El enigma de los seis lunares


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Un aclaración preliminar: les prometo que voy a  ser un comentador riguroso, que con absoluta imparcialidad va a decir su parecer de la novela El enigma de los seis lunares de Rogelio Agrasánchez Jr. Por lo tanto, no titubeo al señalar los tropiezos, ni me detiene la amistad para evidenciar los lastres. El arte literario va primero y como decía aquél ilustre señor del que no recuerdo su nombre, «Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad». Bien, hecha la advertencia, comienzo y seré breve y contundente…

Lo primero que quiero hacer notar a ustedes es que éste nuevo libro es un relato espléndido, con enjundia narrativa e imaginación. Agrasánchez inicia rotundo, con la sentencia: «¡Deberías ser más respetuoso con los muertitos!» Quien habla es su mamá, es decir, la del protagonista que se la pasa platicando sus peripecias en primera persona a lo largo de 260 páginas que se sienten como si fueran nada más 100 o menos, 50. Se sienten como un cuento largo que lleva al lector del rancho a la recompensa, pasando por el Paricutín, Disneylandia, una sala de cine llamada el Salón Frufrú, los Estudios Churubusco, y la oportunidad de enterarse de una confesión, un embrujo, una profecía, un desquite y de la existencia de un túnel abandonado. Si creen que les revelé pistas de todo lo que sucede, se equivocan. Aún faltan 16 capítulos más, que están intercalados en las cosas mencionadas.

Rogelio no para en todo el rato. Su personaje, filma con cámara de 8 milímetros, monta una sala de cine en un pueblo, se va a estudiar al extranjero, regresa, conoce desde dentro el mundo del cine profesional y se enamora, siempre rodeado de una parentela de lo más variopinta y entrañable. La tía Celia autora de un recetario para la Cuaresma que vendió miles de ejemplares. Los hermanos peleoneros Mauro y René. Mamá Chata, la abuela poblana de alcurnia. El tío, apodado el Api, campeón en materia de béisbol e inventor de curiosidades.  


Aquí, en los personajes, en el armado de los distintos pasajes que componen la historia observo con preocupación alguna tendencia del escritor. Rogelio Agrasánchez Jr. ha sido hasta el momento historiador. Hombre acostumbrado a pasear por tiempos que se han ido; a escarbar en papeles viejos, a mirar ilustraciones y fotografías desgastadas, a curiosear en archivos ordenados y también, en los desordenados. Prueba de tales inclinaciones lo son todos sus libros anteriores. En especial, el que trata de la vida y obra de Guillermo Calles, redactado en un inglés de primera, que se deja leer con facilidad, y despierta tanto el interés como el asombro.  En su novela, Rogelio cede una y otra vez a esa afición. Lo que resulta en cuidadas descripciones de ambientes, con buen ojo para el detalle más significativo, y para delinear mediante pinceladas muy certeras una visión de época. Así mismo, recupera y explica expresiones en desuso, pero lo más imperdonable, es que recuerda con excesivo deleite platillos, sabores, golosinas. Antoja, en un episodio sí, y en el que le sigue también, con ideas simples como unas gorditas de maíz y una salsa de chile pasilla, o más elaboradas como la mención de un guajolote sazonado en pipián, o desea que imaginemos el gusto de los perones, de la fruta cubierta de miel, o de las fresas con crema. Inclusive no puede terminar la novela sin esas tentaciones, pues en el último capítulo nos sale con una referencia a la nieve de rompope, que me obligó a cerrar el libro y correr en busca de un dulce.

El otro aspecto que resultará obvio hasta al lector menos avezado, es que Rogelio dedica muchos pasajes a un tema que lo apasiona: el cine. Y eso lo hace maravillosamente bien, ya que en esos momentos se funde el narrador con la memoria de quien fuera testigo presencial de los hechos, o conocedor de los acontecimientos a través de fuentes de primera línea. Varias de esas partes corresponden a rodajes genuinos emprendidos por la compañía de su padre, Producciones  Agrasánchez. Otras, son anécdotas sobre gente de la industria cinematográfica nacional, matizadas y acentuadas por el buen humor y la nostalgia. Y puede ser que algunas, las menos, sean nada más que  licencias de la imaginación creadas para completar de manera armoniosa la trama.

Nos enteramos con todo ello de entre telones y manías. Observamos, por ejemplo,  a Viruta y Capulina llevando una excursión de niños a Disneylandia, y apoyando al pequeño protagonista en una bronca con los Siete Enanos del cuento de Blancanieves; o sabemos que Linda Cardell, siguiendo el consejo de un astrólogo, tomó de mascota un gallo, porque en él había reencarnado el alma de su perro más querido, y lo paseó por las calles de Guanajuato cuando filmaba ahí Santo contra las momias asesinas.

Sucedidos de filmaciones los hay muy curiosos. En El charro de las calaveras, el propio director, Alfredo Salazar, se disfraza de vampiro porque la producción  no quería gastar mucho en actores. En Santo contra la mafia del vicio, la actriz pide que no la saquen encuerada no porque sea tímida, sino porque el sueldo es muy bajo. En otra producción, Blue Demon y Mil Máscaras se quejan de que el Santo sale como gran héroe a pesar de que solo interviene un momento y ni le toca recibir manotazos y patadas de los contrincantes.

Hasta aquí mi reseña provisional de perplejidades. Que conste que del enigma de los seis lunares que da título a la obra, nada he revelado. Ese asunto deberán descubrirlo y decifrarlo ustedes mismos. De seguro, el trance les será ameno y vertiginoso. Todo por culpa del buen oficio literario de Rogelio Agrasánchez.       

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El autor es director académico de la Cineteca Nacional


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