Pelear contra uno mismo

¿Cuántas derrotas tiene que tener un hombre de 38 años para intentar obtener una victoria arriba de un ring?

 

Round 1

 

No tengo miedo a que me peguen.

Me da miedo hacer el ridículo.

Me imagino la escena completa: salgo, me expongo, todas las miradas caen sobre mí…

Me golpean con contundencia.

La gente murmura que no debería estar ahí.

Me derrumbo rápido.

No es una caída dramática.

Es peor: es fácil.

Alguien en el público pone cara de incomodidad:

“¿Para qué se atrevió a pelear si no puede hacerlo?”

Quizá paren la pelea para evitar que me hagan más daño.

Perder no es el problema, sino verse débil.

No tener con qué.

No sostenerse…

Por eso camino en mi departamento de un lado a otro.

Lo hago cuando estoy nervioso.

Tengo el cuerpo acelerado desde hace horas.

Aprieto la mandíbula todo el tiempo. Llevo años con bruxismo.

Hay algo en mí que siempre está apretando.

No puedo quedarme quieto.

Voy de la cocina al cuarto y del cuarto a la sala.

Regreso…

Estoy solo.

Hace poco dejé a mi novia. La amo como a nadie, pero esa relación me estaba destruyendo.

Pensé que el boxeo podía ayudar.

Pero mi cuerpo no está bien.

No puedo correr sin ahogarme.

Siento mareos y fatiga.

Los médicos dicen cosas distintas.

Tomé lo que me dieron.

Alcanzó. No para estar bien, pero sí para subirme a pelear.

No pienso invitar a nadie a esta pelea.

No quiero que me vean, sobre todo si sale mal.

Hay cosas que paso solo. Desde siempre.

Cuando me gradué de la universidad tampoco invité a nadie.

El papá de un amigo sabía que estaba solo y tomó una foto cuando recogí mi título.

Me había fugado de mi casa a los 17 años.

Prefiero exponerme ante desconocidos, una audiencia sin verdaderos testigos.

Mi derrota puede ser pública, pero el fracaso siempre es un asunto que se decide en lo privado.

La soledad te enseña a sostener la postura cuando nadie a quien le importes está mirando.

Recibir un diploma rodeado de gente, pero solo.

Recibir golpes rodeado de gente, pero solo.

Lo que me da miedo no es que me superen. Es desaparecer en medio del escenario mientras todos están mirando.

Que mi rival marque el ritmo.

Decida la distancia.

Que ponga condiciones.

Y yo entre a su juego: reaccionar en vez de proponer.

Moverme como él necesita que me mueva.

No es algo inmediato, sino un desliz.

Un paso en falso. Luego otro.

Cuando me doy cuenta, estoy perdiendo.

Trato de entender lo que pasa.

Busco algo que no aparece.

Cómo leer a mi oponente.

Cómo romper lo que está haciendo.

El aire se acaba.

Esa es la primera traición.

No el golpe:

la respiración.

Empieza a cortarse.

El cuerpo se vuelve lento.

Las manos pesan.

Ya no pienso en ganar. Solo trato de sostenerme.

El rival lo percibe.

No hace falta que me lastime.

Le basta con dominar.

Con saber que ya entré a su pelea.

Después, cuando todo termina.

Cuando ya no hay ruido.

Ahí empieza otra cosa.

Repaso todo.

Cada intercambio.

Cada momento en que pude hacer algo y no lo hice.

Y no hay manera de esconderme.

No fue que no supiera.

No fue que no pudiera.

Sabía exactamente qué hacer.

Y no lo hice.

Me quedé corto.

Eso es lo que me cuesta perdonarme.

No la derrota,

sino la tragedia de no aparecer.

Ser una presencia fallida.

He visto peleas en que el derrotado alcanza respeto e incluso admiración.

No porque haya ganado,

sino porque no se fue.

Se mantuvo…

Cuando ya no había fuerzas, siguió.

Eso es no rajarse y vender cara la derrota.

Lo imperdonable es no dar batalla.

Estar ahí y dejar de intentar.

Mañana me subo: para esto me preparé.

Hay momentos en los que lo veo claro:

visualizo cómo encuentro la distancia, el ritmo, el timing.

Me muevo con hambre, violencia, precisión.

Pero antes de pelear siempre pasa lo mismo:

una parte de mí se anticipa a la derrota y la otra se niega a aceptarla.

