En los ojos del zorro: crónica de una comida con Mireles

Mireles nomás no se muere. No pudieron matarlo los del Cártel de los Caballeros Templarios, con quienes se enfrentó en refriegas interminables. No se murió cuando la avioneta en la que viajaba se estrelló al aterrizar en su tierra, Tepalcatepec. No se murió en la cárcel, con dos preinfartos y un infarto, ni por las complicaciones de la diabetes que padece desde hace dieciocho años. No se muere Mireles, pero está jodido: las traiciones, las muertes de los compañeros y amigos, el aislamiento que vivió durante su reclusión y las permanentes molestias en la espalda provocadas por su accidente aéreo son los recordatorios de que es un sobreviviente.

Fueron sus problemas de salud, de hecho, los que aplazaron nuestra entrevista, programada originalmente para el sábado 13 de mayo, a dos días de su salida del Cefereso de Tepic, Nayarit, donde permaneció los últimos seis meses -tras dos años y medio en el penal federal de Hermosillo, Sonora-. En la víspera de la entrevista, me trasladé a Morelia, pero fui notificado de que Mireles pasaría el fin de semana realizándose chequeos médicos, por lo que nos veríamos el lunes siguiente.

Nos encontramos finalmente en el Hotel Casino, en el corazón de Morelia, Michoacán, el día pactado. Cuando llegué, Mireles estaba platicando animadamente con un grupo de jóvenes, quienes se habían acercado para conocerlo. Lo escuchaban como hechizados. Confirmé que el autodefensa se expresa con una retórica directa y descarnada, pero también muy física: avienta las manos, aprieta los puños para remarcar una emoción, y observa fijamente a los ojos, con una mirada como de zorro que echa chispas. Les decía:

“¿Qué les voy a contar yo que no vean ustedes todos los días? Hay mucho crimen, y tenemos que analizarlo, tenemos que resolverlo, porque no es normal. Es normal que mi abuelito se haya muerto a los 118 años. ¡Él, que vivió dos revoluciones! Pero eso de que ejecuten a un joven de 17 años, incluso después de que cobran el rescate, y se lo entreguen a la familia en bolsitas de plástico…¡Eso no es normal! Ni el que lo hizo es normal, ni el pendejo que lo acepta es normal. Hay que echarle ganitas. México ya pasó por mi. ¡Pero por ustedes todavía no llega! Ya les tocará enfrentar todo eso, pero seguro lo harán mucho mejor que yo, porque no se les olvide que ustedes son el futuro de este país.”

Los jóvenes se despiden, después de un rato, reiterando su compromiso con las causas del pueblo. Se van alegres y renovados. Es entonces que Mireles cambia de semblante, y como quien no quiere la cosa, vigila el flujo de personas en la entrada al restaurante y en la amplia ventana que da a la calle. Lleva una camisa marinera, con rayas blancas y azules, una pequeña mochila cruzada y su sombrero característico. Sin bigote, y bromeando en cada oportunidad, parece bastante más joven de lo que consigna su historia personal.

Antes de comer, le pide al mesero un vaso de agua y servilletas de papel. Saca de su mochila un pastillero y selecciona ritualmente sus pildoras. Luego, emprende un entusiasmado elogio de la comida nacional: “Cuando salí, apenas hace unos días, lo primero que se me antojó fue comer todo lo mexicano. Porque la mejor cocina del mundo es de acá. Hay naciones en las que nada se antoja. Comen lo mismo todos los días. En cambio, nuestra tradición culinaria es muy variada. Por eso ganamos a cada rato concursos, y de hecho, tenemos el mejor queso del mundo, que es el queso cotija, orgullosamente michoacano”.

“Cuando salí”, repite con un tono irónico, y ríe. “Parece que hubiera estado poquito tiempo, hace mucho tiempo”.

En el Penal de Hermosillo Mireles vivió el infierno.

