“Existe la sensibilidad para leer poesía política en tiempos desesperados como éste”: Iván Cruz Osorio

Iván Cruz Osorio (Oaxaca, 1980) ha escrito uno de los libros más destacados de su generación: Tiempo de Guernica, editado en 2005 representa su primera obra publicada. El poemario reaparece este 2017 bajo un nuevo sello editorial (Mantra Ediciones) para ofrecer a los lectores el veneno de la “poesía política”. En el prólogo a esta edición, José Vicente Anaya escribe: “Por aquí desfilan, con un especial filo poético, las muchas maldades y destrucciones, dolores de la historia humana y, desde luego, del presente siglo XXI. Y todo ha sido dicho con la directa claridad y exactitud de la poesía que conocemos con el nombre de epigramas”.

“El mundillo literario no me interesa”
De camino al mercado San Juan Pugibet —en el Centro de la Ciudad de México—, donde beberemos café, me confiesa: “El mundillo literario no me interesa, en la medida que éste no lleve a cabo una problematización de los diversos temas que están ocurriendo en nuestro país, una crítica de lo que se experimenta como sociedad sometida, dividida, enferma, desaparecida, asesinada. Mi aspiración como escritor aquí y ahora es encontrar oídos, entre esta sociedad ofendida, para crear un dialogo, y una divergencia de puntos de vista y que esta diversidad contribuya a producir en la gente un movimiento de ideas, lo que Sartre llamaba una ideología abierta, dialéctica. Buscar el pensamiento horizontal en política y en literatura”.

Enjuiciado como un “escritor político”, Cruz Osorio se asume un poeta casi secreto. Con sólo dos libros publicados en editoriales independientes hasta ahora, su nombre ha circulado con mayor eco en la historia reciente de la poesía bajo el prestigio de algunas antologías nacionales e internacionales como la Antología General de la Poesía Mexicana, de Juan Domingo Argüelles. Su trabajo como editor en Malpaís ediciones, también le ha valido el reconocimiento. En unos cuantos meses más saldrá su nuevo libro Dogma; me advierte su inquietud: “Dogma es una autocrítica a mis posicionamientos políticos, con las armas de la crítica quiero llegar incluso a la crítica de las armas”.

En ese sentido, Tiempo de Guernica también es un libro raro, debido a las condiciones en las que se ha publicado.   Además de su calidad poética y los temas que se condesan en sus epigramas, está destinado a convertirse en una obra de culto. Tercera Vía, charló en exclusiva con el escritor sobre el origen del libro; “la poesía comprometida” y los poetas que sólo se comprometen con su egoísmo; así como el carácter maquiavélico del sistema de estímulos a la creación artística.

¿Cuál fue el origen de Tiempo de Guernica?

El libro nace de la destrucción. Siendo estudiante en la Preparatoria 1, de la UNAM, participé en el movimiento en contra de la modificación del Reglamento General de Pagos en 1999-2000. El cual, si bien logró que no se impusiera esta modificación, también acarreó vicios tremendos en cuanto a imposición de decisiones, vimos ascender personajes infiltrados por rectoría y el gobierno federal, así como gente que descaradamente traicionó la causa. Esta primera experiencia en un movimiento me asqueó, al mismo tiempo vivía una ruptura amorosa, problemas familiares. En este contexto de crisis personal, me fui a la Mixteca, a Tlaxiaco, la tierra de mis mayores. Allí me uní a algunos familiares que son maestros rurales y recorrí parte de la agreste geografía de la Alta Mixteca. La experiencia de ver cara a cara la miseria, el abandono en que vivían las comunidades permeó en mi escritura.

Me instalé ahí unos meses, después traté de fundar un proyecto comunitario de carácter agrícola, el cual fracasó. Regresé a la ciudad de México y comencé a escribir frenéticamente con la convicción de que era un burgués proscripto y unido a la sociedad ofendida por una solidaridad de intereses (educación, justicia, seguridad social). Los poemas son reflejo de la masacre de Aguas Blancas, de la matanza de Acteal, de los feminicidios en Ciudad Juárez, de la aparición del EZLN y los municipios autónomos, así como el 9/11 en Estados Unidos y la invasión a Iraq.

