Un cocinero cubano y un terremoto en México

Por Heriberto Paredes


Martí escribió que el primer deber de un hombre es ahí donde es más útil, eso me martillaba todo el rato. Por eso si fueran 4 o 18 días ahí hubiera estado sin lío alguno…

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Reinier estaba acostado en su cama, el día anterior habíamos regresado de un viaje a la costa del Pacífico y el trayecto nos dejó exhaustos. Lentamente comenzamos el día, cada quien en su espacio, pero sintonizados en la tranquilidad de un día de descanso para acomodar las ideas y planificar el resto de la semana. Ese martes, el cocinero cubano, recién llegado 15 días antes a la Ciudad de México, dormitaba mientras el sol entraba por su ventana.

A pesar del simulacro –que por supuesto, él no relacionó con la conmemoración 32 de la gran herida ocasionada por el terremoto al que sobrevivimos en 1985–, él no se levantó y sólo lanzó su voz en alto: ¿y eso qué es compadre?

–Un simulacro, una conmemoración, le grité desde la cocina.

Luego vino la sacudida y el descontrol. 13:14 hrs. Y su cara pálida sin entender qué pasaba y porqué el departamento se torcía como si las paredes fueran de papel y el suelo se convirtiera en arenas movedizas.

Reiner

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Pasó tres años como migrante «ilegal» –como le gusta decir– en La Habana, originario de Media Luna, provincia de Granma, este cocinero oriental no siempre supo las artes de la comida y del sazón. Cuando nos conocimos en 2009, Reinier Rodríguez Guevara era profesor de primaria y al mismo tiempo cumplía con un papel de organizador comunitario.

Algunos meses antes de su llegada a México, él y yo pasamos una gran aventura en el rodaje del documental Nos queda Cuba, en donde relata su llegada al mundo culinario y cómo fue esa conversión la que le hizo profundizar sus reflexiones acerca de la libertad, las batallas vividas en la isla y el futuro que quería construir.

Nunca imaginamos que la vida nos pondría en una situación límite y que pasaríamos varios días cubiertos por el polvo y por la desazón de saber a muchas personas atrapadas bajo toneladas de cemento. Casco y guantes eran nuestra estampa en los días de la brigada en la que trabajamos sin parar.

De caminar pausado, dreadlocks que llegan más debajo de los hombros, barba cerrada y sonrisa amplia, Reinier no perdió su sentido del humor a pesar del descontrol del terremoto. Siempre fue así, ácido en su humor y muy reflexivo ante varias situaciones, como el decidir migrar de Oriente a La Habana o cómo decidir convertirse en cocinero luego de encontrar la magia de la química de los ingredientes mezclados.

«En primer lugar, –explica Reinier– los desastres naturales en Cuba, están en otra lógica, son más bien de orden climatológico, huracanes, ciclones y cosas parecidas, hay poca movida de tierra, sobre todo en la parte oriental, en Santiago, pero sólo para el susto. Allá el gobierno, la Defensa Civil en este caso, las instituciones tienen una estrategia montada para minimizar los estragos de estos fenómenos. Uno los espera, y la gente se dispone para reaccionar».

En México no pasa lo mismo, en este país las instituciones son las que han ocasionado la mayor parte de las desgracias, sea por corrupción en la construcción de los edificios o por el robo de la ayuda internacional. Eso le chocó al cocinero medialunense cuando vio al mar de gente tomar las tareas de rescate con sus propias manos. «No lograba comprender porqué con el ejército, cuando aparece, la gente se ponía a la defensiva. Luego entendí».

“En este país las instituciones son las que han ocasionado la mayor parte de las desgracias”

«Por otro lado, que todo [en Cuba] esté tan organizado y sepa lo que tiene que hacer niega la posibilidad de la organización espontánea, y eso lo noté en México, la gente se organizó de inmediato, en sus grupos de Whatsapp, en su grupo de amigos, en sus grupos de comunidades. En Cuba eso no pasa porque todo mundo está entrenado y sabe qué hacer, pero niega la respuesta espontánea y sincera» me confiesa mientras vamos platicando de sus impresiones luego del terremoto.

