorado y suma experiencia en labores de investigación que, sin embargo, no han advertido que cuando se divulgan los resultados de cualquier investigación, incluyendo las suyas, habrá un sesgo ideológico, político y económico que tocará inevitablemente la pureza del dato.

Es fácil reconocer que esto es así, cualquiera que me lea si se asoma con detenimiento en publicaciones científicas verá que todos estos reportes se hacen desde la prudencia; aceptando que los resultados de la investigación han favorecido o puesto en duda algunos preceptos de origen, pero que es necesario seguir explorando para confirmar los hallazgos de dicho estudio. En caso de que se trate de artículos de revisión, probablemente los más importantes para sostener o derribar consensos, se encontraran apartados en donde se planteen los límites de la revisión (sesgos por cantidad de artículos que se pueden revisar sobre un tema específico, sesgos por trabajos que fueron financiados por estructuras de poder, sesgos por investigaciones que se realizaron con equipo ya obsoleto, sesgos por trabajos que se realizaron bajo supuestos teóricos que han sido derribados, etc.). Además, es esencial entender que para que una investigación científica tenga plena validez, la opinión, cosmovisión e ideología política de los investigadores tiene que dejarse de lado; esto tiene sus matices, dependiendo de las áreas de investigación; en algunas áreas de las Ciencias Sociales hay una reivindicación de la mirada propia de los investigadores como variable importante a considerar, pero en dado caso lo harán explícito en sus estudios y reportes.

Dicho esto, parece ser que el sustrato de donde nace todo trol científico, es la divulgación. Cuando se trata de divulgar los resultados de cualquier investigación científica, lo más seguro es que esos reportes se harán desde un optimismo desmedido y una idealización del trabajo científico que contamina la prudencia del reporte original. Esto es particularmente evidente cuando vemos que las fantasías de personajes que nada tienen que ver con la investigación, sino con los negocios, capturan los imaginarios populares sobre un tema científico; el mejor ejemplo que tenemos ahora es Elon Musk y sus fantasiosas narrativas, como la idea de crear una “cognición superhumana” gracias a los preceptos computacionistas de la mente. Incluso si ese futuro llega, y puede llegar porque de hecho cualquier cosa podría caer en esa categoría que se trata de un concepto difuso y tramposo, asegurarlo en este momento porque hay avances en materia de Inteligencia Artificial y porque las nuevas tecnologías permiten profundizar como nunca en la estructura neuronal, es totalmente absurdo y una muestra de la “fe ciega” con la que el cientificista asume la existencia.

La cohorte transhumanista, de la cual podemos decir que Elon Musk forma parte, está creando esta narrativa mitológica que tiene como fundamento simple y sencillamente obtener recursos económicos para continuar con su trabajo. Este optimismo insostenible de los promotores de las nuevas tecnologías es un encierro en su propia incapacidad de autocrítica, tanto como una estrategia para obtener inversiones multimillonarias que obviamente producen avances que resultan sorprendentes; pero siendo simples y categóricos, ni el más elaborado y costoso robot, con las mejores aleaciones, los algoritmos más potentes de Inteligencia Artifical, está siquiera cerca de la complejidad y eficiencia de una pequeña y simple cucaracha, que con solo cuatro movimiento básicos, resuelve todas las dificultades para acceder y poblar cualquier espacio, resistir el fenómeno entrópico y autorreplicarse para continuar siendo el azote de una humanidad que desde hace siglos busca desaparecerlas y que hoy, con toda y su magnífica tecnología, sigue doblegándose frente de ellas.

¿Es entonces la divulgación científica el problema, aquello que no nos permite dialogar con otros saberes igualmente enriquecedores si se les mira con el mismo talante crítico y escéptico?… Se podría decir que sí, pero en realidad considero que el problema no es en sí la divulgación, sino los códigos éticos que la producen. Una divulgación científica que no es crítica del saber que comunica, que esconde por convicción o por ignorancia sus propias debilidades y los efectos negativos que podría tener si se le acciona desde la dominación (y esa ha sido con precisión la historia de la aplicación tecnológica), cae sin duda en los mismos vicios de la divulgación de otros saberes.

