Las tres haches

Si no existiera este ambiente público tóxico, podría decir en voz alta lo que pienso, sin tener que hacerme cargo de cómo lo van a tomar las barras bravas de la política. 

Diría cosas que vengo rumiando, ideas que he raspado en piedra con la uña, al fondo del pozo de estos dos años endurecidos.

La polarización tóxica imperante ha promovido el diálogo con uno mismo y el monólogo con los demás. La verdadera discusión –el ir y venir de la razón que se sabe incompleta– se despliega mejor en la intimidad que en las supuestas plazas públicas digitales. 

Pero llega el momento en que uno se siente empobrecido por acumulación de sí mismo. A mi me pasa: siento no tengo nada qué decir, pero no por ausencia de opiniones, sino porque vengo dejando de decir. 

No he callado por prudencia, sino por una sensación de fatiga crónica. No me he abstenido por indiferencia, sino por desbordamiento. No he enmudecido por mesura, sino por atragantamiento. 

Y estoy seguro que no soy el único. 

Es verdad que estamos rodeados de sordos voluntarios: muchos han decidido taparse los oídos y vivir entre su tribu, donde se sienten seguros y reconocidos. Hablan su dialecto y celebran a los dioses de su clan, mientras atacan a cualquiera que tenga otras devociones, otros lenguajes, otros apetitos. 

Esta elección de la no escucha se denuncia con justicia. Pero también estamos quienes diariamente nos venimos cortando la lengua. 

Muchos lo hicimos porque en un ambiente de exceso de sentido, cualquier gesto nos colocaba automáticamente con los defensores del actual gobierno o con sus opositores. Sin embargo, por sacarle el cuerpo a que nos definieran, acabamos renunciando a la responsabilidad y el placer de definir.

Yo estoy cansado de esta clase de abstención. La reserva me sume en una comodidad corrosiva, no me acerca ni un centímetro al mundo en que quiero vivir, y además me hace sentir muerto por dentro, y no lo estoy. Al contrario. 

Por eso quiero volver a escribir. 

Mi punto de partida es lo improbable: escribiré sabiendo que pocos leen, y menos a mí –no es falsa modestia, sino mi realidad actual–. Tampoco escribiré para darle “voz a los que no tienen voz”, porque creo que hay fuerzas sociales vivas que se han ganado su propio lugar, y lo que les sobra son voceros. No escribiré para dejar un registro para “la posteridad”, porque soy escéptico de los juicios de la historia que se decretan en tiempo real. Tampoco me interesa escribir para “influir” en “tomadores de decisiones”: para eso tienen asesores y un coro griego de periodistas dispuestos a comentarlos.

Sencillamente escribiré para otros, para llegar a lectoras y lectores que se sientan interpelados por mis palabras. Lo haré por una mezcla de beneficios, que incluyen mi salud mental y su provecho informativo. Prometo siempre incorporar las tres haches: honestidad, historia y humor. 

Respecto a esto último, puede parecer que estos primeros renglones incumplen mi propósito, pues no hay nada humorístico en ellos; sin embargo, sí lo piensan con cuidado, tiene su gracia el anuncio de regreso a la escritura de alguien que nadie recordaba que se había ido. 

Aquí y en Tercera Vía nos leemos. 

 

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