No quería sumirme o limitarme a la contemplación de las ideas de libertad y de igualdad

Aprendí en las comunidades en la sierra Mixteca que escribir es dar. Observé que mi posición de escritor era hasta entonces para complacer a una elite ilustrada, académicos, otros escritores entre los que nos mirábamos el ombligo. Como escritor me encontraba en una posición de consumidor. Entendí que mi papel no era el de prever la sociedad futura, sino una empresa a corto plazo que involucraba la denuncia de injusticias determinadas que hay que reparar. No quería sumirme o limitarme a la contemplación de las ideas de libertad y de igualdad, sino que quería intervenir con mi obra en temas como decretos inequitativos, abuso de poder, matanzas, impunidad. Desde luego, actuando con la responsabilidad de un periodista que investiga todas las aristas del tema, y de un historiador que revisa la ascendencia de lo ocurrido.

He leído estos poemas en comunidades en Oaxaca, Chiapas, Guerrero, y la recepción ha sido muy empática, he tenido experiencias sobrecogedoras sobre estos poemas. Pero en el fondo, con este libro siempre he buscado provocar en el público de la ciudades, que suele ser el más indolente, un llamamiento a la disidencia; y entre mis pares incitar al examen crítico de nuestra posición, sobre todo aquellos que viven del beneficio de las becas o las canonjías gubernamentales. Que viven como consumidores puros y han perdido toda conciencia de la lucha de clases.

¿En qué condiciones reaparece Tiempo de Guernica, a diferencia de su primera edición?

La primera edición fue publicada de forma excepcional por Editorial Praxis en 2005, con un prólogo de Héctor Carreto. Agradezco profundamente la lectura que el poeta Saúl Ibargoyen dio a este libro, él me aseguró que era un libro terminado, y que lo llevara con Carlos López, poeta y editor de Praxis, quien accedió a publicarlo.

Esta segunda edición ocurre porque el joven editor Edgardo Mantra quería publicar algo de mi obra. Le di a leer Tiempo de Guernica, porque mi libro más reciente Dogma ya está prometido con Malpaís Ediciones. Edgardo lo leyó muy amablemente y quiso publicarlo. La novedad de esta edición radica en que incluyo ocho poemas que no habían sido publicados en libro alguno y que pertenecen a un grupo de escritos que primero se llamaron Poemas conjeturales y apócrifos y después Leteo. Un libro que finalmente no concreté y que dio paso a Contracanto, mi segundo libro, que fue publicado en 2010. Son ocho poemas que están dentro del universo del epigrama. También tiene un breve prólogo del maestro José Vicente Anaya, quien ha sido un gran difusor de este libro.

¿Qué te llevó a confiar en la brevedad del epigrama?

“Cabe señalar, que si bien esos poemas hablan de momentos específicos, no me interesaba meterme en las aguas del momento, sino en el río de la historia”
Creía en la contundencia. En aquella época leía mucho la poesía griega y latina. Naturalmente encontré a Marcial y Catulo, estos grandes epigramistas que tenían una concreción brutal. Busqué escribir en Tiempo de Guernica lo que vi en los epigramas de Catulo, la variedad de registros: poemas de humor negro, de corte periodístico, de desamor, elegías, juegos de palabras desarrollados en dísticos. Todo dentro de la definición anónima del epigrama: “Todo epigrama sea como la abeja: tenga su aguijón, tenga su miel y tenga su poco cuerpo”. Pero a diferencia de Catulo que veía en el epigrama un juego, algo meramente lúdico, yo intenté trasladar el tema hacia lo político. Epigramas lúdicos y políticos. Cabe señalar, que si bien esos poemas hablan de momentos específicos, no me interesaba meterme en las aguas del momento, sino en el río de la historia. Cuando hablo de Acteal, hago un juego de espejos con las matanzas de la conquista española y con el presente al escribir sobre los caracoles zapatistas.