Porque mi memoria reconoce ese sitio.

Sé pelear.

Soy rápido, soy listo, tengo instinto.

Sé que la ansiedad termina en cuanto se conecta el primer golpe.

A partir de ese momento, el juego cambia: se trata de sobrevivir.

Dejo de pensar y comienzo a existir.

Lo difícil es llegar hasta ahí.

Atravesar las horas previas sin traicionarme.

No perder la pelea antes de que empiece.

No gastar mi concentración en mis fantasmas.

Antes del primer golpe uno todavía puede huir.

No salir a pelear.

Inventar algún pretexto.

Evadir el problema y permanecer, ante los ojos de los demás, como alguien razonable.

Pero yo no quiero ser razonable.

Quiero llegar hasta ese instante en el que no se puede mentir.

En el que el cuerpo responde o no responde.

Me pongo las vendas en las manos para recordármelo.

Aprieto. Ajusto. Vuelvo a apretar.

Hay algo tranquilizador en preparar una violencia con método.

El cuerpo sabe que no estamos en el terreno de las ideas.

Hago sombra frente a la pared.

Jab, jab, recto.

Jab y recto.

Tienen que ser rápidos y ligeros.

Jab, quiebre, volado de izquierda y recto.

Pivoteo.

Muevo la cabeza en círculos para defenderme.

Desplazo las piernas en diferentes ritmos.

Mañana voy a subir.

Voy a mirar a mi contrario a los ojos.

Voy a medir la distancia entre su cuerpo y el mío.

Voy a escuchar la campana.

Y todo lo que ahora me da vueltas en la cabeza desaparecerá.

Solo reaccionar, descifrar, actuar.

Siempre se duerme mal la noche anterior a una pelea.

El cuerpo no puede descansar: está alerta.

Tomo una pastilla.

Es un antipsicótico: quetiapina.

La tomo para poder dormir.

Sé que el rival pasa por esta misma ansiedad.

Rezo un poco antes de dormir.

No pido ganar.

Pido no ser lastimado de manera irreparable.

Me acuesto.

Sigo tenso.

Luego empieza a ceder.

Mañana voy a pelear…

Ahora estoy aquí.

Acostado.

Mi cuerpo se apaga poco a poco.

Mi mente repite imágenes.

Escenarios que ya no puedo controlar.

Imagino que entro al ring.

Me equivoco.

Me ganan fácil.

Fin.

Otra vez.

Entro.

Domino el centro del ring.

Le corto las salidas a mi oponente.

Está acorralado.

Siento cómo mis nudillos se hunden en su estómago.

Fin.

Mi mente quiere dibujar el mapa infinito de los escenarios posibles.

El ring se empieza a descomponer.

Las imágenes se mezclan.

Se vuelven lentas.

Pierden forma.

Ya no hay nada.

Ni miedo.

Ni confianza.

Solo el cuerpo,

a la espera de mañana.

 

 

Round 2

 

Hace un año, en un entrenamiento como cualquier otro:

Caliento.

Me muevo.

Pivoteo.

Tiro combinaciones.

Pero de pronto no me alcanza…

Me canso demasiado rápido.

No es fatiga normal.

Es otra cosa.

Intento seguir.

No puedo.

Me recargo en las rodillas.

Bajo la cabeza.

Trato de respirar.

El aire no entra como debería.

El cuerpo no me responde.

Intento hacer ejercicios de fuerza, pero no la tengo…

Algo no está bien.

Empiezan los mareos.

Siento la pierna derecha entumecida.

Pienso en una embolia.

Hace poco supe de un actor al que le amputaron una pierna por algo parecido.

Mi entrenador se enoja.

Me ve distraído y desganado.

Cree que salí de borrachera.

Que no dormí por irme de fiesta.

Me presiona en los ejercicios.

Yo también me obligo a terminarlos.

Pero no puedo.

No es cosa de voluntad.

Él me pregunta qué pasa.

Le digo que no me siento bien.

Se da cuenta de que no estoy fingiendo.

Termino el entrenamiento como puedo.

No completo nada.

Esa tarde voy al médico.

Me hace preguntas generales.

Me revisa rápido.

Tengo que hacerme estudios.

Vuelvo algunos días después.

Me dice que puede ser estrés.

Ansiedad.

Un padecimiento autoinmune.

