El Paso Fusion: sobrevivir a una masacre, jugando futbol.


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El 3 de agosto de 2019, un hombre decidió realizar una masacre en un WalMart de El Paso, disparando a toda aquella persona que pareciera latina, como las jugadoras, entrenadores y familias de El Paso Fusion, un equipo infantil de niñas que recolectaban fondos. 

ESPN realizó un reportaje muy emocionante sobre la situación que encaró el Paso Fusion y la ciudad de El Paso en general: Si permanecemos unidos, nadie nos puede dividir, #ElPasoStrong, dicen los grafitis en las paredes de la ciudad. 


La historia de El Paso Fusion es la de 3 hombres que decidieron montar un equipo de futbol de niñas para sus hijas, Benny McGuire, Luis Calvillo y Memo García. Para ir a una competencia estatal decidieron hacer una colecta de fondos en un WalMart, pero ese día una persona armada decidió perpetrar un crimen de odio que nunca olvidarán, disparando a Luis Calvillo y a Memo García, García moriría después de días largos en terapia intensiva, el papá de Luis Calvillo, también murió en el ataque. Luis Calvillo recibió 6 disparos en pierna y espalda y después de 2 meses de rehabilitación volvió a dirigir al Paso Fusion. 

 

En voz de las jugadoras, estar en la cancha es una terapia eficiente, les permite sacar toda su ira y coraje, disfrutar la vida y ser felices por un momento, olvidar el ataque y volver al juego. Semanas después del tiroteo, El Paso Locomotive, un equipo de la segunda liga más importante de futbol, invitó a todo el equipo a su ceremonia inaugural de un juego, hubo fuegos artificiales y las niñas entraron en pánico, pensando que el tiroteo y la masacre se repetía, la escena fue desgarradora: las jugadoras se abrazaron entre sí, el coach McGuire quiso tener brazos de 9 pies, para abrazar a todas, los jugadores de El Paso Locomotive hicieron un círculo alrededor de ellas para protegerlas: esos son los efectos traumantes de vivir un tiroteo.

Patrick Cursius, es el nombre del joven de 21 años que perpetró el ataque que hasta hoy ha cobrado 23 vidas, tiene 89 cargos en su contra, y en Texas algunos de ellos su máxima pena es la de muerte. Un caso más para el debate sobre la regulación de las armas en Estados Unidos. 

 

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