¡Dracarys! Exterminismo y cultura de masas

El fenómeno mundial

Game of Thrones ha sido indudablemente un fenómeno mundial que no deja a nadie indiferente: filósofos, politólogos, especialistas en relaciones internacionales y estudios de género han hablado de esta megaproducción de HBO, por no mencionar a la prensa especializada en espectáculos y la industria del entretenimiento.

¿Qué hay en esta serie televisiva, en esta producción cultural, que ha captado, como pocas veces, el espíritu de una época?

Recientemente la difusión de los estudios culturales, poscoloniales y de género nos han enseñado a atender la esfera de las representaciones culturales que circulan en los medios de masas. Así, por ejemplo, en el campo de la cultura digital, ha crecido el interés por los game studies; dado que la propia industria del entretenimiento cibernético se ha transformado radicalmente, ésta nos informa de nuevas subjetividades con las que coexistimos a diario. El hecho de que series, a menudo anglosajonas, como Breaking Bad, Black Mirror o Chernobil capten las pasiones, deseos y rechazos por parte de las audiencias parece informarnos no solamente de los hábitos de consumo o de la importancia económica del entretenimiento, sino que también nos informa de las representaciones de la política que nos hacemos socialmente.

Un factor clave, en este sentido, del éxito de GoT consiste en que la serie televisiva nos presenta una Edad Media posmoderna, que confirma y refuerza muchas de nuestras creencias acerca de los comportamientos de los poderosos (sus caprichos y deseos, sus traiciones y alianzas); pero también reúne, en el mismo espacio, a los inevitables dragones con los zombies que fascinan mórbidamente nuestras fantasías contemporáneas.

Respecto del lugar de las mujeres, pese a la notoria relevancia de muchos caracteres femeninos “fuertes” (como Arya, Daenerys Targaryen o la propia Sansa Stark) lo cierto es que, como escribe Érika Paz: “Westeros es feudal, patriarcal y misógina”.[1] A lo largo de las ocho temporadas vimos cómo los sujetos eran predominantemente los varones, mientras que las mujeres eran el signo que servía de intercambio para reforzar sus alianzas fundamentales; del mismo modo, el dispositivo de la violación también fue un factor que determinaba esta economía política del sexo-género para decirlo en términos de Gayle Rubin.

A pesar de que esos elementos ya han sido abordados por la crítica feminista con gran rigor, hay un factor que, sin embargo, no ha sido suficientemente analizado: la interseccionalidad de género, clase y raza en la violencia extrema del exterminismo cuyo máximo representante, a lo largo de la serie, fueron precisamente dos protagonistas femeninas: Cersei Lannister, al volar el septo con fuego varilyo, y Daenerys Targaryen durante la guerra por la conquista de Westeros y la consiguiente destrucción de Kings Landing. ¿Qué pasa cuando avanzamos unos pasos en la crítica de la racionalidad política que subyace a ambas mujeres que vivieron y crecieron, que fueron violentamente educadas según el contrato ficticio de la serie, en el “techo de cristal”? Por otra parte, el exterminismo, dentro del campo de la ficción y el cine de masas, no sólo está presente en GoT; el ejemplo más reciente, que despertó la fascinación e incluso el más extraño afán justificatorio, ha sido Thanos, el villano último de las producciones cinematográficas de Marvel. Los productores decidieron modificar toda la motivación original de los cómics (Thanos quería conquistar a la dama de la Muerte regalándole la mitad del universo), para convertirlo en un cálculo racional: eliminar a la mitad de la población universal para que los recursos existentes sean suficientes para que la otra mitad tenga una vida buena. En este giro neomalthusiano, el exterminismo legitima el genocidio aleatorio por sus supuestas consecuencias benéficas.

Pero, ¿qué sucede en el caso de Daenerys Targaryen?

