La pornografización total de la vida cotidiana

Vivimos inmersos en una pornografía constante que ya no se limita a las pantallas de nuestros dispositivos. La lógica pornográfica ha colonizado cada rincón de nuestra existencia cotidiana, transformando la manera en que consumimos, nos relacionamos y hasta respiramos. No hablo únicamente del porno explícito que se consume a través de algunas plataformas o de las redes sociales convertidas en mostradores de carne joven, sino de algo mucho más profundo y perverso. Todo es porno ahora. Todo funciona con su lógica brutal: más fuerte, más rápido, más explícito, más vacío. La inmediatez del estímulo, la exageración de lo visible, la reducción del otro a objeto consumible. 

La pornografización de todo es espectáculo vacío, satisfacción instantánea que nunca nos satisface realmente. Y esta lógica se ha infiltrado en cada aspecto de nuestra vida diara: abres Instagram y ves esos cuerpos perfectamente esculpidos, esas curvas imposibles, esos abdómenes marcados con la precisión de un bisturí, no estás viendo belleza, sino pornografía disfrazada de aspiración. Los estándares de belleza actuales no buscan seducir, sino impactar, no invitan al deseo, sino al consumo compulsivo de una imagen inalcanzable. Es el cuerpo convertido en mercancía, en estímulo, en droga visual.

Las plataformas digitales han perfeccionado esta pornografización hasta convertirla en una ciencia exacta con fórmulas precisas. TikTok, con sus algoritmos duros, nos bombardea con contenido diseñado para generar dopamina instantánea: bailes hipersexualizados, transformaciones físicas extremas, retos que rozan lo obsceno. Todo debe ser más grande, más rápido, más explícito para captar nuestra atención fragmentada. Es la pornodigitalización en su máxima expresión, donde el scroll infinito reproduce la misma mecánica que el consumo pornográfico: buscar el siguiente estímulo más intenso porque el anterior ya no nos satisface.

El cine mainstream también ha adoptado esta misma lógica sin pudor. Las películas de Marvel, con sus explosiones exageradas y sus superhéroes de músculos inhumanos, funcionan como pornografía de la acción. Incluso las comedias románticas han perdido su capacidad de seducir para convertirse en pornografía emocional: fórmulas predecibles que estimulan los mismos botones una y otra vez. Ya no hay espacio para la contemplación, para el desarrollo pausado del deseo, para la tensión erótica que se construye lentamente entre quien observa y lo observado.

Hasta nuestros vínculos sexoafectivos y hábitos de  consumo sexual han sido pornografizados. Las aplicaciones de citas funcionan como catálogos donde deslizas hacia la derecha o izquierda con la misma frialdad con que cambias un canal de televisión. Lo sexoafectivo se ha convertido en performance, en una lista de casillas que vas marcando de acuerdo a las posiciones vistas en pantalla, en competencia por alcanzar orgasmos cinematográficos. Hemos perdido la capacidad de habitar nuestros cuerpos con paciencia, de explorar con curiosidad, de construir intimidad real.

Lo erótico, en cambio, es tiempo, es misterio, es la tensión entre lo que se muestra y lo que se oculta. Era Mulholland Drive de Lynch. Era la mirada de Scarlett Johansson en Her, era la sensualidad contenida de Call Me By Your Name antes de que Hollywood lo convirtiera en mercancía LGBTQ+, creando atmósferas donde el deseo se despliega sin prisa. Lo erótico no consume, sino que invita a ser habitado. No busca la eyaculación inmediata, sino el goce profundo, la conexión real, el placer como experiencia completa que involucra todos los sentidos y emociones.

Pero vivimos en la era de la masturbación colectiva. Netflix produce contenido como si fuera pornografía algorítmica: series que duran lo justo para generar el siguiente maratón compulsivo y narrativas que no buscan emocionar sino enganchar. Todo es porno porque todo busca el mismo objetivo: estimular, consumir, descartar, repetir.

Recuperar lo erótico es un acto de guerra contra esta pornografización total. Es buscar profundidad cuando todo es superficie. Es entender que el placer real no se consume, sino que se construye; no se compra, sino que se crea; no se exhibe, sino que se habita.

Porque mientras la pornografía nos vacía el alma, lo erótico la llena. Mientras la pornografía nos convierte en zombies del estímulo, lo erótico parece devolvernos la humanidad.

Previo

Israel dispara contra grupo diplomáticos de diversos países en Yenín, entre ellos funcionarios mexicanos

Siguiente

Cannes revive “Amores perros”: restauración, reestreno y proyectos globales