Apuntes sobre el anticipado triunfo de Hillary

Hillary Clinton está por ocupar la oficina oval por segunda vez, 25 años después de hacerlo de la mano de Bill y 8 años más tarde de cuando ella lo hubiera querido. Su llegada, o regreso, ha causado entusiasmo, ya sea porque se le considera la única gran esperanza de detener a Donald Trump, o porque algunos realmente la consideran como la mejor política en ocupar la presidencia de Estados Unidos. Ante el inminente triunfo de Hillary, y tomando en cuenta que la mayor parte de la campaña se nos ha ido en ponerle atención a Trump y su larga lengua, vale la pena detenerse a pensar en algunas cosas que tal vez hayamos pasado por alto durante estos meses.

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Ya habíamos visto a un Clinton enfrentarse un millonario excéntrico y ganar.

Bill Clinton también se beneficio de contrastar su candidatura con la de un millonario “loco” convertido en candidato disruptivo. Ross Perot, un rico tejano con un discurso populista y antipartidos, restó votos al moderado y aburrido candidato republicano George H.W. Bush, obteniendo el 18.9 % de la votación en todo el país, una cifra histórica para un candidato independiente. Entonces no faltaron teorías de la conspiración que acusaron a Perot de ser apoyado por los demócratas y/o los Clinton para dividir a los votantes republicanos y asegurar el triunfo de Bill, acusación que también hemos escuchado sobre Trump desde hace meses. La relevancia de Perot en el escenario político estadounidense se apagó rápidamente y para la siguiente elección alcanzó menos de la mitad de las preferencias que en 1992, ya veremos si Trump sigue la misma ruta hacia el olvido, aunque parece no tener ganas de que así sea.

Algunas cosas que dice Trump, aunque nos duela, son ciertas.

Sí, el tratado del libre comercio fue devastador para lo que quedaba del sector manufacturero de Estados Unidos. O al menos eso es lo que se ve y se siente en el llamado “Rust Belt”, estados del noreste cuyas economías dependían de industrias como el acero, la minería y la manufactura, y hoy se encuentran entre los lugares más empobrecidos del país. Factores como la automatización o la concentración de cada vez más industrias en menos manos han sido claves en la decadencia del “Rust Belt”, pero son también argumentos más difíciles de explicar y de entender para el votante promedio que el grito de guerra de “se llevaron tu empleo a México y a China” que Trump usa en la región.

Cuando Trump habla de “hacer a América grande otra vez”, no todos lo entienden como batas blancas con capuchas puntiagudas, cruces en llamas y un muro para mantener a la “gente café” fuera del país: miles de estadounidenses piensan en grandes naves industriales abandonadas, pequeños comercios cerrando en ciudades medias, escuelas preparatorias que ya no existen porque pueblos que dependían de alguna industria se han quedado sin jóvenes o sin familias enteras. Trump es el primer candidato que habla de esto sin reparos, algo que los demócratas han dejado de hacer desde hace décadas (mismas en las que Bernie Sanders no ha parado de repetirlo) y algo que además se ve y se siente en algunos de los estados que por su importancia numérica en el colegio electoral, han sido decisivos en las elecciones de los últimos 30 años: Pennsylvania, Ohio, Indiana y Michigan, por nombrar algunos.

Sí, también es cierto, como el propio Trump lo ha denunciado, que el llamado “establishment” republicano es más cercano a Clinton que a Trump, por lo menos en lo que se refiere a política exterior: si bien no ha aceptado su respaldo (aunque se dice que sí lo buscó durante los primeros meses de campaña), Hillary ha mostrado en cercanía con Henry Kissinger, el gurú de los hawks, campeones de la política exterior agresiva de Estados Unidos durante los últimos 40 años; la campaña de Hillary anunció con gran entusiasmo el respaldo de John Negroponte, arquitecto de las intervenciones de Estados Unidos en América Central durante los años ochenta y principal diplomático en algunas de las aventuras militares estadunidenses más cuestionadas; otro caso es Colin Powell, considerado por muchos años como republicano “moderado” y a quien se le llegó a mencionar como posible candidato a la presidencia o vicepresidencia por su partido, y que ha sido arquitecto de las guerras de ambos presidentes Bush en Irak.