 

Dialéctica de un personaje

Se trata de una de las protagonistas, si no es que LA protagonista, más querida de toda la serie. Vista por unos como heroína y libertadora, la encontramos en su figura de Madre de los Dragones; vista por otros como despidiada y cruel reina extranjera, la encontramos como una conquistadora intransigente. Al parecer la figura de Daenerys recibe sobre sí la admiración y el rechazo sin mediaciones en tanto extranjera: fugitiva desde niña, debe mantenerse en las sombras y es vilmente ofrecida por su hermano en matrimonio a los Dothraki para tener un ejército en la reconquista de Westeros; al enviudar, su liderazgo es puesto en cuestión hasta que obtiene un poder mítico con el nacimiento de sus dragones; conquistará sucesivamente gran parte del Oriente y liberará a los esclavos, mujeres y niños que han sido sometidos por los nobles de la región; finalmente buscará retornar al hogar en Occidente como cabeza de los siete reinos. En el periplo de la última de los Targaryen, la hija del Rey Loco, se da la tragedia del conflicto entre el Derecho y la Violencia.

Contra la mayoría de las interpretaciones de este extraordinario personaje, diré que Daenerys no es una revolucionaria sino una restauradora: la nacida en la tormenta no busca liberar a los pueblos, busca reinstalar en el trono al linaje noble que, desde su perspectiva, es el único con la legitimidad para gobernar a los siete reinos del poniente: los Targaryen. En ese sentido, Daenerys no es una revolucionaria sino una conservadora. Para lograrlo, la riqueza de su conciencia sometida que alcanza la liberación, encuentra en los esclavos y en el ejército de los Inmaculados (jóvenes raptados desde la infancia para ser adiestrados en las artes de la guerra) la fuerza popular: la joven aristócrata que busca la restauración de su familia en el poder del Poniente ve que la liberación de los oprimidos del Oriente es necesaria para acrecentar su legitimidad y ampliar su hegemonía. Nace así la Daenerys Libertadora. Pero la Libertadora se enfrenta a un doble dilema: si crece su empecinamiento en la liberación popular de los oprimidos, su imperio ganará extensión pero perderá fortaleza: hay, pues, que gobernar. El segundo dilema es que la Libertadora que se sabe Conquistadora no sabe gobernar. Tenemos acá una inflexión dialéctica: la Libertadora entonces se da cuenta de que es una Conquistadora en esencia, esa es su verdad; pero hacer crecer un imperio de libertos no es lo mismo que gobernar un imperio de ciudadanos. La conciencia desgarrada de Daenerys tampoco nos permitía ver una verdad más contradictoria: la Libertadora es una extranjera de Occidente que “rescata a mujeres cafés de hombres cafés”, para usar la aguda expresión de Gayatri Chkravorty Spivak: emerge aquí una condición racista y colonial en la cual la “mujer blanca” genera las condiciones materiales para la liberación de las “mujeres cafés” que, en y por sí mismas, no parecen poder llevar a cabo la conquista de su libertad. La mujer caucásica del “techo de cristal” no comprende la situación de las mujeres esclavizadas ni las necesidades de los exesclavos, pues sólo comprende su idea universal de un imperio unificado bajo las líneas de sangre patrilineales. Para sus homónimos de clase no tiene, por otra parte, más que fuego y castigos corporales, lo que despierta la resistencia indígena y una regresión ingobernable en Meereen. Necesita, pues, una mediadora y esa será Missandel, de ahí su papel fundamental como traductora y como consejera. Pero Missandel es una mujer subalterna ante Daenerys: la mujer que sabe pero es impotente, la mujer del sabio concejo pero no de la fuerza y la realización. Missandel no tiene dragones, sólo el rechazo por el antiguo régimen que hacía de ella una propiedad para otros; Daenerys tiene la fuerza, pero no puede negar por completo el mundo que hacía de los otros una propiedad. La traductora, la mujer como mediadora, niega radicalmente el antiguo régimen pero no lo puede destruir; la reina del extranjero, la mujer de los extremos opuestos, fracasa en su intento de mantener el justo medio en su imperio oriental. Para superar la contradicción habrá que volar a Poniente. Sin embargo, en Poniente, la mediadora de Daenerys, que es ajena totalmente a la cultura y las lógicas del poder de la nueva geografía, es ejecutada: ahora sólo quedan los extremos.

