Dios es amor y lluvia: Una historia de taxistas homofóbicos

Por Carlos Alberto Olvera Zurita

Foto: Francisco Azola, vía Creative Commons

Es necesario plantear la situación; vienes cansado de un largo viaje que duró cinco horas, lo único que quieres es llegar a tu casa y dormir en tu deliciosa cama, bajas en la central camionera de tu ciudad, buscas un taxi, encuentras uno y el chofer no deja de platicar contigo, con preguntas básicas como ¿De dónde viene?, ¿Cómo es allá?, ¿A qué se dedica?. De la nada una conductora se le atraviesa y el conductor, con evidente enojo, vocifera: “¡Yo no sé porque dejan manejar a las mujeres!, a mi vieja por eso no la dejo ni salir de la casa, es el lugar donde deben de estar. Huy joven, si le dijera, yo tengo otra señora y mi vieja ni en pedo, le digo, están bien pendejas las mujeres”.

Si no te molestó la actitud del taxista o, peor aún, si justificas sus comentarios, tal vez esta no sea una lectura para ti pero te sugiero la sigas leyendo.

Lo he dicho, el problema de que los taxistas no paren de hablar no es que hablen, sino que muchas veces y por lo menos en el caso de Aguascalientes, la mayoría de las veces, el taxista no limita sus opiniones creyendo que todos son misóginos, intolerantes, xenófobos, homofóbicos, (…) como él.

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Es aquí donde comienza la historia de la noche de un jueves cualquiera, hace como tres años atrás en la ciudad de Aguascalientes, esa vez, no sé porque, a mi y una amiga nos dieron ganas de tomarnos unas cervezas, vivíamos juntos así que fuimos al lugar más cercano y barato que encontramos, estando ahí y ya con dos caguamas en la panza [cada uno] se nos hizo fácil ir a un antro, pero no a cualquiera, sino a un antro gay, muy famoso en la ciudad, aparte de que los jueves hay barra libre por solamente 50 pesos.

Salimos del bar barato, que por cierto aún existe, y tomamos un taxi. Fue de verdad sencillo, sólo levantamos el índice y un taxi apareció ¡lo cual es muy raro en esta ciudad con un desesperante déficit de vehículos de ese tipo!, nos subimos, los dos en los asientos traseros y le dijimos la dirección a la que íbamos.

“Buenas noches”, dijo el taxista. “Buenas noches, nos lleva a Madero, enfrente de la Farmacia Guadalajara”, le contestamos, “sí”, asintió y puso el taxímetro.  

Después de su respuesta positiva el chofer se quedó callado, mientras tanto yo y mi amiga platicábamos de cualquier cosa, que sé yo, talvez de Ren y Stimpy o de mi relación recién terminada, quién sabe.  Como si nada el conductor interrumpió.

“Ya sé a dónde van, van a ese lugar de maricones que está en Madero”, mi amiga y yo nos volteamos a ver con extrañeza y contesté “¿Qué tiene si vamos ahí?”, “Pues nada” replicó y agregó “Sólo que ¿Saben ustedes por qué no ha llovido? (ciertamente no había llovido como por cuatro meses)”, “¿Por qué?” le pregunté con actitud nefasta, sabiendo que daría una respuesta de mierda.

El tipo, de alrededor de unos 50 años o probablemente más, empezó a dar una letania religiosa en la que no hilaba ni dos argumentos y aseguró que la temporal sequía era un castigo de Dios por toda la homosexualidad que se había desatado en nuestro país, que los culpables de que las cosechas se estuvieran secando eran los homosexuales y su inmoralidad que el punto de quiebre había sido la aprobación de las bodas gays en el Distrito Federal.

Después de tan increíble argumentación dudé que estuviera hablando en serio, pero para mi lastima así era, sus argumentos intolerantes salían desde lo más profundo de su intolerante cabeza así que intentando mantenerme tranquilo, lo cual generalmente no resulta, le expliqué que nada tenía que ver la orientación sexual de un sector de la población con el fenómeno de El Niño, que estaba ocasionando la sequía.

A él mis argumentos le importaron menos que una propina que ya había perdido así que continuó diciendo que Dios estaba castigando a la sociedad por ser permisiva con los “maricones” como dando por hecho que tanto yo como mi amiga creemos en Dios y sus castigos.

Tomando en cuenta eso, pero ya fuera de mis casillas debo admitirlo, comencé a hablarle en nombre de Dios, aunque la verdad, es que casi no sé de temas católicos ni religiosos en general, le dije que Dios no tenía razón alguna para odiar a sus hijos, aunque ellos fueran homosexuales, porque si algo sé, es que Dios no odia. Tonto de yo, lo único que logré fue avivar su terquedad y su intolerancia, ¡lo ofendí! Hablando en nombre de Dios y dijo “Dios está castigando a los homosexuales y entre las patas nos llevan a todos”, le dije “cállese y haga su trabajo que le estamos pagando”.

El tipo no paró, ya faltaba poquito para llegar a la añorada barra libre así que pese a la tortura mental que estaba viviendo no me quise bajar del Tsuru rojo, al igual que mi amiga que en su característica positividad no le puso mucha atención ni a él ni a mi.

Pese a mi advertencia el tipo no se calló, continuó con su discurso de odio, además nos dijo que nos bajáramos si queríamos, porque claro, como buen taxista te está haciendo el favor de transportarte yo le respondí que en lugar de odiar a los gays debería agradecerles por darle trabajo, el tipo se encendió y me retó a los golpes, mi amiga le advirtió: “señor, mejor cállese, mi amigo sabe taekwondo”, yo me reí porque si bien practiqué taekwondo toda mi preparatoria, esa disciplina no sirve de nada para pelear y mucho menos contra un taxista iracundo y homofóbico.

El sujeto continuó jodiendo, dijo que él no le debía nada a nadie, haciendo referencia al trabajo que creí le brindaban los gays, agregó que él había mantenido a sus siete hijos sin ayuda de nadie, “todos hombrecitos”, aseguró. Por suerte ya habíamos llegado al destino y finalicé la discusión pagando y diciéndole “alguno de sus siete hijos podría ser gay”.

El tipo seguía gritando desde adentro del automóvil y mientras nosotros lo veíamos desde abajo y algo tocó mi nuca, así de romántico e increíble, una gotita cayó sobre mi nuca, y sobre el parabrisas del Tsuru otras decenas de gotitas; empezó a llover, después de cuatro meses sin lluvia, Dios o el fenómeno de El Niño o el Niño Dios nos dio la razón esa noche, el odio ciega y hace a la gente ignorante.

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    la neta si pareces choto