Feminazi para algunos, valiente para otros ¿lista para el reto?

Una colaboración de Nosótricos Tik-Tank


“Ahí vas otra vez de feminazi, a todo le encuentras…” ¿Alguna vez les han dicho algo así?

Mi nombre es Verónica y he decidido ser feminista, “feminazi” para algunos, “amargada” para otros y valiente para muchos más. Como quieran llamarme, he decidido abrir los ojos ante las desigualdades que enfrentamos las mujeres y hacerlas visibles. Pero, ¿qué consecuencias ha tenido esta afirmación en mi vida?

Cuando decidimos luchar por una sociedad más justa con nosotras, no sabemos todo lo que nos espera, pocas veces se nos habla de las dificultades que vamos a enfrentar. Por ello, quiero relatar cómo ha sido mi camino:

 

  • Bienvenida al feminismo, tiene permitido protestar en contextos masivos, pero quédese callada en el día a día

 

Cuando comencé a ir a protestas feministas, mi mamá, amigas y compañeras, incluso mi padre, me apoyaban. Recuerdo que les parecía un orgullo que yo, junto a otras mujeres y hombres, saliéramos a reclamar justicia; esto me tenía muy entusiasmada… pero el gusto me duró poco. Cuando mis cuestionamientos se extendieron a las conductas de mi día a día fue cuando surgieron los problemas, no era lo mismo señalar actos machistas en alguna marcha, que decirle a mi familia que su comportamiento apoyaba, directa o indirectamente, la violencia hacia las mujeres.

Desde ahí me di cuenta que a veces aplaudimos el discurso de la lucha contra el privilegio masculino, pero no por eso siempre lo llevamos a la práctica.

 

  • Desde hoy usted será “la feminazi”

 

Al señalar las injusticias que veía en mi entorno, los primeros descontentos surgieron de mi familia. Cada que ocurría algo que no me parecía siempre lo hacía notar: como el que mi mamá le lavara la ropa a mi papá; o que en las reuniones familiares siempre fueran las mujeres quienes le servían a los hombres; o que mis tías siempre procuraban cocinarle, lavarle o cuidarle los hijos a mi tío, el padre soltero con dos hijos, quesque “porque el pobre no podía cuidar a sus hijos, cocinar y trabajar a la vez”, aunque todas mis tías y algunas primas también eran madres solteras y nadie las ayudaba.

En esas situaciones yo cuestionaba cosas como: ¿por qué no se sirven ellos?”, “¿por qué le tienes que lavar la ropa a papá si tú también llegas cansada del trabajo?”. Claro, mi familia respondía con un “¿ya vas a empezar? No puedes al menos un día convivir en paz”. Desde entonces, cuando digo algo al respecto, me llaman “la feminazi”.

 

  • Alístese para perder amistades

 

Hacer notar las conductas que consideraba injustas también trajo consecuencias en mi forma de socializar. Mi círculo se fue limitando demasiado, no faltó quien decidió que era preferible no invitarme “aunque me quisiera mucho” que “tener que aguantarme”. Esto me dolió bastante porque tuve que alejarme de gente con la que compartí gran parte de mi vida; muchos no podían entender la manera en que yo veía el mundo, y otros no sólo no la entendían sino que se burlaban de mi forma de pensar.

A veces entro en conflicto, ya que para evitar esto, hago una segmentación mental: hablo con algunos del tema y con otros me quedo callada, aunque sé que con ello replico el esquema patriarcal en el que a las mujeres sólo podemos hablar de ciertos temas en algunos círculos, y que, incluso en esas ocasiones, nuestra opinión se toma con reservas.

 

  • Ahora dudará de usted misma: “¿El problema soy yo?”

 

Después de tanto escuchar que estaba “amargada”, yo misma comencé a cuestionarme si había algo mal en mí. Pero me di cuenta que NO, ¡no era yo la del problema! Mi frustración venía de la falta de poder y voz que enfrentamos a diario las mujeres. Esto, además, no es algo nuevo. Y como ejemplo está el caso de mi abuela: quien aguantaba infidelidades porque “así eran los hombres”; quien se quedó con ganas de estudiar porque en esa época las mujeres tenían que dedicarse a la casa; quien no tenía derecho a usar métodos anticonceptivos porque “seguro era para engañar a mi abuelo”. Ella, era juzgada, criticada y señalada como “histérica” cada que se hartaba de cuidar a 8 hijos, cocinar, lavar, servir a la familia entera y, encima de todo, poner buena cara diario. Le decían “loca” si se enojaba porque no se le permitió tomar decisiones sobre su vida.

Y así es ahora, la sociedad nos hace creer que somos “feminazis” por quejarnos de la carga que se nos ha dado de manera injusta. Pero también entendí que mi caso era diferente, era un tanto más privilegiado, porque tuve acceso a educación formal, porque ya muchas mujeres habían luchado antes que yo, y porque viví en una familia más o menos abierta al tema. Todo eso me permitió entender las desigualdades de género y explicarme a mí misma el por qué de mi malestar. Sin embargo, hay muchas mujeres que se encuentran en mayor vulnerabilidad que yo, y es por ellas por quienes también me motiva luchar.

 

  • Malas noticias: a veces usted también replicará conductas machistas

 

Mi último punto y quizá uno de los más difíciles, fue cuando me di cuenta que crecer en una cultura machista, me cegaba y no veía que algunas de mis acciones reforzaban las desigualdades. La vivencia más clara la experimenté en mi vida privada, de pronto me encontraba en una relación apoyando a un hombre en sus machismos, su conformismo y hasta su huevonada. Intimaba con alguien que creía que pensaba igual que yo sólo porque no era el estereotipo extremo del “macho golpeador que no lava ropa”. Tenía una relación llena de micro-machismos y me justificaba a mí misma con frases como: “al menos él me es fiel”, “al menos él sí cocina y limpia”, “al menos él, aunque no trabaje, hace el esfuerzo de mejorar cada día”. Pero la realidad era que yo también era fiel, yo también cocinaba y también hacía el esfuerzo de mejorar cada día y, encima de eso, resolvía problemas que eran de ambos, trabajaba mucho más que él y tenía mayor carga en diversos aspectos de la vida. Así que, aunque me dolió, decidí que quería a alguien con quien compartir cualidades y responsabilidades de manera equitativa y no sólo a un “al menos”.

Lectores, yo soy sólo un personaje creado por las autoras del texto, y aunque no existo realmente, sí existo en la historia de todas aquellas que se identifican cuando me leen; aquellas mujeres que luchan a diario por un balance de poder, quienes se enojan con acciones “banales” como el tener que servir a tu hermano, o con casos más terribles como el acoso y la desaparición de mujeres. Pero mi historia también tiene un lado positivo, muestra que no estamos solas y que todas las formas de empoderamiento nos impulsan. Yo, gracias a la autocrítica, he alcanzado metas que en un momento nunca hubiera imaginado, he encontrado pocas, pero grandes amistades (hombres y mujeres) con quienes comparto y debato ideas, redescubriendo y repensando cómo, desde nuestra trinchera, podemos hacer frente a las diferentes formas de poder.

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