Cuento de un pueblo no tan mágico


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—Señor gobernador, ya sé cómo podemos bajarle los negativos a su gobierno –propone un ansioso asesor–. Ya ve que dicen que los secuestros, los asesinatos, la corrupción…, mejor vamos haciendo Pueblos Mágicos para que todos vean lo bonito que está el Estado y se olviden de lo demás.

—A güevo cabrón, me voy a ver bien chingón paseándome por los pueblitos, sonriendo y saludando a la gente…, pero espérate, no me la van a hacer de pedo, ¿verdad?, ya ves que luego no falta algún pendejo que viene a reclamar por sus muertitos.


—No, cómo cree; vamos a elegirle un pueblo bonito, de esos antiguos, con callecitas pintorescas, montañas y hasta un río le buscamos. Imagínese: Usted caminando, con su sonrisa brillante, su chaleco rojo impecable, la gente acercándose para saludarlo. Nada más piense en las fotos.

—No, si ya me vi: Flamante y altivo, así como el generalísimo, ya ves que él y yo nos parecemos en la voz, la gallardía, la mano firme.

—Pues ya quedó: Los de turismo dicen que ya encontraron un pueblito bueno; si hay violencia, pero no tanta y como bien dice el alcalde del lugar: “Una golondrina no hace verano”, o sea que un desaparecido o dos no es para que anden haciendo arguende.

—Pos ya está, ármate el evento.

Y entonces el gobernador caminó orondo —y redondo— por las calles de un pueblo de alegres aguas; sonreía y saludaba como lo había imaginado. Portaba con orgullo el chaleco rojo que hizo famoso el candidato de su partido y de la tele —y que hoy es presidente—. Caminaba y sonreía a las cámaras; avanzaba con la espalda recta, contoneando los hombros, moviendo su panza voluminosa de un lado a otro. Caminaba seguro de sí, ligero, como quien tiene limpia la conciencia o como a quien no le importa el peso de la conciencia o como quien no tiene conciencia. Fue entonces que una mujer intentó cortar su paso —lo intentó porque el gobernador no se detuvo— con un reclamo de esos que salen de las entrañas porque en el corazón ya no caben: «Aquí está su pueblo mágico donde nos desaparecen a nuestros hijos», dijo la mujer que llevaba tres años y dos meses buscando a su hija. «Usted viene con su familia y la mía dónde está», siguió la mujer que apresuró el paso para que el gobernador no la dejará atrás, como la policía, el gobierno y el país sí dejaron atrás a su hija. Y el gobernador apretó el paso y mantuvo una sonrisa valemadre, altiva, intocable, desalmada, cruel, una sonrisa hijadeputa. Sonreía porque qué valor podía tener para él una sola desaparecida, si su gobierno estaba ya en los primeros lugares de asesinatos, secuestros y desaparecidos. Qué podría importarle el reclamo de una sola mujer, si las notas, marchas y reclamos de los periodistas de todo el mundo le han hecho los mandados. Por qué habría que abandonar su sonrisa si él era el gobernador, si el que mandaba era él, si su familia estaba a salvo porque quién tendría el coraje de ponérsele enfrente. La mujer insistió: «No se burle, quite su sonrisa porque yo no vivo desde que se la llevaron». Pero el gobernador siguió andando con la sonrisa bien puesta, abrazó a uno de esos tipos carroñeros que viven de servir a los poderosos y dejó atrás los reclamos de aquella mujer.

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—Gobernador, [mark]en todos lados está el video de cómo ignoró los insultos de esa señora[/mark], por cierto bien hecho, ¿pues qué se cree está gente?, pero otra vez ya estamos mal en todos los noticieros: Como cuando matan a un periodista en el estado que porque ya van muchos o como cuando nos quitaron el festival o como cuando dijo que el único delito aquí era el robo de frutsis… —dijo, preocupado, el asesor.

—Con una chingada, pos cómo quieren que me ponga a atender a cada familia a la que le desaparecen a alguien, ¿a poco creen que son los únicos? ¡Si hay un chingo!

—No se preocupe señor, mire: Vamos mandando un tuit donde diga que va a recibir a la señora; así lo mostramos cercano, amable y ya con eso se calma la gente.

—¿A poco crees que con eso queda? Mira que hasta el pinche payaso de la tele me pegó duro en su programa, ¿a poco cree que a él no le entran las balas?… pinche payaso mamón.

—Seguro que se arregla y si no, ya hablamos con un periódico para que le un buen tono a todo esto. Imagínese que sacan una nota donde dicen que la niña esa desaparecida era novia de un narco. La volvemos una criminal y así la gente ya va a dejar de sentir compasión por ella.

—Ah cabrón, suena bien la cosa, ¿y sí era?

—Pues no sé, pero qué importa, ni modo que venga a desmentirnos. Y ya ve que dicen por ahí: Difama, que algo queda.

—Ah que muchacho tan ocurrente —dijo, entre carcajadas, el gobernador— ¿Y quien se va a aventar el tiro de sacar la nota?

—Pues cómo quién, su compadre, ese que despidió a unos reporteros suyos porque estuvieron en una balacera en un bar; acuérdese que dijo que para que se andaban juntando con malosos.

—Pos sí, mi compadre siempre ha sido muy de güevos, cómo no; él es de los que dicen que a los que andan con la mafia que bueno que los desaparezcan y que mejor ni hubieran nacido. No, si mi compadre es un hombre de convicciones. Dale con la estrategia pues, total, ¿qué puede pasar? Yo soy el gobernador y me la pelan.

 

Continuará…

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Imagen vía: Eneas de Troya | https://www.flickr.com/photos/eneas/2


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