Si las mujeres sostienen el sistema de salud, ¿por qué no lideran la toma de decisiones?

En todo el mundo, las mujeres representan cerca del 70% de la fuerza laboral en el sector salud y de cuidados, pero solo ocupan el 26% de los cargos directivos más altos en los ministerios de salud. Sin embargo, esta brecha no se debe a una falta de capacidad, sino a una compleja historia de barreras estructurales, culturales y sociales.

Hemos hablado de que los cuidados los sostienen las mujeres desde la infancia hasta el cansancio, muchas veces bajo un esquema de trabajo no remunerado dentro de los hogares y sus comunidades. Pese a esto, el liderazgo en el sector de salud se ha construido históricamente sobre parámetros masculinos.

Los parámetros masculinos en cuestión:

  1. Sesgos culturales: El liderazgo se ha construido históricamente sobre atributos como autoridad, ambición, competencia, autosuficiencia y control que lamentablemente se asocian a la masculinidad, mientras que se suele asociar la feminidad con debilidad, sentimentalismo y falta de objetividad. Desde aquí, ya se está generando un sesgo visible.
  2. Organización desigual de cuidados: Las mujeres dedican entre el triple y el cuádruple de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Como resultado, les genera una sobrecarga que limita su tiempo para la formación continua, la participación política y el desarrollo de una carrera profesional ascendente. En el sector sanitario, los hombres representan menos del 30% del personal, pero sí sostienen más del 70% de los puestos directivos.
  3. Violencia en los entornos laborales: Otro punto central que impide que las mujeres alcancen estos puestos de liderazgo viene acompañado de deficiencias institucionales, como la falta de protocolos efectivos contra el acoso sexual y la violencia laboral, que muchas veces son generados por parte de colegas de mayor rango. Asimismo, los horarios rígidos o la ausencia de salas de lactancia, expulsa a muchas profesionales del camino hacia el liderazgo.
  4. La exclusión implícita en redes de poder: El liderazgo masculino se refuerza mediante mecanismos sutiles de exclusión implícita, como la invisibilización, subrepresentación y una falta de reconocimiento al trabajo de las mujeres. Tan solo en la pandemia de COVID-19, solo el 21% de los equipos de respuesta estuvieron liderados por mujeres. Esta dinámica se impregna en la cotidianidad asegurando que los espacios clave de toma de decisiones permanezcan restringidos.

Los datos

De acuerdo con información del Task Force Interamericano sobre el Liderazgo de las Mujeres, en América Latina las mujeres representan el 72.8% del personal sanitario y el 87% del personal de enfermería, pero ocupan menos del 30% de los cargos directivos.

A nivel mundial, crece hasta un 90% del personal de enfermería, aparte de predominar en áreas como geriatría, obstetricia y asistencia a personas dependientes, funciones que suelen ser extensiones de los roles de género sociales.

A pesar de ser mayoría, enfrentan barreras invisibles para ascender. Por ejemplo, en facultades de medicina, solo el 30% de las decanas son mujeres, y apenas el 12% de las directoras ejecutivas de empresas de salud son mujeres. Sin mencionar que permanecen con salarios más bajos y empleos de menor calidad.

En los espacios de representación política y diplomática de la salud, solo el 31% de los países de América Latina y el Caribe tienen a una mujer como máxima autoridad sanitaria. En el Caribe, esta cifra baja al 18.7%.

Es tiempo para que las mujeres ocupen un rol en la toma de decisiones

Cuando las mujeres están ausentes de los espacios de poder, las políticas y estrategias sanitarias tienden a ignorar las necesidades específicas de la mitad de la población. Es importante que se asegure la participación de mujeres en posiciones de liderazgo para impulsar soluciones más inclusivas, justas y sostenibles para todos y todas.

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