La barra de los poetas
Emily Dickinson dice que un poeta es quien extrae asombrosos sentidos de los significados más comunes (“A poet, it is that distills amazing sense from ordinary meanings”). Me gusta su definición porque demuestra que hay un proceso del espíritu y del corazón que permite desnudar lo extraordinario que habita en lo ordinario. Ella no dice que un poeta inventa, o que es una persona que presenta lo desagradable como si fuera aceptable; dice que hay un proceso no solo químico, sino casi alquímico, en el que se condensa una experiencia, gota a gota, hasta que se obtiene una esencia. Significa separar lo puro y lo impuro, para producir un licor de sentido, es decir, algo que embriaga, que produce un estado de conciencia en el que una verdad se nos revela.
Siempre ha resonado en mí la sensación de que la poesía produce entusiasmo por la existencia: mientras la filosofía y las ciencias sociales intentan ordenar y dominar el entorno a través de su racionalización, lo poético es dejarse impresionar por las fuerzas presentes en el mundo. De hecho, filósofos tan importantes como Platón rechazaron la poesía porque conmueve, seduce y despierta emociones intensas, de modo que temía que esto desordenara la razón y la vida moral de los ciudadanos, pues en la visión del maestro griego, solo se necesitan unos versos perrones para descarriarse.
Sin embargo, ese es precisamente el poder que la poesía reivindica: abrirle espacio a lo incontrolable, darle voz a lo que no cabe en fórmulas ni sistemas. Lo que Platón veía como peligro, yo lo veo como salvación: permitir que lo inesperado nos desarme, que una imagen nos quiebre, que una metáfora nos expulse de la comodidad de lo RE-CONTRA-sabido. La poesía no es un desorden de la razón, sino un orden paralelo, un espacio vital donde el pensamiento se mezcla con la emoción y se vuelve sensación.
Mientras que la filosofía busca la verdad como idea, la poesía la encuentra como intensidad; si la ciencia busca explicar, la poesía busca encantar. Y ahí radica su mayor virtud: que no ofrece certezas, sino estados; que no se consume en la utilidad, sino en su propio resplandor. En ese sentido, un poema no es solo un texto: es una experiencia destilada, un sorbo de mundo que, al beberlo, nos cambia.
Siguiendo estas ideas, quiero proponer a la Profeco que es indispensable etiquetar cada libro de poemas como lo hacemos con el alcohol. Por ejemplo:
Emily Dickinson: “Small Batch Distilled Solitude”
Origen: Amherst, Massachusetts, 1830
Grados: 47% intensidad interior
Notas de cata: Seca, cristalina, con aromas a jardín cerrado. Final largo que deja un cosquilleo de permanencia.
Etiqueta de advertencia: Consumir en pequeñas dosis: un solo sorbo puede abrir una ventana que después ya no se podrá cerrar.
Aquí otro ejemplo:
Lord Byron: “Romantic Single Malt”
Origen: Inglaterra / Grecia, 1788
Grados: 55% exceso vital
Notas de cata: Ahumado, salino, con notas de aventura, guerra y amor ilícito. Un whisky que se bebe en una sola noche.
Etiqueta de advertencia: Consumir bajo riesgo: puede producir exilios voluntarios y pasiones desbordadas.
Visto así, leer poesía es como entrar a un bar donde cada poeta te sirve su propio trago: Dickinson te ofrece un shot que te atraviesa como relámpago, te besa y luego desaparece; Byron te empuja un vaso oscuro de negroni impredecible y, apenas lo terminas, ya te está manoseando; Keats descorcha un vino que huele a hojas secas, brinda contigo, y entre risas, te hace un chupetón en el cuello; Plath te invita un martini escarchado y te saca a fumar mientras te cuenta sus planes de incendiar el pub; Sexton, cómplice y peligrosa, te pasa un cóctel dulce, te acaricia la mano mientras lo bebes, y cuando llegas al fondo, te guiña el ojo y dice: “relájate, el veneno tarda en hacer efecto”.