 

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El terrible impasse: alegoría del exterminismo y victoria póstuma de Daenerys

En Westeros, luego de la guerra contra los caminantes blancos, vemos a una Daenerys que reclama su trono frente a los Lannister. En uno de los momentos más estremecedores de toda la serie, notamos que la coalición del ejército del Norte y los Inmaculados del Oriente ganan fácilmente posiciones -¡incluso con la mitad de efectivos con los que contaban originariamente!- y que Kings Landing, a pesar del inquietante deseo casi suicida de Cersei, ha capitulado y se ha rendido: el pueblo hace repicar las campanas como señal de rendición.

En ese momento Daenerys mantiene el terrible impasse: duda y no sabe si hacer caso al Derecho de gentes (la ciudad ha capitulado, la población civil no forma parte del conflicto) o a la compulsión que –más allá de la crueldad- desea el exterminio. Es así que la Conquistadora sede a la Exterminadora: al grito de ¡Dracarys! la última Targaryen incendia, destruye y extermina a toda la población civil de Kings Landing.

Mientras el infierno llueve del cielo, en la tierra Jon Snow duda y finalmente repliega, impotente, lo que queda de su ejército, mientras los Inmaculados acaban con todo a su paso: Guardia Dorada y mujeres, niños, ancianos, combatientes y no combatientes. Todo se reduce a cenizas. Los planos secuencia que muestran a Arya Stark escapando, a lado de la población de Kings Landing, nos hacen sentir la desesperación de un pueblo que perece en un bombardeo, en una estrategia monstruosa y terrible, que forma parte de los juegos de tronos de las herederas del reino.

La decisión de Daenerys es terrible, en el sentido que filósofos como Kant o Burke le daban a esa palabra, porque nos traumatiza, nos deja impávidos ante la desproporción de los medios destructivos y ante lo innecesario de la acción en términos estratégicos: la guerra estaba ganada, el reino había sido conquistado, la legitimidad estaba trazada. El trono era de la última Targaryen. La fuerza de los dragones equivalía a la posesión de armas nucleares[2] y, sin embargo, ¿quién tiene los medios para destruir y suprimir poblaciones enteras no debe, por ello mismo, abstenerse de actual? Lo monstruoso e incomprensible de la actuación de Daenerys consiste precisamente en esa carencia de sentido, oportunidad y funcionalidad del exterminio. Creo que eso es lo que impidió una adecuada tramitación del giro inesperado del personaje. Pero si no hubiera giros indeseables, no sería GoT.

