Los claroscuros del cine en 2016

2016 fue un año sin grandes sorpresas ni fuertes sacudidas en la industria de cine. Eso parece bueno en un negocio que sigue explorando nuevas formas de distribución y consumo de películas y que prefiere la regularidad a los sobresaltos. Un siglo atrás, cuando el cine era un espectáculo joven sin mucho respaldo intelectual, David Wark Griffith estrenó su monumental Intolerancia el 5 de septiembre de 1916. Para desconsuelo de sus bolsillos, la cinta fue un fracasó comercial que le hizo perder dinero a montones, pero le atrajo para siempre la admiración de quienes quieren tener en el cine una experiencia estética. Intolerancia fue novedosa y grandiosa; a gran escala en todo. Los escenarios, el argumento, el número de actores, la pretensión de manifestar algo definitivo. Se hizo con la convicción de que el cine es un arte, y de que se puede usar una película para propagar una idea, y convencer con ella a multitudes. Nada parecido hoy día.

Más bien, éste año que termina dio lugar, desde su comienzo, a curiosidades. Como que una película estadounidense dirigida por un mexicano hiciera a pensar a los medios informativos autóctonos, a los bloggeros y demás activistas de facebook y de twiter de la localidad, que su nominación al premio Oscar era un asunto como de torneo, en el que el orgullo nacional se pone a prueba. Sobre todo si, como en ésta ocasión, existía la oportunidad de llevarse la estatuilla al hilo con el año anterior. Los valores cinematográficos de El renacido permanecieron ocultos e intactos por la cháchara. El análisis y la crítica de la cinta se fueron por las ramas. Quedó la convicción de que se trata de una película notable, en lo técnico, en la creatividad de su montaje, en la verdad de los paisajes y del frío, que a la hora de mostrarse al espectador simplemente pasa por los ojos sin dejar rastro en el recuerdo.

Algunos piensan que los festivales y sus condecoraciones son una vía para conocer lo más sobresaliente. Las más de las veces, también lo son para observar notoriedades de temporal y decenas de películas condenadas venturosamente al olvido. Berlín, Cannes y Venecia, los tres grandes, pergeñaron algunos exotismos, otro poco de crítica social, y los recurrentes, y cada vez más convencionales, desplantes de genio incomprendido venidos a film d’art. Los franceses distinguieron con la Palma de oro al británico Ken Loach, de ochenta años de edad, que con Yo, Daniel Blake sigue empecinado en hacer del realismo social su bandera estética y política. Refrendaron también el prestigio de los cineastas rumanos de los últimos tiempos dando por segunda ocasión un premio a Cristian Mungiu, ahora por Graduación. Película que pinta con pesimismo el retrato de un sistema de gobierno y de unos ciudadanos sumidos en la simulación moral y la corrupción.

Los alemanes otorgaron el Oso de oro a un documental italiano: Fuego en el mar de Gianfranco Rosi. Admirable ejemplo de como esa forma de cine ha logrado las más altas cotas de calidad artística e interés. La película se sitúa en Lampedusa captando la vida diaria de una comunidad que tiene que lidiar en primera fila con las oleadas de migrantes que quieren entrar a Europa. Los italianos en cambio se fueron por una pesada muestra de “cine de autor”. Correspondió el León de oro al filipino Lav Diaz por La mujer que se fue; tres horas 46 minutos en blanco y negro en las que pasa algo que debe suponerse interesante pero que no lo es.

Café Society, de Woody Allen
Café Society, de Woody Allen

Como cada año nos encontramos con las películas de los cineastas industriosos. Aquellos “talachadores”, capaces de, llueva, truene o relampaguee, ofrecer año con año una nueva producción de su cosecha. Woody Allen, el campeón indiscutible de la categoría, a los ochenta años entrega su cinta número 47: Café Society. Quién haya visto una de él, en cierta manera las ha visto todas. Ésta de ahora no se salva por imaginar el Hollywood de la época dorada, la fábrica de sueños y de estrellas. Diálogos urdidos con más oficio que ingenio, ritmo irregular, y actuaciones planas, completan el trámite por ésta vez. Clint Eastwood de ochenta y cinco años, llega a su película 35 como director. Sully, hazaña en el Hudson, tiene el mérito de recrear sucesos auténticos y delinear con cuidado un personaje, pero lo hace de un modo tan desapegado que termina por sentirse superficial. Pedro Almodóvar con Julieta alcanzó a completar su segunda decena de películas. Estrenada en Cannes con bombo y platillo. Vilipendiada por sus compatriotas. Parte de un material prestigioso, relatos de la premio Nobel Alice Munro, para repasar su gusto por las sensaciones y los sentimientos femeninos. Lenta y grave, parecería que el realizador se interesa más por intentar dotar de lirismo la visión de los incidentes antes que en componer una narración con una tensión dramática aceptable.

De los cineastas conocidos que quedaron a deber algo más sólido sobresalen Quentin Tarantino, al que Los 8 odiosos (o como Usted prefiera traducir el título original) le salió bastante sangrona y exasperante. En el mismo paquete, Ethan y Joel Coen estrenaron ¡Salve, César! sátira cómico-esperpéntica-nostálgica, repleta de cabos sueltos y buenas actuaciones que deja la impresión de que se divirtieron mucho haciéndola, aunque el buen ánimo no se contagie a los espectadores.

Intentos de revivir viejas glorias dieron un par de ejemplos vergonzosos de cine sobreproducido. Ben Hur, el más estrepitoso y absurdo. La leyenda de Tarzán lo acompaña en segundo término. Ambas cintas, producciones costosas, no encontraron la manera de aclimatar sus historias y personajes a la sensibilidad contemporánea, y se remitieron al uso de claves gastadas del cine de acción y efectos digitales para apantallar.

Los monitos de historieta protagonizaron numerosas películas, dos de ellas enormes, llenas de ruido y furia: Batman contra Superman y Capitán América: guerra civil. Se anunciaron como el acontecimiento del verano, enfrentaron a dos grandes corporaciones por un lado Warner, por el otro Marvel. Las empresas recogieron sus ganancias, informaron su complacencia con la batalla, aseguraron que ganó el público del mundo libre, y se comprometieron a seguir sirviendo cada verano un suculento acompañamiento para los combos de palomitas.

En ese mismo tono, completa el año Rogue One: una historia de Star Wars. Ya la vimos sin verla. Sabemos que los actores pondrán cara de tensión y seriedad ante unas linternas muy vistosas que sirven de espadas, que serán responsables del destino del cosmos, que las naves harán ruiditos atractivos en un ambiente como el espacio exterior en el que no se escucha nada, que habrá presencias disfrazadas, máquinas increíbles, y otras cosas hechas con computadoras muy sofisticadas, que no dejará de sonar la música, que todo lo que sucede aparenta ser importante, urgente, y trascendente.

Por ver, en cambio, nos falta la comedia alemana Toni Erdmann. No ha llegado a México, y no tiene todavía fecha tentativa de estreno. Se lanzó en el festival de Cannes y, desde entonces, gana premios y la nominan en toda competencia que la incluya. Dicen que es excepcional, por el género y la nacionalidad, por las actuaciones, por el modo en que el director resuelve el tono y la trama. Queda de tarea para el 2017.

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Guillermo Vaidovits, crítico de cine, escritor y director académico de la Cineteca Nacional.

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