¿Filipinas, el paraíso del turismo sexual infantil?
Aunque Filipinas es ampliamente reconocida por sus playas paradisíacas y su riqueza cultural, paralelamente esconde una realidad de la que poco se habla: se posiciona como uno de los principales epicentros de la explotación y abuso sexual infantil, tanto en entornos físicos como digitales.
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Alrededor de un tercio de los niños, niñas y adolescentes en Filipinas vive por debajo del umbral de pobreza, de acuerdo con datos de UNICEF y Better Care Network. Esto ha llevado a miles de familias a buscar alternativas extremas para sostener su nivel de vida.
La prostitución es una de ellas.
Ángeles, la ciudad del turismo sexual
Según la Autoridad Estadística Filipina, en 2015 el país tenía una incidencia de pobreza del 26,3%. Aunque esta cifra ha ido disminuyendo en los últimos años, sigue siendo una de las razones por las que las niñas y sus familias recurren a la prostitución para que la familia pueda subsistir.
Un gran número de adolescentes que provienen de provincias empobrecidas, suelen migrar hacia los distritos rojos urbanos como Cebú, Sámar, Leyte, y principalmente, Ángeles, una ciudad mundialmente conocida por albergar una de las industrias del sexo y turismo sexual más grandes del Sudeste Asiático.
En Indonesia, Filipinas y Tailandia el sector del trabajo sexual mueve entre 2% y 14% del PIB, y los ingresos que genera sustentan a muchas personas. De acuerdo con la investigación ‘La estructura del “sector del sexo” en el sureste asiático. Una realidad poliédrica’, en muchos de estos países el trabajo sexual y el creciente turismo sexual está vinculado al progreso, crecimiento económico y modernización en sociedades económicamente tradicionales.
Sin embargo, el abuso y la explotación no siempre parecen violencia desde fuera.
Los hijos olvidados del turismo sexual
La mayoría de las mujeres que se dedican a la prostitución son madres solteras. Se estima que miles de niños nacen cada año en Filipinas debido a estas interacciones casuales, y factores como la ilegalidad del aborto y el poco uso de anticonceptivos incrementan la frecuencia de estos embarazos.
Los turistas internacionales, atraídos por la falta de regulaciones en este tipo de destinos, son los que suelen entablar este tipo de relaciones. Al regresar a sus países, muchos de ellos dejan atrás a las mujeres, que pasan a convertirse en madres, y con ello, hijos de los que no tienen consciencia, sin ningún tipo de apoyo.
Australia, Estados Unidos, Nueva Zelanda, son solo algunos de los países de los que son originarios los principales clientes del turismo sexual. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), la explotación sexual representa el 79% de los casos de trata de personas a nivel global, siendo las principales víctimas mujeres y niñas.
En contraste, las calles y la vida nocturna de Ángeles son transitados principalmente por extranjeros, jubilados, hombres de negocios y turistas provenientes de los países mencionados. Este fenómeno se ha normalizado tanto en la zona que se produce de manera cotidiana con una visibilidad sin censura, donde es común ver a extranjeros de avanzada edad acompañados de mujeres visiblemente jóvenes, y en dinámicas de evidente asimetría económica.
La criminalización de las víctimas vs la impunidad de los clientes
Aunque el turismo de masas se enfoca en el entretenimiento adulto, en Filipinas el trabajo sexual sigue siendo ilegal bajo el Código Penal Revisado, el cual clasifica a las mujeres en situación de prostitución como “vagrants” (vagas), lo que aumenta su vulnerabilidad frente al acoso y la extorsión policial. Además, son más vulnerables a las violaciones, los asesinatos y el VIH/sida, así como a otras enfermedades de transmisión sexual.
Detrás de las fachadas de clubes nocturnos, karaokes, salones de masajes o servicios de acompañantes, ciudades como Ángeles se consolidan como uno de los principales focos de trata de menores con fines de explotación sexual.
Su negocio se extendido hasta el plano digital, convirtiendo a Filipas como el centro mundial de la explotación sexual infantil y el abuso sexual en vivo. Gracias a la expansión de internet, los agresores han caído en cuenta de que no necesitan viajar al país para explotar a las víctimas, solo necesitan pagar a través de transferencias financieras a facilitadores locales a cambio de transmisiones de abuso en vivo y en directo por plataformas digitales.
Esta red de depredadores es sumamente difícil de combatir porque, en la gran mayoría de los casos, la facilitación del contenido está a manos de los propios familiares directos o por comunidades enteras que dependen de estos ingresos para subsistir. Sin embargo, ahí se oculta la explotación de niñas y adolescentes (muchas de ellas menores de 15 años) dirigidas a abusadores internacionales.
¿Qué ha hecho Filipinas para combatir esta problemática?
El país cuenta con la Ley contra el Abuso Infantil (1992), la Ley contra la Trata de Personas (RA 9208), la Ley contra la Pornografía Infantil (RA 9775) y la reciente Ley contra la explotación de menores en línea (RA 11930). Sin embargo, la implementación de sus leyes se ven obstaculizadas por una creciente corrupción e impunidad presentes en el sistema judicial, los oficiales de inmigración y las fuerzas del orden a nivel local.
De igual manera, en marzo de 2022 se aprobó una reforma que elevó la edad de consentimiento sexual de los 12 a los 16 años para proteger a los menores del abuso. Sin embargo, esto no se ha reflejado en una disminución de casos de explotación sexual.