Si lees con atención el título del poema: “,Iraq,” (coma-IRAQ-coma), encuentras esto: el título entre comas quiere evidenciar que ha habido invasiones cruentas antes, y las habrá después. Podemos tachar el nombre de Iraq y poner Siria, y estaríamos hablando de la misma tragedia. Hay otros poemas como “Epístola con carácter de urgente”, en el que los muertos se dirigen a sus asesinos, a sus desolladores, para reunir “Este país de archipiélagos” que espejea con la condición actual de violencia.


En nuestra tradición se han escrito grandes poemas de temas sociales y políticos, esos libros son casi secretos. Como el caso de los poemarios de Miguel Guardia o Jaime Reyes. ¿Crees que la poesía política deba adquirir esta aura? 

No necesariamente, creo que el gran ejemplo de esto es Efraín Huerta, sus grandes poemas de crítica política y social son atemporales y muy reconocidos. Lo de Miguel Guardia es espantosamente común, más allá de la temática de su obra, estamos hablando de un poeta espléndido, entrañable, que por las élites literarias fue borrado de antologías, de publicaciones, de la crítica especializada. Con Jaime Reyes sucedió otro fenómeno, en vida fue un autor premiado por sus libros, publicado en grandes sellos (Era, FCE, Aldus), pero tras su temprana muerte (1999) su obra fue silenciada hasta que lo reeditamos en 2015 en el Archivo Negro de la Poesía Mexicana. Lo maravilloso es que una nueva generación de lectores los está conociendo con las reediciones que hicimos y ahora empiezan a ser leídos con mucho fervor.

A mi generación, aquellos que nacimos a finales de los años 70 y principios de los 80, les tocó ver en la infancia o adolescencia la caída de la URSS, la imposición del neoliberalismo durante el salinato, el inicio del Tratado de Libre Comercio. Y a la vez la crisis económica de 1994-95, el FOBAPROA, y la aparición del EZLN. Cuando comenzamos a publicar a principios de los años 2000 existía entre poetas, críticos y académicos un casi unánime veto y disgusto a los poemas de crítica social y política. En 2005 cuando se publica Tiempo de Guernica yo no tenía conciencia de esto, porque no estaba cerca de ese mundillo. Pero me tocó recibir críticas muy duras, pero hubo otras críticas que fueron muy positivas de gente que admiro y respeto como escritores y personas comprometidas con su postura política activa, es el caso de Saúl Ibargoyen, José Vicente Anaya, Max Rojas y Roberto López Moreno.

En aquel momento no había una apertura para una poesía política, sobre todo entre las élites, ahora existe una apertura mayor, en mucho por las redes sociales, los blogs, las revistas digitales. Creo que incluso existe una moda. Ahora es políticamente correcto, por ejemplo, escribir sobre los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Creo que es positivo en la medida de que no se convierta arteramente en una manera de querer validar una obra o a un autor o simplemente para vender más libros, sino en verdad que se logre un compromiso entre escritor y sociedad. En el cual escritor no se asuma como un ente con privilegios, que puede acceder a becas y apoyos gubernamentales, mientras que esa gente ofendida de la que escribe no obtiene nada de ese gobierno, salvo más represión. Asumir esta condición es indispensable, al mismo tiempo que te involucras y te comprometes con las necesidades que tiene esta sociedad.

¿Esa es tu opinión sobre cierta poesía política que se escribe actualmente?

Sí. Hay escritores que escriben sobre estos temas desde su departamento en colonias privilegiadas, y se niegan a perder sus beneficios y descender de clase. Si quieres juzgar la represión que sufre la gente en Guerrero o en las comunidades autónomas en Chiapas o en Cherán, creo que la única manera de hacerlo auténticamente es identificarse con los intereses, con la lucha y la manera de vivir de estas personas. De no hacerlo, se vive en la contradicción, en la rapiña y en la mala fe.

Pienso en gente muy coherente con su escritura y las acciones con la sociedad como las poetas Marina Ruiz, Diana del Ángel, Celerina Sánchez, Mikeas Sánchez, o el poeta ñuu Savi, Kalu Tatyisavi.

