Donald Glover es más que This is America: Conoce Atlanta

Mi esposa me preguntó si esa serie que estoy viendo, Atlanta, es el Portlandia de Donald Glover. Nunca lo había pensado así. Puede que sí. Soy la persona menos empapada de la cultura gringa regional, pero pasa similar, Atlanta es una ciudad como tantas que vemos  de lejitos en las películas o series, pero su esencia es su gente. Es otra urbe de arquitectura brutalista y fachadas grises, no tiene la peculiaridad de San Francisco o la decadencia hípster del Brooklyn de Girls. Pasa que es una historia muy personal acerca de cómo creció Donald Glover, ese joven genio que conocimos en Community. No es el mismo Atlanta de Baby Driver. Así como Portlandia es una Portland ficticio desde la superioridad estética de Carrie Brownstein y Fred Armisen. Ahora, que los shows no se parecen nada. Fin de la comparación.

Atlanta me pega en el corazón a pesar de no ser un afroamericano con una hija. En el cuarto capítulo, Earn (el personaje de Glover) le dice a su amigo Darius, “soy pobre, los pobres no tenemos tiempo de inversiones, necesitaba el dinero ahora”, en queja al dinero de un celular empeñado que su amigo invirtió en una katana que fue cambiada por un perro fino, el cual tendrá cachorros que darán el doble o triple de inversión… en cinco meses. Claro, Earn no está en una pobreza estadística, aparte de que acababa de empeñar un iPhone, su pareja (Vanessa, una maestra de primaria) tiene una casa y un auto, y suele comer fuera. Le pasa como a millones de mexicanos, es una clase media… media. No sale del país y sus autos serán viejos a menos que ellos o familiares seamos trabajadores del estado con créditos atractivos. Pagamos un iPhone y datos, nos endeudamos a 36 meses con computadoras en Telmex y más de una vez hemos ido a una casa de empeño.  No conocemos el hambre o la pobreza (gracias a Dios), pero sí tenemos deudas fuertes. No estoy comparando a la clase media mexicana con el sufrimiento de las minorías en Estados Unidos, pero la serie me resonó en el del struggle monetario.

El siguiente capítulo muestra a Vanessa y el desliz que le costó su trabajo. Sale con una amiga, toman y fuman marihuana y despierta con resaca de la borrachera al día siguiente. Resulta que es día de prueba de drogas en la escuela donde trabaja. Fuck. La trama entera es evitar ese momento, incluido el conseguir orina de otra persona. Su amiga le dice, oye en todos mis ambientes laborales está bien visto fumar, que raro. Vanessa tiene una charla franca con su directora, quien le dice todos fumamos, cómo vamos a soportar a estos niños, pero tiene que despedirla al ser una autoridad que escuchó su confesión sobre consumo de drogas. De la droga más inofensiva. Vanessa no quiere ser profesora, sólo quería un trabajo seguro con prestaciones. Y por una noche divertida, lo perdió. Injusto, ¿no?

Atlanta tiene estos pequeños momentos con violencia simbólica más parecida a la primera hora de Get Out que a algo brutal como The Wire o una película de Spike Lee. La historia detrás de la serie está para un libro, ya que Donald Glover timó a FX al prometerle una narrativa más convencional y serializada, en un mundo post-Mad Men, con un gran misterio y hombres complicados. El piloto planta tres cuestiones típicas de la televisión por cable que se dejaron de lado en cuanto FX aprobó la primera temporada: la relación de Earn con sus padres (se vuelve nula, no es tema), la manera en que los personajes consiguen dinero (Earn vende tarjetas en el aeropuerto, su primo Alfred y Darius venden droga), y una especie de alucinación a-la-Mr.Robot que Earn tiene en un autobús. A partir de ahí la serie se planta en un realismo caricaturesco, como la vida de tantos veinteañeros.

La primera temporada ya está en Netflix, con capítulos cortos de 40 minutos. La segunda se acaba de estrenar en FX y recibe buenísimas críticas en AV Club o Vulture (las biblias de Bocadillo), aplaudida por su narrativa poco convencional: se dejan de lado estas mini películas tipo Master of None y hay un gran arco argumental. Televisión que deberías estar viendo.

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Una versión de esta columna se publicó en La Jornada Aguascalientes en abril del año pasado.


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