Arcilla y relámpago


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Microrrelatos de Melissa Benítez
Ilustraciones de Aleksandra Waliszewska

El catecismo transita sin claridad, entre más conozco a dios más preguntas tengo… ¿Por qué dejó de manifestarse en flora desértica interactiva en llamas? Tendría más adeptos si no hubiera dejado ésa habilidad en desuso. Mientras preparaba el discurso con el que claudicaría a la fe católica y rompería para siempre el corazón de mi mamá, llegaron los seminaristas que practicarían la celebración de la misa para posteriormente recibirse como sacerdotes y tener una capilla propia. Mis ojos dejaron de ser míos y pronto se hallaron presos en la cárcel de los besos que no me daba Julio, un morro precioso con la piel del color del hueso del aguacate, quería acercarme y lamerlo a ver si sabía al verde de ésa fruta. No lo vi a solas hasta varios días después, mientras practicaba sus rezos, un bien tangible que la iglesia dejaba a merced del hambre que crece en un pueblo con los pocos niños que el narco deja vivir para verlos llegar a hombres. Si dios era preguntas, Julio era la respuesta. Su risa le nacía en el pecho como una nube y subía a través de su garganta para estallar en la lluvia de su carcajada.

Crédito: Aleksandra Waliszewska
Corté el árbol que indicaba donde está mi choza, lloró hormigas rojas que se dispersaron cuando el trueno rompió el cielo y bajó a besar la tierra en forma de lluvia, el río bajó con tanta agua que sus venas se extendieron, rompiendo el cauce que las restringe. La hierba creció mucho, te vas a perder si te acercas, quédate lejos o el espíritu del camino te arrancará la cabeza. Lo  escucho recorrer el patio, en la noche mientras unto aceite de karité en mi cuerpo, debajo de mis pechos y entre los muslos que se besan al andar, lo escucho y le pido que no se atreva a mirarte con misericordia porque tu corazón miró hacia otro lado mientras devoraba el mío.
Crédito: Aleksandra Waliszewska
Las que vivimos con el cuchillo en el cuello no tenemos que contener la respiración en el instante de pánico, caminamos sobre él. Sobre cada taquicardia, cada mechón arrancado, cada uña dejada en la pared para volver a habitar el propio cuerpo; el cuerpo que a ratos parece jalar la corteza cerebral hasta los pies, que sonríe como el enemigo, pero no lo es, aunque cueste recordarlo.
Crédito: Aleksandra Waliszewska
Mi cadera se enraiza a ti, sin que te des cuenta se va acercando, empieza a rodearte sin dejar de saborear el terreno surcado, como quien muerde una sandia después de andar mucho rato por el sol, por eso me enraizo despacito, para probarte de a sorbitos, me apoyo en los pliegues libres, en la piel dormida, sobre el hueso altivo, el labio fugitivo… Me voy enraizando de a poquito.
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Crédito: Aleksandra Waliszewska
Te abrazo y me hundo en tu pecho buscando un hogar, me esperan 4 paredes frías y una cama a calentar, cómo lo haré si despierto sudando frío y sólo puedo dormir si arranco suficientes pedazos de cabello y los comienzo a tragar, mis hombros no dejan de temblar; miro el río de cicatrices que baja por mis muñecas y recuerdo el día en que nos conocimos, las lamiste, dijiste no tener miedo pero te fuiste la noche que descubriste que una sobreviviente de abuso sexual no construye su libertad ni se emancipa cogiendo, cuando viste que la dismorfia corporal son 5 litros de vómito en botes sellados bajo la cama. Gritas tras el portazo que no quiero cambiar mi realidad, sí quiero, solo no sé donde empieza.
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Crédito: Aleksandra Waliszewska

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