Creo que ahora hay también un público mayor para esta poesía, en la medida de que siempre existe la sensibilidad para leer poesía de crítica política y social en tiempos desesperados como éste.

En el tren de lo políticamente correcto del mundillo de la poesía, ningún poeta puede asumirse como militante de un partido político. Tu sí te has asumido.

Hay que entender el mundo en el que vivimos. Durante años mi posición se ha basado en el anarquismo, pero esta opción se sigue organizando desde abajo y considero que tendrá un tiempo para surgir y organizar de forma equitativa el trabajo agrario y obrero, y suprimir esta visión de verticalidad política que tenemos.

Mientras tanto, disintiendo con muchos compañeros que exigen no votar, creo que hay que votar, en la medida de que la imposición es una práctica común del partido gobernante. Y hay que votar por aquel que problematice al sistema empresarial, económico y político hegemónico. Una de las opciones que veo que puede provocar esto es la de Andrés Manuel López Obrador y así lo he expresado anteriormente, sin que esto me limite a mentarle la madre o criticarlo públicamente por ciertas declaraciones y posturas retrógradas; pero yo no soy de los que cree en el político perfecto o en el salvador, sino en la comunidad organizada que exige que un gobierno se oriente de tal o cual forma.

Ahora bien, los acontecimientos recientes con la designación por parte del Congreso Nacional Indígena de su vocera María de Jesús Patricio Martínez, quien buscaría una candidatura de la colectividad a la presidencia en 2018, me regocija y me compromete a participar con una organización que busca los concesos y los debates horizontales. Esta forma de hacer política en verdad pondría a temblar al sistema político mexicano, nuestro reto es enterarnos de su quehacer como organización social, política, acercarnos a esta otra manera de entender los designios de la comunidad y abortar la visión totémica de ser gobernados. El compromiso de aquellos que vemos con esperanza esta candidatura es comprenderla y en dado caso apoyarla. Sí me preguntas por quién me decantaría ahora, te puedo contestar francamente que por esta última.

Héctor Carreto expresó en el prólogo a la primera edición que tu libro era de derrota, de desesperanza…

Considero que sí es un libro de las cenizas, que pareciera mostrar a la humanidad en un callejón sin salida. Pero creo que siempre hay esperanza, escribir de forma crítica por sí mismo es tener esperanza. En el libro hay un breve poema sobre los Caracoles zapatistas, los municipios autónomos, de autogobierno. Ese era mi poema de esperanza en el libro. Creo en lo que escribió José Revueltas sobre la literatura crítica: “La sociedad, al recibir esta crítica del artista, se autocritica a su vez, se transforma en el sentido que mejor le conviene social e históricamente, a través de sus propios medios.” 


¿Te consideras un poeta secreto?

“Ni siquiera he podido concursar en premios porque escribo a cuenta gotas y por la cantidad de cuartillas que te exigen. Tampoco me quita el sueño.”
Creo que casi todos los escritores somos secretos. Salvo aquellos que tienen una alta publicidad por parte de los monstruos editoriales o por la publicidad gubernamental. Nunca he tenido ese tipo de ansiedad de ser conocido o reconocido o que me publique una editorial estatal o transnacional. Ni siquiera he podido concursar en premios porque escribo a cuenta gotas y por la cantidad de cuartillas que te exigen. Tampoco me quita el sueño. El poeta Max Rojas me curó de esa ansiedad. En la última etapa de Max, cuando ya lo asediaban, que lo querían entrevistar, que lo querían llevar a encuentros a diferentes lados, que una u otra editorial le hablaba para ver si podía publicar sus libros, él me decía: “¿para qué quiere ser uno famoso?, si uno vive tan feliz con su café, con sus libros, con su música, con su soledad, sin tener que ver a personas que nos pueden caer muy mal, ¿para qué nos metemos en esas broncas?”. Max fue un maestro maravilloso. No me interesa ser un autor conocido, aunque sí leído, y creo que esas dinámicas no las debería forzar el poeta. Me gusta ir a leer a comunidades, dar talleres de lectura, de poesía, de poesía política, de edición. Y lo he hecho en Oaxaca, en Chiapas, incluso en Venezuela. Esa formación con la gente que tiene muy poco acceso a esas dinámicas culturales me ha dado todas las satisfacciones que he necesitado hasta ahora.

