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1968: Memoria y presente de la agenda de la juventud.


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El 2 de octubre de 1968 permanece en la memoria nacional.  Constituye un momento fundacional de un proceso de cambio democrático que necesariamente nos alcanza y nos aporta lecciones inaplazables y responsabilidades intransferibles.  Se dice de forma recurrente que el 2 de octubre no se olvida, no podría ser de otro modo porque se trata de un compromiso con lo que no debe volver a ocurrir, con la defensa inquebrantable de las libertades políticas y en especial con el libre ejercicio del derecho a la manifestación pública de las ideas. Se trata entonces de un compromiso con la memoria y desde ahí con lo que podemos ser.

En la democracia el olvido es algo más que faltar a la responsabilidad y al compromiso con las víctimas, a las causas de la crítica y a las aportaciones de las movilizaciones, el olvido es en sí mismo una omisión deliberada que abre riesgos mayores para avanzar en la difícil senda de construir una democracia como forma de vida en que los derechos sean exigibles.   El olvido de las causas sociales de ayer constituye una renuncia a comprender las razones de las causas de hoy y a conmoverse con el cuadro de desigualdades presentes en la República en clave de pobreza, marginación y exclusión social.

Pero sobre todo, el olvido condena a la inacción porque se pierde la perspectiva histórica de todo lo que ha quedado pendiente con millones de personas y familias que precisan de lo más elemental, se trata entonces de los múltiples desafíos que tenemos en materia de desarrollo social y humano.  En este cuadro de desigualdades debe comprenderse la acción política del presente y del futuro, hay política en las movilizaciones, en los reclamos, en las redes sociales y en las diferentes formas en que hoy, distintos grupos y colectivos, en especial las y los jóvenes,  expresan su desencanto con la circunstancia que nos toca vivir, y eso es precisamente lo más valioso en la práctica política que tenemos en México, es decir, que esta inconformidad y estos reclamos se expresen en política y desde la política partidista o no partidista.  


En las redes sociales, en las calles, en las escuelas y universidades encontramos jóvenes que cuestionan y que proponen. Esa es la mejor forma de honrar lo que aportó el movimiento estudiantil de 1968, nuevas generaciones que apuestan por conocer lo que pasa en nuestro país y el mundo, que cuestionan las estructuras existentes, que dirigen su vocación crítica a las promesas incumplidas y a los síndromes ominosos de nuestro atraso jurídico e institucional como son la corrupción y  la impunidad.  Ni modo de pedir a los jóvenes conformidad y aceptación ante lo que todos sabemos que está mal y que de forma evidente se conoce a través de los medios de comunicación, del debate y la denuncia pública y de la lucha por el poder.

Las juventudes en su pluralidad reclaman, cuestionan, critican y se expresan hoy en México, lo que representa una avance democrático sustancial en sí mismo -sin desconocer en ello páginas escritas con los sellos de la represión, del control y la estigmatización- pero a la vez muestra que la política debe ampliarse para que sea una ruta transitable de cambio social, y la vía por excelencia del perfeccionamiento de las leyes, las instituciones y en sí de la vida colectiva.  La política no es propiedad de los partidos políticos, ni del gobierno en turno, menos aún del conjunto de las instituciones, la política lo sabemos desde y con 1968 es un patrimonio de todos, y debe serlo para que nuestra posibilidad de vivir en civilidad sea real. Los jóvenes muestran que la política es posible, que es posible construir mejor, que hablar los problemas es mejor que ocultarlos.   

Los tres poderes de la Unión, las organizaciones de la sociedad civil, las escuelas y en si los espacios e institucionalidad de la vida social estamos ante la necesidad de construir nuevas avenidas para la participación y expresión de los jóvenes. Es decir, se trata del modo en que se construye la relación entre gobierno y ciudadanía, y al interior de la propia convivencia social. Los jóvenes deben encontrar respuestas, oportunidades y el acceso a las capacidades que les permitan elegir un proyecto de vida y realizar en condiciones de dignidad y de equidad.

Al mismo tiempo es necesario desplegar políticas públicas que respondan a la problemática que se presenta en un rango de edad cuya discusión permanece inacabada y en medio de un debate inconcluso aún al interior de los organismos internacionales (ONU), sin embargo, es necesario apuntar que en el sector de la población menor a treinta años se concentran una serie de problemas algunos conocidos y otros de nueva generación a los que debe responderse como son los accidentes, las muertes violentas, de la participación en las redes de la delincuencia organizada -en varios casos de manera no voluntaria-, los trastornos alimenticios, el VIH/SIDA, la depresión, la deserción escolar, las adicciones y otra serie de problemas y tensiones que muestran la necesidad impostergable de generar políticas integrales para la atención de la juventud.

En 2013 fallecieron 34 509 jóvenes, 5.6% de las defunciones totales. La sobremortalidad masculina es una característica de las defunciones en este segmento de la población. A nivel nacional fallecen 316 hombres por cada 100 mujeres. Las desigualdades observadas en los niveles de la mortalidad entre hombres y mujeres reflejan diferencias en los riesgos a los cuales se exponen. Las tres principales causas de muerte en los varones son provocadas por agresiones (28.7%), accidentes de transporte (17.2%) y por lesiones autoinfligidas intencionalmente (7.2%). Todas ellas catalogadas como violentas y en conjunto representan 53.1% de las defunciones totales de este grupo de población. En la población femenina se mantiene una estructura similar a la de los varones, fallecen principalmente por agresiones (11.2%), accidentes de transporte (10.3%) y lesiones autoinfligidas intencionalmente (6.2%), aunque su nivel es menor ya que en conjunto apenas superan la cuarta parte de sus defunciones totales (27.7 por ciento).

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Tanto en hombres como en mujeres, estas tres causas de muerte se presentan en los distintos grupos de edad, excepto en las mujeres de 25 a 29 años, en que la diabetes mellitus (4.1%) se encuentra como tercera causa de muerte de este grupo de edad.

En ese marco, deben tomarse decisiones para crear más espacios educativos en educación media superior y superior. Una nueva generación de espacios públicos para el esparcimiento, y el desarrollo de una cultura de la paz que abrace la diferencia, la comprensión y la tolerancia. Se trata de vectores para una agenda posible que se sitúa en las coordenadas de la eficacia de la política. La educación es parte central para el desarrollo. Y si bien se han realizado esfuerzos para acabar con el rezago educativo y brindar las mismas oportunidades para toda la población. Datos de la ENADID 2014 muestran que 33.8% de los jóvenes cuentan con educación media superior y 19.9% con educación superior. Destaca que 1.2% no cuenta con instrucción o solo tiene el preescolar y 3% tiene primaria incompleta. En los adolescentes, la proporción de aquellos que tienen una escolaridad menor a la primaria completa es de 3%, en tanto que 5.9% cuenta con primaria completa y 42.2% con algún grado de secundaria..

En el caso de los jóvenes la respuesta no podría estar sólo en los partidos políticos o en la inclusión en los espacios de gobierno, sino en nuevas formas de participación que se vierten desde los movimientos sociales hasta las organizaciones de la sociedad civil donde diversos temas concentran la atención y el trabajo de miles de jóvenes a lo largo de la República como es la preservación del medio ambiente, la lucha contra la pobreza, el trabajo en  favor  de la educación y diferentes iniciativas para el cuidado de la salud, por solo mencionar algunas. El que estas agendas y esta proliferación de expresiones juveniles están presentes en México obedece en parte a momentos fundacionales de la vida pública como lo es y lo seguirá siendo el 2 de  Octubre de 1968.

 


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