No está seguro.

Yo tampoco.

Pido una segunda opinión.

Llego al mismo punto.

El tercer doctor me receta medicamentos.

Los tomo sin entender bien para qué son.

Tampoco él está seguro del diagnóstico.

Algunos días me siento mejor.

Otros, nada cambia.

Lo único constante es la sensación de que mi cuerpo ya no funciona como antes.

Pasan los días.

Luego semanas.

Luego meses.

Medio año.

Mi cuerpo deja de ser lo que era…

Antes no pensaba en él.

Simplemente lo habitaba.

Ahora cada movimiento es una pregunta.

¿Voy a poder?

Caminar…

Subir escaleras…

Dormir…

Respirar…

Todo se vuelve incierto.

Empiezo a reconocer algo peor que el dolor: la debilidad.

No quiero que otros peleadores me vean.

Digo que estoy bien. Que pronto regreso.

No es cierto.

Me da vergüenza que me vean así.

Como en el ring, quiero pasar esto solo.

Pero no es valentía.

Es pudor.

Llega un punto en que ya no puedo sostener el día.

Me quedo en mi cuarto.

Tirado.

No entreno.

No trabajo.

Estoy en la cama.

Sin fuerza.

Sin claridad.

Con la sensación de que algo se está apagando por dentro.

Los médicos no saben qué pasa.

Eso es lo peor.

No hay enemigo claro.

No hay diagnóstico.

No hay forma de pelear.

Solo esperar.

Sentir cómo el cuerpo se va.

Empiezo a oler distinto: a enfermo.

Ya no recuerdo bien cómo es estar sano.

Eso es lo más doloroso: convertirme en alguien que no quiero ser.

Un enfermo sin cura.

Pienso que no voy a volver a boxear.

Que esto puede ser algo peor.

Que puedo quedarme así.

Y entonces aparece otra idea.

Más silenciosa.

Más peligrosa.

Que nadie me va a amar así.

Que voy a morir solo.

Que esto no es una excepción.

Que así es la vida.

Empiezo a normalizar la caída.

Mi cuerpo deja de ser mío.

Siento una opresión en el pecho.

En las costillas.

Ahí está algo.

Como si alguien apretara desde adentro.

Si me rozan esa zona, duele.

Es un dolor nuevo que no entiendo.

Intento ignorarlo.

No puedo.

Mi cuerpo se vuelve ruido.

No hay descanso.

Me descubro pensando todo el tiempo en lo mismo.

En cada sensación.

En si empeora.

Empiezo a revisar cada impresión física como si fuera una pista.

Nada cierra.

Busco en internet.

Leo foros.

Casos parecidos.

Historias de gente…

Todas terminan mal…

Apago la pantalla.

Vuelvo a abrirla.

No quiero descubrir que es algo catastrófico.

Pero necesito investigar.

Si no tengo nombre para lo que me pasa, no hay forma de enfrentarlo.

Solo queda imaginar.

Pero la imaginación concluye lo peor.

Pienso en enfermedades que no conozco.

En fallas internas.

En virus que avanzan sin que uno se dé cuenta.

El cuerpo es algo que se descompone en silencio.

Los días se parecen:

Despierto: reviso cómo me siento.

Si estoy igual, es mala señal.

Si estoy mejor, no confío.

Salgo poco.

Camino despacio.

Evito esfuerzos.

Me canso muy rápido.

Intento hacer lo mínimo.

Ordenar.

Leer.

Moverme.

Pero todo cuesta.

Empiezo a entender que la energía no es voluntad.

Que hay algo previo.

Y eso es lo que está fallando.

Dejo de entrenar.

Al principio aseguro que es temporal.

Una pausa.

Pero no vuelvo.

El gimnasio me parece algo lejano.

Como si perteneciera a otra vida.

Mi entrenador deja de insistir.

Al principio pregunta.

Luego menos.

Entiende que algo no está bien.

Pero tampoco sabe qué es.

Nadie sabe.

Eso me aísla más.

Mi cuarto se vuelve el centro de mi existencia.

Cierro cortinas.

Bajo la luz.

El cuerpo pide menos estímulos.

Todo molesta.

El ruido.

El sol.

El movimiento.

Empiezo a reducir mi mundo a lo mínimo.

Cama.

Baño.

Silencio.

Y tiempo.

Mucho tiempo.

Tiempo estancado que se acumula.