Sin duda, la imagen del último capítulo, en la que vemos a una crepuscular Daenerys caminando contemplativamente en la sala del trono de hierro, luego de exterminarlo todo a sangre y fuego, es de una poética enigmática y terrible. Lo que, en las primeras temporadas, se nos mostraba como la visión de su futuro, como la nieve complaciente que caería suave del cielo, se nos revela como los restos de inocentes hechos cenizas. Daenerys, quien había prometido a Tyrion “romper la rueda” del dominio, acabar con las guerras entre reinos para avanzar hacia una sociedad libre e igualitaria, se convierte en la Reina de las Cenizas. Mucho se ha hablado de los contrapicados y las escenas de formaciones de ejércitos de la demoniaca Reina de las Cenizas, que deben su encuadre por completo a Leni Riefenstahl y su filmografía nazi. La genealogía visual queda bastante clara y el exterminismo de Daenerys es el eslabón que nos faltaba para comprenderla. Evidentemente, comparto la opinión mayoritaria acerca de la falta de desarrollo de esta conversión de la Madre de los Dragones en Reina Loca, homologándola al padre y su destino, pero lo cierto es que a lo largo de la serie había elementos para comprender que este giro narrativo no fue una decisión apresurada ni un mero accidente. La octava temporada, apresurada y todo, nos muestra en cámara rápida una serie de decisiones que ya estaban jugadas en el guión: es consistente, pero no bien realizada. Es probable que el afán de producir la nueva trilogía de Star Wars pesara más en el ánimo cansado del equipo de producción, que la idea de continuar por tres temporadas más como había prometido HBO. Sin embargo, a pesar de lo abrupto del final, lo que se ha notado muy poco es que, de forma póstuma, el triunfo fue de Daenerys Libertadora: antes de ser ultimada por otro Targaryen, Jon Snow, la Reina de las Cenizas sostenía que Cersei, su enemiga, “usaba su inocencia (la del pueblo de Kings Landing)” en contra suya.[3] La verdad de la exterminadora es la restauración del reino de los Targaryen a cualquier costa; al ser ultimada precisamente por Snow vemos que no se trató de un feminicidio, pues -en la ficción- no se la “asesina por el hecho de ser mujer” según indica la definición técnica, sino que, por el contrario, tenemos un regicidio, pues se le da muerte en su calidad de tirana y amenaza mayor para los siete reinos.[4] Este terrible destino, decíamos, realiza su verdad más importante (no olvidemos que hablamos de personajes de ficción y no de mujeres de carne y hueso, cuya agresión nunca está justificada) precisamente en la elección del único rey que puede saberlo todo y, simultáneamente, no puede continuar con la herencia patrilineal de la sucesión al trono: Brandon Stark, el Cuervo de los Tres Ojos. En este sentido, una entidad sobrehumana destruye la rueda –como era el deseo de la Libertadora Targaryen- al transitar, no a una democracia ciertamente, pero sí a una monarquía constitucional y parlamentaria.

Creo que estos elementos nos hacen ver el triunfo póstumo de Daenerys y nos permiten hacer una crítica del exterminismo presente en las ficciones contemporáneas. Y al analizar una serie tan rica en implicaciones como GoT intenté mostrar las figuras de la experiencia cultural, como Hegel hizo con la imprescindible figura de Antígona. ¿Qué lecciones podemos tomar de esas astucias de la historia?

[1] https://www.rompeviento.tv/?p=59830 [Consultado el 13 de junio de 2019). Suscribo por completo el excelente análisis de Érika Paz, del que sólo me separo para estudiar la enigmática figura de Daenerys Targaeryen, como se verá más adelante.

[2] Como comentaban mis queridas Érika Paz e Ismene Bras en un conversatorio que tuvimos sobre Game of Thrones hace unas semanas.

[3] Este fue un punto neurálgico en las reacciones y recepciones de la serie en redes sociales. Una vez que descartamos todas las críticas sexistas y machistas, había comentarios interesantes: había quienes repudiaban las acciones de Danaerys por encontrarlas injustificables, si bien comprendían que era una estrategia racional y calculada por parte de la Targaryen; había, por otra parte, quienes comprendían y además justifican moralmente las acciones –siempre dentro del contrato ficticio de la serie- porque Daenerys era mujer. Estos falsos dilemas son, por otra parte, sugerentes de nuestras propias elecciones. Cuestionar a un personaje ficticio y femenino, como Daenerys, no implica necesariamente machismo: se trata de cosas distintas. Así ocurre, por ejemplo, cuando cuestionamos las políticas de Margaret Tatcher y sus conflictos conservadores con los sindicatos ingleses: el hecho de que Tathcer fuera mujer no es significativo para cuestionar sus posiciones políticas, puesto que “ser mujer” no es un predicado ni un verbo transitivo que podamos extrapolar a sus posturas ideológicas ultraconservadoras.

[4] Lo que iría en una vía contraria a la interpretación del asesinato por “amor romántico” y al reforzamiento de estereotipos de género. El regicidio fue una de esas nociones que cautivaron la imaginación política de siglos de literatura europea, que van de Santo Tomás de Aquino, pasando por Dante y de la Boëtie, hasta John Milton.

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