Es cierto que la política exterior de Trump sería seguramente un desastre. Pero también es cierto que Hillary es garantía de, cuando menos, continuidad. Y “continuidad” para Latinoamérica significa tanto completar la normalización de relaciones con Cuba como la tolerancia a golpes de estado (como en Honduras); para el medio oriente significa tanto mantener la estabilidad y principales alianzas regionales, como la continuidad de pérdida de vidas civiles por bombardeos de drones, y para Europa significa tanto el fortalecimiento de la OTAN, como seguir con el deterioro de las relaciones con Rusia.

Trump ya ganó aunque pierda (y puede perder aunque gane).

Ya ganó aunque pierda, porque envenenó el imaginario político de Estados Unidos por generaciones. La irrupción de Trump seguramente hará que ninguna opción populista “de izquierda” o progresista sea creíble por una o dos generaciones. Cuestionar el libre comercio, a los banqueros o la decadencia de la mano de obra estadounidense, gracias a Trump olerá a intolerancia, a racismo e ignorancia.

Ganó aunque pierda porque el congreso, la house of representatives, seguramente seguirá teniendo una mayoría republicana y es posible que, aunque esta mayoría no sea “Trumpista”, por lo menos una facción estará empujada a tomar posturas radicales que respondan al legado de Trump, algo parecido a lo que sucedió con el Tea Party hace unos años.

Ganó aunque pierda porque su nombre será para siempre parte de la historia de la humanidad. Pasó de ser una nota al pie de página en los recuentos de la cultura popular estadounidense, a ser el primer hombre en décadas que pone en aprietos la democracia de Estados Unidos o, peor aún, la semilla de una nueva cepa de conservadurismo recalcitrante y agresivo cuyos alcances aún no conocemos.

Por otro lado, Trump puede perder aunque gane:

a) La remota posibilidad de que Trump gane sigue existiendo debido a varios factores, entre los que se encuentran el voto “no declarado” o “escondido” que hoy tiene y que se conocerá hasta el propio día de la elección y el hecho de que todavía parece haber algunas mediciones serias que no descartan sorpresas en algunos estados clave como Florida.

b) sin embargo, llegaría a gobernar sin lograr una mayoría en el senado, con buena parte de congresistas republicanos en contra y con un ala progresista del partido demócrata energizada y respaldada por prácticamente el mundo entero. Sus pequeñas manos estarían atadas y, lo que es más, siempre existe la posibilidad de que no termine sus 4 años de gobierno. Si Bill Clinton casi fue destituido por una mamada, sobrarían pretextos para que Trump enfrentara articles of impeachment por traición, por incapacidad para desempeñar su cargo o por cualquier desastre que se le ocurriera provocar en el transcurso de un año.

Y por último, el triunfo de Clinton dirá mucho sobre “la avanzada edad” y el estado de salud de la democracia estadounidense: Donald Trump y Mike Pence, su compañero de fórmula, suman entre los dos 127 años, los mismos que Hillary y su candidato a vicepresidente, Tim Kaine. Desde 1992 hemos visto 12 años de Bushes y veremos 12 o hasta 16 años de Clintons ocupando la Casa Blanca. Hillary, la contendiente más fuerte de Barack Obama, esperó 8 años para alcanzar la candidatura de su partido – en 8 años no habrá Bernie Sanders para competir por la candidatura y, por ahora no se ve ninguna figura nacional que pueda tomar ese lugar. De los republicanos, ni hablar: el cuarentón Paul Ryan, quien era la apuesta más fuerte para unir a simpatizantes del Tea Party con republicanos tradicionales para hacerle frente a Trump, ya carga consigo haber perdido una elección cuando fue candidato a vicepresidencia y haber reculado en su rechazo a Trump. Ya veremos si el triunfo de Hillary trae consigo entusiasmo y renovación, o complacencia y las mismas caras que hemos visto en la política estadounidense por más de tres décadas. Depende principalmente de las y los que no la han apoyado con mucho entusiasmo, empujar para que suceda lo primero y no lo segundo.

Carlos Chávez, tapatío, egresado de la Universidad de Guadalajara.

@cualchavez

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