Solo distingo los días por las variaciones del malestar.

Eso define todo.

No lo que hago.

Sino cómo estoy.

Empiezo a aceptar algo.

Que esto no es pasajero.

Que puede quedarse.

Que puede ser así de ahora en adelante.

Y ahí cambia todo.

Porque deja de ser una enfermedad.

Y se vuelve una condición.

Algo con lo que tendré que vivir.

No me desgasta el dolor, sino la permanencia.

Ya no espero curarme.

Intento dormir lo más que puedo.

Aunque dormir tampoco es descansar.

Pero hay momentos en que el dolor se diluye…

No se va, pero se aligera.

Entonces pienso que tal vez estoy saliendo de la enfermedad.

Que ya pasó.

Pero vuelve.

Siempre vuelve.

Y cada regreso es más pesado.

Porque ya sé cómo se siente.

Y sé que no depende de mí.

Ahí se rompe algo en mí.

No poder hacer nada.

No poder decidir.

No poder empujar.

Nada de lo que antes me funcionaba sirve:

Ni la disciplina.

Ni la fuerza.

Ni la resistencia.

Nada.

El cuerpo no negocia.

Entiendo algo que no me había enseñado el ring:

antes de pelear con alguien, hay que poder estar de pie.

Y eso ya no está garantizado.

El cuerpo decide.

Y si el cuerpo no responde, no hay pelea.

Solo queda esto.

Esperar.

Resistir.

Y ver hasta cuándo llego…

Un día, sin aviso, algo cambia.

No es que desaparezca de golpe el malestar…

Pero mi cuerpo vuelve a responder… un poco.

Respiro mejor.

Camino un poco más.

Puedo hacer cosas simples sin pensar en cada movimiento.

No vuelvo a estar como antes.

Pero dejo de caer.

Eso es suficiente.

No lo celebro demasiado.

Después de tanto tiempo ya no confío en la mejora.

Pero algo pasa…

El cuerpo, que se había resignado, vuelve a dejar pasar la vida por sus cauces.

Y con eso regresa lo demás:

el deseo,

la energía,

la expectativa…

Vuelvo al mundo… pero no intacto.

Regreso con el cuerpo marcado.

Con la herida sensorial de haber estado postrado en una cama, seguro de que me iba a morir.

Con la certeza de que todo se puede caer sin aviso.

Y aun así,

cuando el cuerpo se recupera,

no pide cuidados.

Pide intensidad.

Pide vivir.

Pide exceso.

Como si no hubiera aprendido nada.

Como si no le importara haber estado al borde…

El cuerpo que casi se apaga es el mismo que ahora quiere incendiarlo todo.

 

 

 

Round 3

Se llama Siena.

En mi cumpleaños hicimos el amor. Fue una noche larga, sin pausas, como si estuviéramos explorando todas las formas posibles de tocarnos, de encontrarnos. Su rostro se veía hermoso a la luz de la vela que tiene en su cuarto. Su cara cambiaba según el movimiento, según lo que sentía. Descubrí que alternaba entre mirarme para disfrutar de mí y cerrar los ojos para imaginar, para concentrarse en su placer.

Nos besamos todo el tiempo.

Me deslumbra su voluptuosidad, su alegría, su pasión. Siena es una mujer con la que me iría a una cabaña en un bosque, para desaparecer del mundo y quedarme ahí, en lo esencial. No por romántico, sino porque con ella lo demás pierde espesor.

La única manera en que puedo amarla es darlo todo. No hay cálculo posible. Entrar completo, aceptar la promesa de una satisfacción voraz.

La amo y me ama. Ella es ingobernable, una fuerza que no se deja ordenar. Estar con Siena exige todo: energía sexual, mental, emocional, física. No hay espacio para la tibieza.

Con ella he tenido el mejor sexo de mi vida. Cuando estamos con mis amigos, se sienta en mis piernas frente a todos y me besa. Lo hace sin pedir permiso, sin avisar. Como si no hubiera nada que cuidar. Me siento elegido.

Por eso al principio no lo noto, o no quiero notarlo…

Hay pequeños momentos, detalles que no encajan del todo. Cosas que podrían no significar demasiado, pero que se adhieren.

Ambos sobrepensamos. Aparecen pequeños conflictos que no tendrían por qué crecer, pero crecen. Se instalan. Se repiten. Y hay algo en mí que ya sabe que eso no va a cambiar, aunque no quiera decirlo en voz alta.

