Por qué no firmaré por Kumamoto pero sí por Marichuy

Conocí a Pedro Kumamoto hace casi siete años. Compartimos conversaciones, viajes en bici, preguntas, lecturas de poesía, reuniones de amigos. De vez en cuando me lo topo en bicicleta por la calle y nos saludamos con gusto. Hace poco, en la explanada del Expiatorio, me pidió mi firma para apoyar su (pre)candidatura. Se la negué y no insistió. Nos despedimos con una sonrisa.

En facebook celebré mi negativa a firmar y hubo reacciones adversas. No tengo miedo a la confrontación, pero mi gesto se leyó como una presunción de superioridad moral. No hay tal: me gusta diferir y lo comparto, así como quien comparte felizmente que firmó por él. A partir de este malentendido decidí escribir un artículo para explicar mi postura, que resumo así: no firmaré por Kumamoto ni por sus amigos, pero sí por Marichuy, aunque no votaré por ella (ni por nadie). Pretendo articular disensos, aunque se me tache de ingenuo.

No quiero ser malinterpretado: no digo que las batallas en los frentes institucionales no tengan que ser libradas. Por supuesto que sí: hay una necesidad de luchar también en los espacios institucionales. Es cierto, por ejemplo, que mientras se organizan redes de apoyo a quienes abortan clandestinamente no deja de ser necesario que se legalice el aborto y que todos los cuerpos que decidan abortar puedan hacerlo en condiciones seguras y no bajo la persecución de la ley. Mi postura no es negar lo institucional como si no tuviera peso, sino aceptar el peso apremiante que exige atención a ritmos que (al menos) desbordan los protocolos y los caminos institucionales, si no sus posibilidades.

Por supuesto: prefiero que Kumamoto y sus amigos ocupen puestos en la función pública a que los ocupen los dinosaurios de siempre. Pero, si bien no voy a detener a nadie que los apoye para llegar, yo no los apoyaré. Y no lo haré porque no creo en su proyecto político, y porque creo que el enfoque que han dado llega a ser perjudicial para otras luchas al acaparar tanto los reflectores. En este sentido es irónico que yo mismo le dedique este texto, pero no por eso menos necesario.

Mientras Kumamoto y sus amigos celebran que los muros sí caen, Trump alardea con los prototipos del suyo. Aliados de Kuma como Carlos Páez celebran su intención de ocupar el senado y dicen que su dictadura del entusiasmo goza de cabal salud, mientras que la gente sobrevive en condiciones de empobrecimiento, desigualdad y violencia que rebasan por mucho la precariedad. Por supuesto, Kumamoto no tiene la culpa, un diputado (un senador) no puede arreglar eso: y eso es justo lo que digo. Que la situación no puede esperar y que el frente institucional no puede ser el foco de atención principal en medio de tremendo desastre.

No podemos esperar a que dentro de cinco sexenios el gobierno esté lleno de “independientes” que desmantelen las relaciones entre el Estado, los criminales de cuello blanco y la narcomáquina. Mientras ocupar un puesto del gobierno implique una relación de tensión con esta clase actores, no podemos dejar de señalar que la independencia de cualquier candidato es muy restringida. Podrán no depender de un partido, pero en la función pública hay otras formas de dependencia que limitan mucho sus posibilidades de acción.

En realidad, incluso tendríamos que considerar la posibilidad de que las propias acciones de Kumamoto refuercen esas formas de dependencia. Frente a la euforia y la celebración del #SinVotoNoHayDinero, comparto aquí algunas palabras de John M. Ackerman al respecto, a pesar de que difiero en muchos puntos del resto de su texto:

“La reducción en el financiamiento público favorecerá directamente a los partidos más corruptos. Los partidos del mal llamado Pacto por México no sufrirán mayores consecuencias porque ya reciben ilegalmente una gran parte de su financiamiento del sector privado, o incluso del crimen organizado. Estos institutos políticos compensarán fácilmente la pérdida de recursos públicos con una mayor recaudación entre sus poderosos socios, estableciendo así compromisos aún más profundos de corrupción e impunidad hacia el futuro. […] El surgimiento de nuevos candidatos supuestamente “independientes” no resolverá el problema, sino que lo agravará. Para poder competir en el contexto actual de fraude estructural, estos candidatos también tendrán que recaudar grandes cantidades de dinero y establecer contactos de alto nivel para tener posibilidades de acceder al poder. De hecho, la presión financiera y política sobre los “independientes” será aún mayor que sobre los partidos, ya que por definición no cuentan con una estructura organizativa que los respalde ni un emblema ya conocido por la población”. 

Aunque es cierto que Kumamoto sí tiene una estructura organizativa que lo respalda: Wikipolítica. Hace poco un amigo nos recordó que años atrás tenía el nombre (y la pretensión explícita) de Wikipartido. “Años atrás”, señalarán: se corrigió el camino. Pero hay una diferencia entre rectificar y contradecirse. Parece que Wikipolítica al final sí opera como un partido aunque con escasos recursos. Podemos ver esto en cuestiones de liderazgos (o élites), o en detalles como sus campañas, donde ya han fabricado una identidad: en las bellas formas de su diseño gráfico, Rodrigo Cornejo, Pablo Montaño y Alberto Vale son uno y trino. Esto, por supuesto, capitaliza la victoria de Kumamoto como diputado, convirtiéndola en un trampolín para otras candidaturas.