Crédito: Racrufi Art

La mitología entonces es el área que permite el diálogo

Entonces, me parece apropiado decir que lo primero que hay que saber es que solo podemos saber que tenemos opiniones. Y es fundamental reconocer que esas opiniones son resultado de nuestras fuentes de información y de los vínculos que encontramos con nuestra propia experiencia. La ventaja de la opinión basada en el conocimiento científico, es que dicho conocimiento pasa filtros de seguridad que ningún otro saber posee; la propia naturaleza del método científico le conduce inevitablemente a tratar de refutar sus propios descubrimientos.

Creo advertir que, salvo en el budismo cuyo principio fundamental es precisamente que la realidad es tan solo un estado de la mente, las religiones suelen caer en el extremo absolutista que opera de forma contraria a la comunidad científica. Sin embargo, esto también está tocado por las formas de divulgación de los preceptos religiosos y no necesariamente por la información en bruto de los textos místicos.

Quiero decir que así como un feligrés no suele profundizar en los textos religiosos, sino que acepta la opinión de un personaje embestido de autoridad (sacerdote, rabino, monja, ministro, etc.), el fanático científico acepta la opinión de un personaje reconocido (maestro, doctor, premio nobel, etc.) pero no suele profundizar en el conocimiento científico que asume como verdadero2Como biólogo les puedo asegurar que la mayor parte de los darwinistas jamás han leído a Darwin.. Es importante advertir que esto es un fenómeno común, que todos vivimos y que encuentra tantos matices como opiniones hay en el mundo.

Toda opinión es igualmente inteligente

Lo cierto es que formar una opinión es un proceso igualmente complejo, sin importar las fuentes de información con las que lo hagamos, y por tanto pienso que es válido decir que toda opinión es igualmente inteligente. Las teorías conspirativas son elaboradas y complejas, algunas pueden parecer absurdas para quien opina de forma distinta, pero sus estructuras suelen ser igualmente elaboradas y lógicas si se reducen a las relaciones que se tejen dentro de sus propias narrativas. Por ejemplo, alguien plenamente convencido de que el ADN es una estructura de tres hélices puede saber más de este modelo, que quien acepta el modelo de doble hélice; que alguna de estas personas tenga o no razón no tiene que ver con sus capacidades cognitivas, su habilidad de obtener y procesar información, sino con el consenso de quienes han estudiado a profundidad el tema y la evidencia que sostiene un modelo y derriba el otro, pero lo más probable es que ninguna de las dos personas se haya enfrentado directamente a dicha evidencia).

Por tanto, la capacidad de diálogo no se debe al conjunto de conocimientos, sino al reconocimiento de que creemos, de que solo tenemos opiniones y que dentro de ellas tenemos una disposición común para abrazar narrativas mitológicas. De hecho, otros saberes como la magia o las artes, están bastante cómodos con lo mitológico. Sobre todo los artistas suelen estar dispuestos al diálogo porque entienden que su trabajo es meramente interpretativo; podrán debatir sobre las cuestiones técnicas, pero no hay ninguna pretensión de verdad contenida ni en el David de Miguel Ángel, ni en las cajas de zapatos de Orozco; aunque al comparar ambas obras, se revela que quizá también sea necesario acuñar un término como el del “pseudoarte” para definir ciertas propuestas en este campo3Al respecto, debo decir que mi opinión es que la propuesta de Orozco se aproxima mucho a las pseudociencias, pero en su defensa diré que Orozco se encuentra bastante cómodo con aceptar que se trata de un estafador. Nunca me he detenido en conocer su opinión, pero tampoco le he escuchado abiertamente defender la importancia de su trabajo, por lo general le escucho narrándose a sí mismo con el mismo vacío interno y performático de su caja de cartón, como si efectivamente supiera que Miguel Ángel, aun cuando logró todo no disfrutó nada, y que él lo ha disfrutado todo sin hacer nada..