Intento corregir desde adentro. Me digo que tengo que eliminar expectativas, dejar de proyectar, no construir escenarios en mi cabeza. Estar en el presente. Tomarla como es.

Pero no puedo. O no quiero.

Veo algún defecto en ella y de inmediato imagino otra versión: quien podría llegar a ser, no quien es. Me engancho con esa versión fantasiosa. Me quedo ahí.

Y entonces empiezo a exigirle a Siena y a la relación desde ese lugar idealizado.

Me cuesta ponerle límites a quienes amo. Me quedo más de lo que debería en situaciones que me incomodan. Aguanto. Justifico. Me adapto.

Y eso, poco a poco, empieza a pesar.

Aun así, lo que hay entre nosotros sigue siendo hermoso…

Pasamos un fin de semana en Ciudad de México. Salimos de fiesta. Comemos tacos en el Orinoco. Vamos a la cineteca a ver The French Dispatch, de Wes Anderson. Todo fluye con facilidad. Me encantan las formas en que nos compartimos. Hay momentos en los que no hay nada que pensar. Solo estar ahí.

Ese sábado, antes de dormir, fumamos marihuana. Nos quedamos platicando mucho tiempo. Me gusta acariciar sus piernas en ese estado. Hay algo en esa sensación que se estira. El tiempo se afloja. El cuerpo se queda ahí, sin prisa. También el sexo cambia, se vuelve más profundo, más lento, más intenso.

Pero los conflictos vuelven.

No son grandes al inicio. No hay una escena clara que marque el cambio. Es más bien una acumulación. Comentarios, reacciones, silencios. Cosas pequeñas que se van quedando.

Y lo que antes parecía intensidad empieza a sentirse como algo difícil de sostener.

Hay una facilidad para el conflicto que no estaba al principio, o que yo no veía. Aparece rápido. Escala rápido. Y me deja cansado.

Empiezo a sentir que estar con ella exige demasiado.

Siempre hay algo que resolver, algo que acomodar, algo que evitar.

Sigo con ella porque cuando no pasa algo malo, todo vuelve a ser como al inicio.

Y entonces dudo.

Dudo de lo que ya vi. Dudo de lo que sentí. Dudo de si estoy exagerando.

Me digo que todas las relaciones tienen momentos así. Que es normal. Que hay que aprender a manejarlo.

Pero también hay algo más claro, más incómodo: no son eventos aislados.

Llega un punto en el que entiendo que tengo que terminar con Siena. No es sano continuar. Sé que, si lo hago, me voy a sentir destrozado. Pero aun así pienso: tengo que hacerlo.

Y al mismo tiempo no quiero.

Hay una idea que me seduce: terminar la relación, pero seguir cogiendo con ella. Llevarnos bien, pero limitarnos a eso.

Mantener lo que funciona y quitar lo que duele. Pero estamos demasiado involucrados. Estamos enamorados. Y eso lo vuelve inviable. Las emociones se mezclan: el desastre puede ser mayor.

Me quedo.

No la dejo porque el sexo con ella es muy bueno. Pero no solo por eso: es graciosa, brillante, tierna, generosa, leal a su manera.

No creo encontrar con otra persona la complicidad que tengo con Siena. Siento que no voy a conectar de esta manera con nadie…

Dejarla es expulsarme a mí mismo de un paraíso.

Un fin de semana se va de la ciudad con sus amigos.

Permanece incomunicada.

Nunca me he considerado una persona celosa. Pero empiezo a imaginar escenarios. La supongo con alguien más. Pienso en lo que haría yo en su lugar. Lo peor es que, si fuera al revés, a ella no le darían celos. ¿O debería hacer algo para que los sienta?

Y al mismo tiempo sé que no gano nada con eso.

Empiezo a actuar desde roles, ideas y fórmulas heredadas.

Hay algo que ya puedo decir con claridad: Siena es una mujer increíble para estar enamorado, pero complicada de amar todos los días.

Es como yo.

Noto conductas que no me gustan de mí mismo.

Mi manera de intentar someter su independencia es ofrecerle una vida juntos, jugar con la idea de formar una familia, de construir una estabilidad. Como si eso pudiera contener su libertad plena de ser.

