Las enseñanzas de una casa de madera

Vivimos un mundo lleno de códigos que somos incapaces de reconocer y que nos empujan a ser lo que somos, muchas veces sin jamás haber querido ser lo que somos. Desde que nacemos estaremos siendo programados para realizar unas pocas tareas y rechazar otras, aún cuando nuestra esencia sea la de experimentar y ponernos a prueba en todo. Crecemos con la consigna de encontrar nuestra misión en la vida, como si se tratase de una sola actividad misteriosa que debemos reconocer lo antes posible, para abandonar otros posibles intereses si es que queremos destacar y llegar al “éxito”.

Es un hecho muy común que aquellas personas que deciden explorar múltiples facetas y formarse en varios campos, aún cuando sus pretensiones no sean las del éxito desde la acumulación económica, deberán enfrentarse a múltiples estigmas sociales asociados al “fracaso”. Desviarse de esa ruta simple de vida (la del trabajo bien remunerado desde la especialización), que además muy pocas personas pueden lograr en un sistema económico como el que padecemos, es enfrentarse a una serie de rechazos sociales por abarcar mucho y apretar poco.

Pero esta visión está cambiando desde hace tiempo y crece el número de personas que deciden tomar cada aspecto de su vida en sus propias manos; resolviendo sus necesidades de manera personal y en colectivo, sin depender de gobiernos cada vez más corruptos, autoritarios e ineficientes. Aquellas que deciden construir desde la autonomía, la autogestión, desde el abrazo colectivo y poniéndose a prueba en variados campos, aprendiendo de la compañera y compartiendo sus saberes.

¿Pero hasta donde podríamos llegar si tomamos ésta ruta de vida? ¿Cuántas de nuestras necesidades podemos resolver desde esta forma de vivir?

La respuestas es simple, podemos resolverlo todo. Ya existen múltiples ejemplos de comunidades autónomas que resuelven todas sus necesidades, aun cuando sigan interviniendo en ciertas formas en la economía tradicional (tradicional porque hoy lo arcaico es el progreso y lo novedoso es la recuperación de la sabiduría milenaria de los pueblos originarios). No importa si se inicia desde la alimentación, la educación, la tecnología o la vivienda, lo importante es dar el primer paso y desde ahí ir incrementando la independencia del sistema.

John Neeman nos pone un ejemplo extraordinario con la bioconstrucción de su hermosa casa, que sólo requirió de un poco de la madera del bosque, herramientas tradicionales y energía humana aplicada durante algunos meses (una inversión mínima si se piensa en los planes hipotecarios de cualquier ciudad medianamente urbanizada). El vídeo de unos 20 minutos, muestra de manera delicada la notable diferencia entre crear y ser explotado, porque sólo hace falta pensar en la cantidad de horas que tendríamos que laborar (por lo general en trabajos repetitivos que aplastan la imaginación) para hacernos de una casa de interés social.

Muchas veces el camino de la autonomía se ve truncado porque continuamente caemos en la contradicción de seguir validando el salvaje modelo del progreso y entonces decidimos abandonar, pero es necesario reconocer que dicha autonomía es un proceso y que parte de vivirlo de manera adecuada consiste en caminarlo con calma, a un ritmo pausado, sin caer en la prisa de la modernidad.

Por lo pronto sabemos que el camino de la autogestión implica diseñar formas de organización horizontal, donde nadie mande, sino que los procesos de construcción se resuelvan entre todas las personas involucradas. Eso exige formación múltiple y por tanto una confrontación con la historia personal de la especialización, una lucha que vale la pena en tanto nos abre a un mundo de posibilidades, de aprendizajes y contacto cercano con lo comunitario y sobre todo con la naturaleza; la recuperación de lo esencial.

Texto: Jesús Vergara-Huerta
Imágenes y Vídeo: John Neeman Tools

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