El 68 es hoy: el ahora como cita con la historia

El relato de la Revolución en México está hecho, como buen monumento, de piedra. Es una memoria de granito, decía una amiga mía. Sólidos como están los rostros escultóricos de la familia revolucionaria, confinados ¿para siempre? a una fraternidad que no tuvieron en vida, Madero, Villa y Zapata son el relato fundante de lo que ahora se desfunda. Y ahora no es sólo hoy, que ya Juan Rulfo mostraba ese desmoronamiento de un Pedro-piedra con que está hecho un pueblo (Comala) o un país (México).

Ahora no es sólo hoy. Ahora es el tiempo del ahora de Walter Benjamin (Jetztzeit): en él están incrustadas astillas de un tiempo mesiánico, que no es el tiempo de un mesías, sino oportunidad emancipatoria. El pasado no está sólo en el pasado, “atrás”: está aquí, astillado en este ahora y en los que pudieran seguirle, aunque las astillas corran el riesgo de perderse. Pregunta el mismo Benjamin si “acaso no nos roza, a nosotros también, una ráfaga del aire que envolvía a los de antes”.  Si “en las voces a las que prestamos oído no resuena el eco de otras voces que dejaron de sonar”. Porque, de ser así, tenemos una cita secreta con la historia.

Dice Sergio Villalobos sobre el 11S chileno: “el golpe como repetición de la catástrofe comporta un involuntario don: desocultar la ficción soberana”. Creo que podríamos leer algo similar sobre el 2 de octubre del 68 en México, e incluso sobre el 26 de septiembre del 2014. Tlatelolco, Ayotzinapa… pero también Tlatlaya, Acteal, Atenco, Aguablanca, el halconazo… ¿no podemos leer en cada uno de esos otros golpes la repetición de la catástrofe? ¿Y no ha sido cada uno una oportunidad para desocultar una ficción soberana, una verdad histórica e inclusive para llamarla, con Témoris Grecko, una mentira histórica?

Si, según Patricio Marchant, para Gabriela Mistral “la raza es la condensación histórica de una siempre-repetida experiencia originaria de violencia, asociada al evento del Descubrimiento y reactualizada periódica y regularmente”, ¿podemos pensar algo similar para los movimientos sociales en México? Condensando, concentrando (aunque en varios “centros”), la reiteración de la experiencia de violencia.

Lo seguro es que muchos de nuestros movimientos pretenden establecer la catástrofe como catástrofe: la necesidad de decir todo esto ahora. La memoria no es un “asunto del pasado”, sino del ahora incrustado de él. Por lo tanto, los materiales para hacernos de ella (para hacerla a ella) no podrán ser el granito y la piedra, que tratan de congelar una imagen e impedirle cambiar mientras, a la vez, adoran un progreso mítico que quieren acelerar. Una memoria en tiempo real necesita de fuentes pintadas de rojo aunque el agua se lleve su color de inmediato; necesita pañuelos bordados con los nombres de los asesinados y de los desaparecidos de todos los días. Aun con la fragilidad de la tela. Aun, pero también precisamente por, la ligereza del hilo.

Si para Mistral y Marchant “‘mestizo’ es el nombre de un habitar irresuelto” y el pueblo latino es amigo errante del viento, habría que decir que su errancia, su estancia, se ve amenazada (y renovada) de formas inéditas. Porque errantes son los cuerpos en el tráiler de la muerte de Jalisco, ¿pero qué tanto están? ¿Los desaparecidos están errando también? ¿Participan de un habitar irresuelto? Quizá sí, pero de otra manera. Por ejemplo, cada vez más, erran en las memorias que nos hacemos del ahora.

Por eso con ellos, con los 43 y con los masacrados en Tlatelolco hay que tener una cita, pero no hace cincuenta años ni cuatro, sino ahora.


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