Quiero gozar de lo bueno del mundo. Leer, viajar, escribir, amar. Ser feliz en esta etapa. Y Siena es parte de eso. Pero también es lo que lo complica.

Empiezo a entender un patrón…

Me relaciono tratando de rescatar. Me atraen mujeres depresivas, heridas por la vida. Hay algo en eso que me engancha. Me gusta poder leer emociones difíciles, no huir de su oscuridad.

Ellas lo perciben.

Y entonces empieza un ciclo.

Primero trato de “rescatar” a Siena. Es fantástica, pero sé que algo la ha herido de manera muy profunda. Mi trabajo es “ayudarla” a que vuelva a sentirse bien y pueda mostrarle al mundo su valor, del que estoy seguro. Después demando a partir de mi aporte. Exijo. Provoco culpa. Y entonces ella responde con una promesa, un gesto, una señal de que ahora sí puede funcionar como yo fantaseo.

Y vuelvo a engancharme.

No porque no vea lo que pasa, sino porque quiero que la relación avance.

A veces siento que Siena no me ama tanto como yo a ella. Y lo traduzco como si hubiera algo mal en mí. Como si no fuera suficiente.

Entonces me esfuerzo más.

Aunque no todas mis relaciones han sido así.

Viví tres años con Jane. Ella era de Inglaterra. En todo ese tiempo tuvimos dos discusiones, y no fueron realmente graves, sino necesarias.

La relación terminó porque regresó a su país y no la seguí. Mi proyecto de vida estaba aquí.

Sin embargo, si tengo que elegir una imagen del amor, no es la estabilidad con Jane la que se me aparece.

No es el amor tranquilo, cotidiano y comedido.

Es Siena.

Siena en la noche. Encima de mí. Con los ojos cerrados. Su cuerpo moviéndose con fuerza, sin contención. Sus senos al aire. Sus nalgas chocando contra mi pelvis. Sus manos sobre mi pecho. Todo su ser puesto ahí. Como si en ese momento se jugara algo más grande que el placer.

Todas sus ganas de vivir y de morir, expresadas en el sexo.

Un día Siena me preguntó si quería tener hijos con ella. Le dije que sí. Se puso contenta.

Y luego se volvió a ir.

Otro fin de semana. Otra vez incomunicada.

No entiendo.

Me parece absurdo que me pida pensar en hijos y después haga eso.

Me siento triste. Me enojo. Siento que sabotea la relación.

Cuando regresa, hablamos. Le digo que lo mejor es relacionarnos sin expectativas.

Es mi manera de hacer que su acción tenga un costo, aunque también lo pague la relación.

Acepta, pero la lastimo.

Una noche se emborracha.

Empieza a cuestionar decisiones de su vida…

Y de pronto me toca a mí.

Me dice cosas hirientes que nadie me había dicho. Que mi trabajo no es tan bueno. Que mi proyecto profesional no tiene sentido. Que mi estrategia está mal.

Me defiendo. Pero ella sigue.

Me acuesto en el sillón y ella en la cama. No duermo. Pienso en irme, en salir de ahí, en dormir donde sea, incluso en la calle. Al final me quedo.

En la mañana le digo que me voy.

Ella llora. Se disculpa. Dice que no pensaba lo que dijo. Culpa al alcohol y a la marihuana.

Está desnuda. Me abraza.

Su cuerpo me convence más que sus palabras.

Me mira con una inocencia arrepentida y me atrae hacia su cuerpo. Destruye mis defensas: tiene una cara que absuelve y un cuerpo que condena. Beso las lágrimas de sus mejillas.

Primero cogemos lento, con ternura. Luego con furia. Le pregunto al oído si es niña buena o mala. Dice que buena. Pero no hay respuesta correcta: si es buena, obedece; si es mala, la castigo.

Tener sexo es un alivio mutuo. Como si todo se hubiera resuelto ahí, aunque no sea cierto.

Llega un punto en el que mi cuerpo ya no puede más.

Cada semana o cada quince días hay un golpe. Una discusión, un desencuentro, algo que escala. No importa qué tan bien estemos.

Empiezo a resentirlo físicamente.

Mi cuerpo acumula más estrés con Siena que en cualquier ring. Con ella, la pelea es constante. Reclamos, tensiones, silencios que pesan. Me siento mal. No solo cansado: mal.

Y aun así, seguimos.

Porque también somos muy felices. Y eso es lo que más duele.