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Un cocinero cubano en medio de la tragedia mexicana. Lo vi cargar piedras, mover placas de concreto junto con otros voluntarios, compartí con él los días y las noches en que no sabíamos si todavía había alguien bajo los escombros de un edificio de 6 pisos en donde trabajaban muchas mujeres, algunas de ellas, como lo fue él en La Habana, indocumentadas.

En aquellos momentos, sin su humor y sin su sentido de humanidad, no habría sido posible mantenerse de pie sin flaquear. Recordar los días en que en Bayamo o en Media Luna, platicábamos sobre la necesidad de una educación distinta, más crítica, menos alienante y nos reíamos con la facilidad de una vida tranquila. También recordé que él me hizo varias observaciones a un texto que trataba de integrar a mi investigación de maestría, algo sobre la pedagogía crítica y la necesidad de que en Cuba cambiaran las cosas, no desde arriba, sino desde abajo.

A un año del terremoto en donde las cosas cambiaron desde abajo, desde el subsuelo, y tuvimos la fortuna de sobrevivir y el honor de sumarnos al mar de gente, nos volvemos a juntar en las calles para seguir en combate y no olvidar. «Ya con lo vivido me gané la residencia en este país, no?».

Me cuenta Reinier que algunas escenas se le grabaron para siempre en la memoria, aquí algunas de ellas en sus propias palabras:

«La primera escena que me impactó, fue, saliendo del edificio, ver a un señor tirado en el suelo, que yo asumí que estaba muerto, había sangre en la banqueta y estaba tapado con una tela metálica. Yo nunca había visto una persona muerta en un desastre».

«Lo segundo raro, fue ver la destrucción arquitectónica, aunque he visto muchas casas caídas en La Habana, pero no hay una historia de muerte ahí, se cayeron por la desidia gubernamental, por lo que sea, pero no era un terremoto, no implicaba gente atrapada que clamaba por ser salvada».

«Estábamos ayudando a mover piedras y escombros, y empecé a pasar piedras que me daban otras manos, piedras con sangre, y junto con esto, me pasaron un monopatín, creo que así le dicen aquí, algo que le pertenece a un niño que no sé si está ahí o en la escuela, sabía que este juguete le pertenecía a un niño que vivía en ese edificio».

«Cuando fuimos a Chimalpopoca [el edificio de 6 pisos], donde estuvimos trabajando la mayoría del tiempo, el cuarto día, ya no había nada; el primer día todo estaba destruido y al cuarto ya no quedaba nada, había como un grito de silencio, que era el silencio aterrador que no se comprende. Ya había pasado la maquinaria, todo estaba barrido y había velas en las esquinas».

«En una de las zonas, vi a dos familias que tenían un cartel que decía ‘Centro de Acopio’ y me interpela el cartel porque estábamos enfocados para generar acopio para los damnificados del terremoto, pero esas familias son damnificados de la vida, de la historia de México».

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Para nosotros, los amigos, la banda, Reinier es parte de la familia, no hay distinción alguna y con todo lo pasado ni nos acordamos de que tiene poco tiempo por aquí: «A un año de estar en México, me llama la atención que no me siento extranjero, me sentía más extranjero en La Habana; de hecho cuando me tratan como extranjero me llego a incomodar y recuerdo la molestia que sentía en Cuba cuando no tenía la documentación ‘necesaria’, ¿cómo voy a ser extranjero en mi propio país?»

Como buen cocinero, ha encontrado en la comida mexicana una suerte de misterio a descubrir, sin perder nunca la herencia caribeña que lo acompaña en cada platillo que cocina. Además de caterings para eventos especiales, de hacer intervenciones culinarias en algunos restaurantes de la Ciudad de México, Reinier ha emprendido un proyecto propio, Aja Cocina Artesanal, con el cual ha desarrollado la elaboración de productos artesanales para deleite de quien tiene la fortuna de probar mermeladas y pestos, entre otros productos.

«Me han recibido amigos que tienen su equivalente en Cuba, los poetas, los músicos, los locos diarios, los noctámbulos, tengo como los equivalentes de mis amigos allá, no me siento extraño. Me voy al mercado, me cuelo con la gente».

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