Al principio lo metieron en una celda que estaba a más de 45 grados, lo que le forzaba a pegarse al concreto, que era la única superficie que se conservaba un poco fresca. Luego, por cuestiones de salud, permaneció en el módulo del hospital, en la estancia 2, nivel B, donde tenía una ventana desde la que podía ver dos palmeras y un jirón de cielo, su único contacto con el mundo exterior, puesto que al personal le prohibieron expresamente hablar con él, mientras que a su familia le negaron el derecho a visitarlo prácticamente durante todo el primer año.

“A mi se me hacía raro. Le tenía resentimiento a mis hijos, a mi gente. Me preguntaba: “¿Por qué no vienen, si yo tengo ganas de verlos?”. Los policías me decían cada vez que no había ido nadie. El día que por fin pudo entrar mi hija, me dijo: “Padre, yo tengo diez meses viviendo aquí en Hermosillo, y vengo todos los días a verte, pero no me dejan pasar. Siempre me traigo toda la documentación que piden, pero a cada oportunidad me dicen algo diferente. Primero, “que si tu padre no te tiene en la lista de visitas, no puedes pasar”; luego, que “falta un documento en el expediente”; después, que “tienes que ir a traer el permiso del Juez Federal para poder entrar”.

Recuerda Mireles con un gesto de coraje: “mi hija realizó cinco viajes de Hermosillo a donde estaba el juez que me sentenció, y le pidió directamente que la dejaran entrar, pero el juez le respondió: “Que no te engañen niña. En el penal el director es el único autorizado para dejar entrar a las visitas de los reclusos. Para eso le entregamos a tu padre: para que lo cuide, que lo alimente, que lo vigile y le permita sociabilizar con su familia”. A los diez meses, después de todo eso, cuando por fin entra mi hija, me dice: “Padre, vine a verte y a decirte que estaremos siempre a tu lado, pero que ya me voy”. Resulta que en ese tiempo se había casado. El novio se cansó de esperarla en el pueblo y mejor fue por ella y se matrimoniaron en Hermosillo. Ahora hasta tengo un nieto, ¡chulísimo el canijo! Es un auténtico Mireles, cuando menos en el copete y en el color”.

Esa fue la peor de todas las torturas psicológicas, confiesa: “Mientras que a mi hija le decían eso, a mí me aseguraban que ella ya venía a verme, que tenía por fin un pase. Y entonces yo me arreglaba, me bañaba, me rasuraba, me preparaba para verla. Cuando estaba listo, me decían que no podían dejarla entrar, porque no estaba claro en qué módulo estaba yo, que estaba mal un papel o que tenía que llevar una orden del juez. Puras mentiras”.

Al despertar, lo primero que hacía era repetirme: “Soy el doctor José Manuel Mireles Valverde, y estoy aquí porque soy un luchador social”

Al mismo tiempo debía superar el proceso carcelario de deshumanización: “al principio me dieron un número, y me dejaron claro que sólo podía contestar con ese número. Todos los días, te levantan en las cinco de la mañana a pasar lista. Al despertar, lo primero que hacía era repetirme: “Soy el doctor José Manuel Mireles Valverde, y estoy aquí porque soy un luchador social”. Cuando llegaban, me hablaban por mi número, pero yo no respondía. Me gritaban para que lo dijera, y yo contestaba: “¡Mi nombre es José Manuel Mireles!”.

Su proceso penal fue constantemente saboteado. Los exhortos y notificaciones -que tenían siempre un carácter urgente- le llegaban seis meses después. Hasta los libros que le mandaban eran interceptados: “Decían que el reglamento del penal consideraba a las hojas son objetos potencialmente peligrosos, por lo que tuve que hacer cita con el Director para exigir que me entregaran lo que me correspondía. Al día siguiente de hablar con él, me los llevaron. Eran los de “Juegos de tronos” y la Divina Comedia”. Del infierno y de las serpientes y escaleras del poder, sobra decirlo, ya sabía bastante Mireles.