¿Cómo sobrevive un poeta secreto?

Uno sobrevive moviéndose. La labor de un escritor es estar en movimiento. Haciendo distintos tipos de trabajo, en mi caso, desde la traducción, corrección de estilo, escribir artículos, y sobre todo la pequeña cooperativa obrera de la palabra llamada Malpaís ediciones. Sabemos muy bien que ahora las condiciones del trabajador —para nuestra generación y para las que vienen— no van a dar para que tengas una plaza o para que tengas seguridad social.

Esto siempre lo he planteado en ensayos, mesas y conferencias, necesitamos que el escritor luche para conseguir una seguridad social: médica, de desempleo, en la muerte, para las autoras que están embarazadas. La seguridad social por la que no hemos luchado, pero por la que deberíamos luchar.

Esta es otra lucha que a los escritores, enceguecidos por sus becas o por la idea de ser miembros del Sistema Nacional de Creadores de Arte, no les interesa. Esta debería ser nuestra lucha común —y no sólo para los escritores sino para todos los que estamos involucrados con el arte, así como los gestores culturales.

 

¿Por qué se da esto?

Al despolitizar el sentido económico de las becas o apoyos, justificamos a la élite de creadores que literalmente viven de ello, de quienes obtienen de manera nebulosa un beneficio personal a partir, por ejemplo, de los recursos etiquetados a los que difícilmente se les da un seguimiento. De pronto, nos encontramos con que la verdadera batalla política es económica entre ciertos creadores e instituciones culturales que se disputan las partidas presupuestales. Cuando despolitizamos el sentido de cooptación de estos estímulos caemos en una gran ingenuidad. Algunos entienden la profesión con este punto de exclusión: todos podemos ser escritores o artistas, pero no todos pueden ser escritores o artistas del FONCA. Bajo esta premisa, la desaparición del FONCA no sólo implicaría una pérdida económica, sino también la pérdida de su estatus material de privilegio entre sus pares. El sistema político en este punto ha sido más inteligente que los creadores: construye una batalla intestina entre ellos por los recursos y el estatus, y todos están dispuestos a lucharla.

 

¿Cómo evitas caer en esa lucha feroz?

Cuando hablo de becas y apoyos no hablo desde la postura de quien se las han negado, tuve una beca del Programa Jóvenes Creadores (2009-2010) y Malpaís ediciones, la editorial donde soy codirector, ha obtenido dos apoyos del Programa de Fomento a proyectos y Coinversiones culturales (2013 y 2016). En estos casos se han editado obras que componen la colección Archivo Negro de la Poesía Mexicana, que ha creado otra lectura del canon de la poesía nacional o al menos la han problematizado en ciertos círculos de críticos académicos, ensayistas y poetas. Hemos creado productos que buscan servir a la sociedad que ha dado sus impuestos para estos apoyos. Se han solicitado cuando los proyectos así lo han requerido, quiero que se entienda que el creador debe asumir que estos apoyos son sólo eso, no un seguro de desempleo, no un modus vivendi, es sólo un apoyo económico para facilitar la creación individual o de grupo y para hacer viables proyectos culturales que tienen un destinatario que es la sociedad civil, a ellos tenemos que llegar.

Quiero que se entienda que el creador debe asumir que estos apoyos son sólo eso, no un seguro de desempleo, no un modus vivendi

Sartre decía algo bestialmente cierto y a lo cual me apego como escritor y editor: “no basta con que el escritor tenga la libertad de decirlo todo, hace falta que el escritor escriba para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo, lo que significa, además de la supresión de las clases, la abolición de toda dictadura, la perpetua renovación de los cuadros, el derribo continuo del orden. En pocas palabras, la literatura es, por esencia, la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”.

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