Dos reflexiones sobre Querétaro y la violencia como moneda corriente

Lo que pasó en Querétaro plantea por lo menos dos reflexiones que no podemos pasar por alto. La primera es que solemos pensar que la violencia es algo externo a nosotros, cuando en realidad es algo en que todos podemos caer y que de hecho reproducimos todo el tiempo.

La segunda es que sin eximir a las autoridades correspondientes de su responsabilidad, culparlas sin más es también una forma de usarlas como chivo expiatorio para alejar la mirada de nosotros mismos. Porque les informo que el problema de este bello pueblo mexicano no solo son malos gobiernos, hay que decirlo, sino también el mismo pueblo mexicano, nosotros.

Y aquí llegamos a ese momento incómodo en que tenemos que ver nuestra propia imagen colectiva de una manera no complaciente, y la única salida en un punto parece ser la típica reflexión de que lo que tenemos es un problema de “educación”, lo cual también es mentira, porque la educación, dicha así en general, no está peleada con la violencia. De hecho gente “educada” y pueblos “educados” han ejercido una enorme violencia contra quienes consideran “bárbaros”, violencia que además es peor en tanto que se cree “justificada” en la supuesta superioridad de los “educados”.

Habría que ver entonces cuál “educación” es la que hace falta en concreto, qué elementos tendría. Y creo que uno de ellos, que debe ser obligatorio, es que nos devuelva la sensibilidad ante la violencia, porque la verdad ya tenemos mucho callo, y nos hablan de matanzas, de fusilamientos, de desapariciones, de multihomicidios, y ya no se nos mueve ni una ceja.

Pero entonces pasa lo del partido de Querétaro y sorprendentemente nos descolocamos, aunque sea el saldo de diario, pero la razón de verdad es que pensamos “en ese espacio” no debería pasar, porque ingenuamente seguimos poniendo la violencia como en compartimientos, y lo que nos asusta no es que exista ni que sea extrema -aquí hay mucha hipocresía- sino que “se salga” y se desborde de donde “debe estar contenida”, ya sea en los barrios bravos, en las orillas de las ciudades, en los cinturones de miseria o en los pueblos que no son “mágicos”, es decir, afuera y lejos.

Así que tal vez una de las pocas cosas que podemos sacar de este episodio vergonzoso es una mirada más al fondo de nosotros mismos como colectivo, y ahí tenemos que preguntarnos desde cuándo y por qué venimos aceptando la violencia como moneda corriente en todos nuestros intercambios.


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