La lucha libre extrema: la poesía del caos

 

 

La lucha libre tiene una cara siniestra, una vertiente en la cual la pasión y la sangre inundan  los cuadriláteros de una manera torrencial, casi sublime, pero excesiva, dramática y brutal.


¿Por qué los luchadores participan de un ritual tan violento cómo éste? En el cual, los participantes pueden terminan con lesiones tan graves que deben mandarlos al hospital. La finalidad pues, es masacrar al contrincante, todo tipo de instrumentos para las golpizas son bienvenidos: sillas, mesas, tablas, cartones de cerveza (con todo y cerveza), botellas de vidrio, bats, tubos, alambres de púas, escaleras, botes de basura, engrapadoras, tachuelas, fuego, lámparas de luz de halógeno, y todo lo que se les ocurra a los atletas extremos. “Me gusta el dolor”, es la respuesta de Aeroboy “El marcado por lo extremo”. El dolor libera endorfinas en tu cuerpo, y en esta liberación hay un placer extremo, que puede llegar a convertirse en una adicción. La mayoría de los luchadores extremos son adictos al deporte que practican, (porque la lucha libre extrema sigue siendo un deporte ¿o no?)

 

Las lámparas de luz de halógeno son los instrumentos preferidos de la lucha extrema, por su atractivo. Una de las peculiaridades de esta arma —emblemática de la lucha extrema—  es que, con el impacto, el vidrio se entierra en la piel, y entre más esfuerzo hace el esteta por quitárselo, más se entierra. Otra de sus virtudes destructivas —como explica el luchador extremo Kaentai en el documental Tres Caídas  de Nacho Cabana— es que hay un riesgo a largo plazo, pues las lámparas contienen un gas que puede provocar cáncer en la piel “y esto es algo extra a lo que te enfrentas cuando utilizas uno de estos instrumentos en tu lucha”.   

 

En la lucha extrema existen reglas, muy pocas, pero existen. Las luchas están pactadas a una sola caída y no importa si tu rival está mal de amores o está chiquito —El Tirantes dixit— lo que importa es cuánto castigo pueda soportar. El público que asiste a estas arenas también sigue reglas y pautas, como en todo ritual se deben seguir códigos de conducta, sobre todo si se quiere evitar accidentes, aunque pareciera todo lo contrario. El público busca liberar sus pasiones más ocultas, como sucede con los aficionados de las películas Snuff, se trata de desbordar el lado más sangriento del público para canalizar las pasiones asesinas de los individuos. Eso es algo muy normal y necesario en las sociedades, porque a diferencia de las peleas de perros o los toros, los luchadores elijen, tiene la opción —libre hasta de todo tipo de convenciones morales—, de decidir si se dedican a este rudo oficio.

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El 16 de junio de 2015, el diario Récord publicó un artículo titulado “Lucha Libre extrema se realiza en la clandestinidad del EdoMex” [http://www.record.com.mx/articulo/noticias/4209617/lucha-libre-extrema-se-realiza-en-la-clandestinidad-del-edomex]  en donde se hace una reflexión: Un espectáculo tan sangriento como la lucha libre extrema debe ser regulado, ya que “no existe medida alguna de seguridad entre los aficionados y los luchadores”, pues la mayoría de las empresas de Lucha Libre extrema en México evitan la utilización de barreras de seguridad porque buscan que el aficionado tenga una mejor relación con el luchador. Sin embargo, qué sería de la lucha libre sin esta interacción entre el aficionado y el atleta. Como señaló la fotógrafa Lourdes Groubet —cuyo nombre está ligado para siempre al arte de los costalazos— en una entrevista: “Televisa ha prostituido toda la cultura, y es gracias a la televisión que la lucha libre tiene una barrera entre el público y el aficionado”.

 

Hay muchos fanáticos de la lucha libre a los que no les interesa el llaveo y el contrallaveo. Lo único que buscan en la Lucha Libre es otro tipo de evento: la sangre derramada, la pasión inflamada, la imagen de la destrucción, la poesía del caos.


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