Vivir en un penal de máxima seguridad también cuesta. “Un sobre con un timbre vale mil pesos. Una manzana, mil quinientos. Seis plátanos, tres mil. Por lo mismo, lo que yo hice fue gastar lo menos y dedicarme a escribir mi libro: guardaba siempre un rollo de papel de los que me daban y ahí mismo apuntaba todo, con un lapicero que conseguí”. Lo escucho y me pregunto si Mireles también dirá “la historia me absolverá” pero a su manera.

Estando en aislamiento absoluto, el autodefensa reconoce que sintió un día que no podía más. Buscó a la psicóloga del penal para hablar. “Si no conversamos, voy a explotar”, le dijo. Un policía se interpuso entre ellos: “no se le puede dirigir la palabra a este señor. Son órdenes de arriba”. La psicóloga realizó numerosas gestiones y finalmente se impuso. Ese día lo escuchó hasta que se hizo de noche. Mireles le dijo, palabras más, palabras menos: “¿Sabe cuando me voy a callar? En el último minuto de mi existencia. A mí me metieron aquí por decir lo que pienso, y aunque pocos lo saben…también por hacer lo que digo”.

A pesar de lo sufrido, no todo fue para mal. “En la cárcel aprendí mucho en estos tres años. Es un cuarto de reflexiones, donde espiritualmente maduras o te quebras. No hay puntos intermedios. Yo no me quebré: entendí que el dolor no lo podemos evitar, pero que el sufrimiento es opcional. Si tu no quieres sufrir, no sufres: donde te metan, lo que te hagan, no sufres”.

Envuelto en la plática y en el placer de disfrutar cada bocado, Mireles tarda casi una hora en terminar sus enchiladas placeras. Dice que el gobierno está haciendo que el pueblo se levante. Da un bocado. Asegura que lo traicionó el gobernador del estado, que se decía su amigo, y se echa otro bocado. Suspira por una mujer que le gustó, quien está comiendo en la mesa de enfrente, bocado. Se ríe de sus peripecias, de alguna manera contento con su suerte. Bocado. Interrumpo su degustación general con la pregunta ineludible: ¿Qué sigue?

Antes de responder, clava su mirada en la mía: “Voy a seguir luchando, aunque ya no en las mismas trincheras, porque esas me las hicieron pedazos a balazos. Como esas ya no existen, buscaremos otras, a otros niveles, porque el movimiento no se va a terminar hasta que haya paz social en Michoacán”.

“Voy a seguir luchando, aunque ya no en las mismas trincheras, porque esas me las hicieron pedazos a balazos.”

Mireles no revela sus intenciones, pero tiene esa rara mezcla de inteligencia política, carisma y ambición que hace presentir la taimada preparación de un desquite. Además, entre los pliegues de la charla, lanza una pista: se declara admirador de José Mujica, ese guerrillero que se convirtió en Senador y luego en Presidente. “¿Y sabes cómo resolvió el problema del narco? Muy sencillo: permitió el uso de la marihuana con fines recreativos”.

Hay quienes creen que en las condiciones adecuadas, Mireles podría llegar a gobernador, y luego, lo que se proponga. Por ahora, sus derechos políticos están suspendidos, y además, el autodefensa asegura que sólo quiere rehacer su vida…

¡Cómo si eso fuera posible!

Levantarse en armas es aceptar que no hay vuelta atrás: se triunfa o se muere, pero no se regresa. Lo sabe Mireles, quien para la entrevista nos pidió que pudiera sentarse pegado a la pared. “Es una vieja costumbre. La tengo desde que comí con un compadre y a él le tocó ponerse dando la espalda a la gente. De repente, escuchamos unos balazos. Él se levantó para sacar su pistola, pero sólo pudo hacer eso: en el segundo siguiente estaba ya toda floreada su camisa, con los hoyos de las balas.”

Porque Mireles es ante todo un sobreviviente. Un viejo zorro con la mirada eternamente hambrienta.
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