Es tonto decir que ‘La Casa de las Flores’ es una telenovela, pero igual es genial

Mi principal duda sobre Las Casa de las Flores era sobre si Verónica Castro podía dar el tono para algo más parecido a una serie que visualmente le tira a ser televisión de prestigio o si sus cualidades estaban atrofiadas por tantos años de telenovelas. Un pensamiento lateral fue si era realmente necesario que sumado al halo de ser una de las primeras series mexicanas en Netflix y tener a una actriz de moda (Aislinn Derbez) era realmente riguroso hacer una contratación-a-la-Ryan-Murphy como la Vero para levantar la notoriedad de La Casa. Sobra, pero no estorba.

A mí lo que me vende el producto es que es una producción de Manolo Caro, director que cuenta con críticas agridulces en la  prensa especializada de nuestro país, tomada por redactores hambrientos de ir a junkets de prensa y quedar bien. En lo personal, siempre he sido fanático de Manolo Caro por su sentido estético y guiones, aunque pienso que su gusto por el teatro lo lleva a una falta de creatividad en las tomas. Sets hermosos que no acaban de lucir por tomas claustrofóbicas y demasiado enamoradas de las trigueñas con caras simétricas que suelen ser sus musas. De cualquier manera, sus resultados están entre mis favoritos del cine mexicano reciente.

Surgía otra pregunta, si Caro podía sostener una serie de 13 capítulos de media o más bien, darle suficiente interés a una película de casi seis horas.  De un primer vistazo a casi la mitad de La Casa me queda claro que hay una intención innovadora en llevar algo que es superior a una teleserie de Argos y con el arriesgado enfoque de no voltear a ver las convenciones de los dramedy gringos. Por ejemplo, esto no es Master of None y sus ensayos con estructura aristotélica en media hora. Hay una convención adictiva de la telenovela (y en general de las series semanales) que es la dependencia a los ganchos al final de cada episodio, aunque el formato streaming se hubiera prestado a tratamientos más experimentales.

Es el caso contrario a Club de Cuervos, que tenía a un director/guionista que estudió con maestría el humor negro de los gringos. Desde los dramas de Wes Anderson hasta la absurdo de Arrested Development, Gaz Alazraki extrajo los conocimientos con maestría y humildad, ya que sumó a su equipo a un norteamericano para que lo apoyara a estructurar Cuervos a manera de comedia de situación. El punto a cuestionar sería la falta de una cohesión visual en la serie. No tiene una fotografía icónica. Lo menciono porque con Manolo Caro es lo contrario y tiene su mérito al ignorar este método de imitar un género gringo en su totalidad, sumando a su impactante sentido de la estética.

Quién haya visto una telenovela o varias en su vida sabrá que esto no es un culebrón y hasta sería algo estúpido afirmar que Netflix se está poblando de contenidos así. Es un drama exagerado, por supuesto, pero como alguien que ha visto varias telenovelas enteras puedo afirmar que ya quisiéramos haber tenido esto todos los días a las nueve de la noche.

Bocadillo: Más series por creadores mexicanos, por favor. Las necesitamos para que ya no sea noticia cuando surja una.

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Una versión de esta columna originalmente se publicó en La Jornada Aguascalientes.


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