Testimonio: El lado oscuro de los suburbios en USA

El testimonio*

*Jessica Hamilton creció en el Sur de Estados Unidos. Hoy vive en el Noroeste, estudia desarrollo económico y tiene un perrito que es su más fiel compañía.

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La primera vez que usé heroína tenía 16 años. Estaba en la casa de una amiga, una noche que su mamá trabajó hasta tarde. Otros chicos, más grandes y con mayor experiencia, nos dieron las drogas y las agujas a cambio de otras drogas, y luego nos ayudaron a inyectarnos. Me enfermé mucho. No podía moverme sin vomitar. Aún así, la ausencia total de sentir hizo que valiera la pena.

¿Por qué alguien que tenía todo buscaría la aniquilación total?

Viví en una casa bonita de dos pisos, en un suburbio de la clase media en Atlanta. Tuve los privilegios que ofrece tener la piel blanca. Era sana, nunca me habían pegado, no sufría hambre. Aún así, busqué desesperadamente escapar, no importando la forma.

Pienso que si quieres entender el aumento del uso de heroína en los suburbios de Estados Unidos, tienes que entender la naturaleza de la vida suburbana del siglo veinte. Una casa con céspedes grandes, estacionamientos amplios, arquitectura en réplica exacta. Comunidades cerradas con nombres absurdos como Windhaven, Springfield, Birch Station, diseñados para calmar y atenuar. Sociedades intencionalmente dependientes del petróleo, requiriendo un coche para cada mandado. Las banquetas son escasas, así como el transporte público (en el suburbio donde me crecí, la estación más cercana de bus me quedó a más de 15 kilómetros, totalmente inalcanzable para una joven sin coche).

Fotografías enviadas por Jessica Hamilton

Sin nada que hacer, y sin dónde ir, lo pasé corriendo salvajemente dentro de los estacionamientos de oficinas abandonadas, metiendome a casas en obras, soñando con un escape. Eventualmente, me di cuenta que era más fácil encontrar drogas que transporte a la ciudad.

Muchos adolescentes estadounidenses se familiarizan con drogas farmacéuticas, jóvenes e incluso niños. A muchos de mis amigos les dieron Adderall a los 10 años. Yo misma empecé a tomar Prozac para la depresión a los 12. Aprendimos muy jóvenes que los medicamentos son una forma legítima de cambiar emociones no deseadas y de modificar comportamientos. Los narcóticos recreativos nos parecieron el siguiente paso razonable para mitigar el dolor psíquico del aburrimiento incapacitante, desórdenes alimentarios, el divorcio, bullying sin cuartel, y una serie de miserias acumulados en nuestras vidas adolescentes de mierda.

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Los programas de D.A.R.E. de los 80´s de la administración de Reagan no hicieron nada para asustarnos sobre el consumo de drogas, al contrario: yo y la mayoría de mis amigos sabíamos que tomaríamos drogas tan pronto como fueron disponibles para nosotros, y no había una droga más grande ni más formidable que la heroína.

Para mi, la heroína simbolizaba a Sid y Nancy, a Johnny Thunders, a los personajes de la fábrica de Warhol, el legado del hotel Chelsea y todos los íconos punk de Nueva York que adoraba. Veo ahora que tan ingenua fue esta idea, pero a la vez fue un factor motivador para mí. Quise acercarme a mis ídolos e ir más lejos de la geografía donde me encontraba. Me aislé demasiado para entender realmente el caos que la heroína causaba en las vidas de mis héroes, y eventualmente, de los que me rodeaban.

No había una droga más grande ni más formidable que la heroína.

Al final fui afortunada. Logré abandonar a mi adicción de manera relativamente fácil cuando cumplí los 18 años y pude salir de casa. Muchos de mis amigos no tuvieron tanta suerte. Muchos acabaron en la cárcel, pasando más tiempo en los Bluffs (un barrio de Atlanta de dónde provenía la heroína antes de llegar a los suburbios) que en su casa. Otros murieron de sobredosis. Algunos se suicidaron. También hubo los casos de quienes tuvieron suerte y se fueron.

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Muchas veces me he preguntado por qué yo fui de las que tuvo suerte, que escapó sin efectos físicos debilitantes, una sentencia criminal, o la ruina total. No fui mejor que los que no lo lograron. Si pudiera regresar en el tiempo, me diría que tan ignorante y consentida realmente era, que en unos cortos años tendría la posibilidad de ir a cualquier lado y hacer cualquier cosa que quisiera. Ahora tengo una vida sobria, en una ciudad al otro lado del país. Casi todos los días me despierto y pienso que todo lo bueno es posible.

Con la heroína, nada bueno pasará.

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