Redes Sociales, el megáfono de la violencia y la estupidez: el caso de la piloto de Interjet

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero 

hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. 

Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho 

a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Umberto Eco. 

 

Comentarios como el que hizo la piloto Ximena García sobre lanzar una bomba en el Zócalo durante los festejos patrios, se dan muy a menudo en redes sociales, en una charla de café o por lo menos en la mente de algunas personas. La polarización e intolerancia que se vive en la sociedad no solo es causada por la política. Basta con que haya un partido de fútbol o un concierto para desatar esa verborrea violenta. 

El hecho de que pensamientos y comentarios de esa naturaleza sean cotidianos, no significa que sean correctos. Nuestra nación dista mucho de poseer una cultura de paz. Hay un clima de violencia que se vive y respira casi en todo momento. Esto va desde manifestaciones sutiles hasta extremas. Del repetido sonido de las bocinas en el tráfico hasta las noticias de fosas, ejecuciones y secuestros. 

En México no se necesita mucho para despertar una serie de ideas y de actos violentos. Es suficiente con que la persona que vive a un lado escuche música o se estacione “invadiendo” nuestro espacio. La vida se puede perder en un pleito de vecinos o en una riña ocasionada por un incidente de tránsito. 

Hay quien puede argumentar que de las palabras a los hechos hay una enorme distancia, lo cual es verdad. En lo particular, sin conocer a esta persona, dudo mucho que en algún momento de su vida sea capaz de tener acceso a un artefacto explosivo para arrojarlo a una multitud. No obstante, sus palabras son un reflejo del ambiente hostil y áspero que impera en el presente. 

Las palabras están sujetas a un contexto, el cual modifica el impacto de las mismas o les otorgan significados diferentes. La misma expresión dicha por otra persona, en otro tiempo y espacio, muy probablemente hubiese generado reacciones distintas.

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Apelar a la libertad de expresión como defensa es inadecuado, ya que dicha libertad se enfrenta a la paradoja de no permitir aquellas expresiones que sean intolerantes o las manifestaciones que atenten contra la paz. Se puede recurrir a la idea de la privacidad, sin embargo, al adentrarnos en el escenario de las redes sociales nos despojamos de manera voluntaria de ese derecho.  

Ante este tipo de publicaciones podríamos reaccionar de formas diversas. Muchas de las opciones dependen precisamente del contexto y de quién dice las cosas. A diferencia de otros países, como en EEUU, en el nuestro, los atentados en contra de civiles rara vez son perpetuados por ciudadanos que no pertenecen al crimen organizado. Si bien es cierto que ignorar los hechos no los evitan, en algunas ocasiones podría ser una alternativa saludable no alimentar la polémica. 

Otra opción es, como ha pasado ya, que el escrutinio y la denuncia social se conviertan en una justicia expedita. Que el culpable sea juzgado por todos aquellos que tienen acceso a la red, que los medios dediquen páginas enteras a la difusión de la noticia, que su empleador se tome la molestia de hacer un comunicado y que el mismo presidente hable de dicho tópico. 

Por lo tanto, ante la experiencia, es importante cuidar lo que se dice y el cómo se dice. En muchas ocasiones la virtud está en callar u omitir. Si lo pensamos bien, una declaración así en nada ayuda, al contrario, es la llama que enciende una serie de exteriorizaciones violentas. Una cadena casi interminable de insultos, amenazas, argumentos falaces, entre otros. 

Las redes sociales, como arma de doble filo, pueden hacer de megáfono a las ideas y los pensamientos más nobles de los que somos capaces, pero contrario a ello, casi siempre funcionan para magnificar los testimonios más burdos y ordinarios. Tal vez porque lo segundo nos fascina más que lo primero, o por lo menos porque es más fácil de asimilar. 

Todos tenemos derecho a equivocarnos, no es indispensable ser idiota para decir o cometer una idiotez. Oscar Wilde decía que las más grandes estupideces siempre son el resultado de las mejores intenciones. Es probable que esta mujer solo intentara ser graciosa, manifestar una idea que la colocara como opositora del gobierno y sus simpatizantes; pero ahora ha tenido que ofrecer una disculpa pública, ha afectado a la empresa en donde trabaja y el ejercicio de su profesión se tambalea. 

Quizá la mejor manera de evitar situaciones como esta y la forma en la que podemos contribuir a menguar las condiciones iracundas del día a día, es apelar a la prudencia, la empatía y la razón. Cuando tomamos como directrices dichos conceptos, nos ahorramos una vasta cantidad de disgustos. 

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