Se me objetará que los partidos en México son corruptos y Wikipolítica no. Por supuesto: sólo faltaba. Si creyera que los wikis tienen esa clase de prácticas ni siquiera discutiría esto. Pero eso no es un motivo para elogiarlos o premiarlos, sino un mínimo indispensable que cualquiera debería garantizar. Estamos tan acostumbrados a lo contrario que vemos un mérito en algo que debería ser condicionante.

Más allá de esto, Kumamoto ha demostrado operar bajo la lógica restrictiva que imponen los espacios institucionales. En ningún momento he negado sus buenas intenciones, pero no hay que dejar de ver cómo el formato del juego limita ya sus resultados posibles. Así, para obtener la diputación Kumamoto guardó silencio en temas como el matrimonio igualitario o el aborto para no perder votos en un distrito tan conservador. Estrategia, dirán. Como incumplir su plazo como diputado para conseguir más resultados como senador. Pero cambiar los principios y las promesas por una estrategia es la estrategia de cualquier político. Si el capital de Kumamoto era su legitimidad moral, en gestos como esos asume muy bien su papel en el juego: re-legitima las reglas en lugar de cambiarlas.

En ese sentido, algunos le tomamos la palabra al nuevo wiki-lema “Vamos a reemplazarles”. Reemplazar a otro significa tomar su lugar, pero eso significa preservar una estructura donde ese lugar existe. Para mí, y para las tradiciones de las que he mamado, hacer política no significa cambiar los “ocupantes” de cada posición, sino cambiar el mapa mismo donde se configuran las posiciones posibles.

Por ese mismo motivo sí pienso darle mi apoyo (y no sólo una firma) a la apuesta del CNI a la que Marichuy, más que representar, dota de rostro. El gesto que plantean no es el de ocupar un cargo: han dicho incluso que ganar sería lo peor que les podría pasar y han declarado que no buscan ningún voto. Su propuesta es abrir la conversación política, hacer parte de la escena no para seguir el teatro institucional de los roles, sino para llevar las miradas a lugares que tenía olvidados, como los mundos indígenas, femeninos (o feminizados), empobrecidos e invadidos… Aparecer en la boleta será una forma de decir que hay otra opción posible, aunque para escogerla sea preciso marcar algo fuera del papel.

Una semana antes de mi negativa a Kumamoto me encontré en el mismo sitio a Pablo Montaño. Por supuesto, estaba juntando firmas, pero para mi sorpresa no eran para él, sino para Marichuy. Saludé a sus interlocutores y comenté mi postura. Agregué algo que un amigo querido me hizo notar: que tenemos una responsabilidad histórica y presente en escuchar el llamado de apoyo que nos hacen estos mundos indígenas. Y es importante notar que podemos estar en desacuerdo con ese llamado, pero al menos hay que escucharlo y, agregaría, hacerlo resonar.

En efecto: cuestiono que esta forma de hacer ruido sea vinculada a instituciones podridas como las electorales. Pero puedo hacer política aun en el desacuerdo (¿puedo hacerla en otro lugar?). Amistar con el diferente, con el que cree distinto, no “tolerarlo” condescendientemente (ahí sí, con superioridad moral). Diría Félix Guattari, feroz partidario del disenso: “es porque no te comprendo, porque eres de otro modo, que estoy atraído por ti”. Puedo apoyar acciones políticas incluso aunque no tenga con ellas un acuerdo total: lo que no puedo asumir a estas alturas es que deba existir tal acuerdo para poder actuar. Entonces, si mi forma de vivir implica acciones no deliberadas que perpetúan violencias contra los pueblos indígenas, puedo deliberar acciones que los apoyen incluso desde mi desacuerdo.

Ésa es la política que me interesa: la del desacuerdo, la que ya no busca orquestar el consenso, sino articular los disensos que vuelven a dibujar el mapa.

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  • Ana Cynthia González Vázquez

    Yo tampoco le daré en esta ocasión mi firma, tus razones están muy bien redactadas, quisiera tener argumentos tan sólidos como los tuyos, a mi, simplemente me decepcionó su afán de convertirse en un político igual a los demás y caer en prácticas como andar brincando de puesto en puesto. ¡Me dió mucho gusto leerte!

  • Respetable tu postura, sobre todo porque en relación a Kumamoto está bien informada. Sería ingenuo pedir que todo mundo apoye a un candidato por más honesto o diferente a los demás aparente ser.
    Sin embargo, considero que pensar que la abstinencia y que la única salida es por fuera de las instituciones, es igual de ingenuo. La inacción y la apatía permiten que el acarreo y la corrupción rampante sigan gobernándonos. Hasta que no “se les remplace” por la vía establecida, y que personas con verdadero contacto con el pueblo ocupen esos lugares, no habrá oportunidad de replantear los esquemas que rigen al sistema político actual.
    Y lo que me parece más ingenuo aún, es pensar que pintorescos personajes como Marichuy representen algo más que un símil, un distractor y un método para echar a un importante porcentaje del electorado, a la basura. Así como los Cuadris que han aparecido anteriormente. Todas esas personas que ven la política con la más ingenua de las monocromías, y piensan que la abstinencia es la única manera de estar en desacuerdo con las instituciones, no hacen más que dejar el camino libre a las mayoría menos informadas pero si condicionadas a votar por los mismos corruptos de siempre.