Para ir cerrando la idea, espero que se reconozca que mi pretensión con este texto, que deliberadamente comencé como una provocación, es en realidad una invitación a soltar la carga que implica creer que se conoce mucho sobre el estado de las cosas. Lo he escrito desde la experiencia acumulada en varios campos del saber, incluyendo las ciencias y las artes, y sobre todo gracias al impacto profundo de acompañar ciertos procesos comunitarios basados en los principios de re-existencia de los pueblos originarios y sus saberes ancestrales que, a pesar de no equipararse a la metodología científica, suelen ser igualmente potentes a la hora de comprender nuestra relación con el mundo. Por tanto, no es mi intención cuestionar la validez de la mitología sino reivindicarla como un estado común, ya sea que esté arraigado en el pasado (religiones), se practique deliberadamente en el presente (artes) o se proyecte de forma esperanzadora hacia el futuro (ciencias).

Entender que todos tenemos la disposición de construir narrativas fantasiosas, desde lo que creemos correcto, para darnos cierta tranquilidad en el caos permanente que implica la existencia, podría ayudarnos a valorar y comprender la opinión ajena; siempre y cuando esa opinión no signifique un daño intencional y perverso hacia los demás. Eso nos permitirá entablar conversaciones urgentes para mejorar nuestro campo inmediato y tratar de mitigar lo que parece el naufragio inevitable de la civilización humana4Mi ejemplo radical al respecto es que, al tener la opinión de que la vida humana es imparablemente limitada y que después de su absoluto deterioro nos espera la Nada, respeto por igual a quien quiera creer que hay una vida eterna después de la muerte o a quien quiera creer que una inyección detendrá el envejecimiento y la enfermedad… de hecho a mi naturaleza egóica le vendría bien estar equivocada en este tema porque significa que, si todo va bien y sin accidentes, en 25 años estaría recibiendo la inyección de la inmortalidad-supercognición o en 35 años accediendo al paraíso y la vida eterna..

Al final de todo, es importante aclarar que me animé a compartir estas reflexiones porque efectivamente son meras opiniones y no trato de convencer a nadie. Reconozco que quizá lo que he dicho es completamente insostenible, pero en dado caso me queda el consuelo de que eso solo se sabrá en el año 3021; cuando las mitologías del futuro coincidan con lo mejor de nuestro pasado y las conciencias embebidas en máquinas de titanio habiten el sórdido satélite de algún exoplaneta, mientras discuten y proyectan la mejor forma de regresar a sus cuerpos finitos y habitar una replica exacta del planeta que destruyeron siglos atrás.


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Referencias

Referencias
1 Es Maestro en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, artista plástico, músico saxofonista y escritor.
2 Como biólogo les puedo asegurar que la mayor parte de los darwinistas jamás han leído a Darwin.
3 Al respecto, debo decir que mi opinión es que la propuesta de Orozco se aproxima mucho a las pseudociencias, pero en su defensa diré que Orozco se encuentra bastante cómodo con aceptar que se trata de un estafador. Nunca me he detenido en conocer su opinión, pero tampoco le he escuchado abiertamente defender la importancia de su trabajo, por lo general le escucho narrándose a sí mismo con el mismo vacío interno y performático de su caja de cartón, como si efectivamente supiera que Miguel Ángel, aun cuando logró todo no disfrutó nada, y que él lo ha disfrutado todo sin hacer nada.
4 Mi ejemplo radical al respecto es que, al tener la opinión de que la vida humana es imparablemente limitada y que después de su absoluto deterioro nos espera la Nada, respeto por igual a quien quiera creer que hay una vida eterna después de la muerte o a quien quiera creer que una inyección detendrá el envejecimiento y la enfermedad… de hecho a mi naturaleza egóica le vendría bien estar equivocada en este tema porque significa que, si todo va bien y sin accidentes, en 25 años estaría recibiendo la inyección de la inmortalidad-supercognición o en 35 años accediendo al paraíso y la vida eterna.
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