Nos vamos de vacaciones a la playa.

Hay momentos hermosos.

Fumamos marihuana y nos acostamos juntos a ver pasar la tarde, abrazados bajo el sol. No hay prisa. No hay conflicto. Solo el cuerpo, el calor, la cercanía. Jugamos en la alberca. Nos reímos mucho.

Por momentos parece que todo está bien.

Que sí podemos.

Que lo demás fue exageración.

Pero no se sostiene.

Las escenas de conflicto se vuelven públicas. Sin aviso. Cambia el tono, cambia la cara, cambian las formas. Yo intento contener, arreglar. Trato de que la pase bien. Hago todo para que funcione.

Lo que era disfrute se vuelve tensión. Lo que era juego se vuelve desgaste. Ya no hay descanso ni siquiera en el paraíso.

Incluso de vacaciones en la playa.

Al final de ese viaje peleamos. Ella se enoja y se va sola al aeropuerto.

No entiendo bien cómo llegamos a este punto, pero llegamos.

Ya no es un mal momento.

Empiezo a ver el conjunto.

No solo una pelea. No solo un fin de semana. No solo un exceso.

Es la relación.

Todo es intenso, todo es grande, todo se desborda. Pero ya no quiero estar cerca de eso. Me lastima demasiado.

Ahí aparece algo que no había querido aceptar: ya no quiero seguir con ella.

No porque no la ame. No porque no sea increíble.

Sino porque esto solo puede ir a peor.

Hay una tristeza densa. Me siento perdido, desconsolado.

Y también está el cuerpo. El deseo no se va. No se debilita. No se negocia. Sigue ahí, intacto. Como si no entendiera nada de lo que está pasando.

Siena es mi droga.

Lo que siento cuando no estoy con ella no se parece a nada que haya sentido antes. Tengo un síndrome de abstinencia físico, mental y emocional.

Y sé que es mutuo.

Pero algo cambió.

Ya no es solo cansancio.

Es una decisión.

Le pido contacto cero.

Lo necesito para entender lo que está pasando, para procesarlo sin su presencia constante. Para ver si de verdad puedo salir. Porque cuando está, todo se mezcla. Todo se confunde.

Los primeros tres días la extraño de manera irremediable. Me reía con ella como con nadie. Chateábamos a lo largo del día, todos los días. Nos envíabamos audios sexuales por Whatsapp a los que llamábamos Porncast. Su presencia es central en mi existencia. Hay algo en su vitalidad que es delicioso e irresistible.

Pero no voy a vivir tranquilo con ella.

Siempre hay algo que puede romperse. Mi cuerpo ya no responde bien. Mi mente tampoco. Me lleno de pensamientos catastróficos.

Es intranquilidad perpetua.

No quiero eso.

Puede ser mi diosa del amor y del sexo, pero no vale la pena que ese fuego me destruya.

Días después, hablamos. Quiero terminar la relación en los mejores términos posibles. No desde el enojo, no desde el desgaste, sino desde lo que sí fue.

Le digo que la amo. Que la extraño. Que estoy agradecido por todo: por reírnos, por explorarnos, por compartirnos.

Pero que no puedo seguir.

Que necesito cuidarme.

Que perder a mi compañera de juegos favorita es devastador, pero que aun así tengo que hacerlo.

Lo hago por videollamada porque sé que si la veo en persona, no voy a poder.

Si la tengo enfrente, todo se caería. Terminaríamos cogiendo. Y eso volvería a empezar todo.

Lo sé.

Por eso lo hago así.

Ella me dice que lleva una semana en tratamiento psiquiátrico por mi culpa.

Que dejarla en este momento es soltarla para que caiga al vacío.

Lo dice en serio.

Me siento mal. Muy mal. Hay una parte enorme de mí que quiere retroceder, que quiere decirle que no, que seguimos, que lo intentemos de nuevo…

Pero también veo algo.

Ciertas formas.

Sus palabras rozan la manipulación.

Me mantengo firme.

No puedo seguir entrando y saliendo del mismo lugar.

Ya vi cómo termina.

Termino la videollamada y la relación…

Y después viene el vacío.

No es inmediato. No es limpio. Es un proceso.

Hay días en los que me da asco mi existencia. Estoy deprimido. Tengo unas ganas increíbles de coger con ella. Mi cuerpo sigue pidiendo lo mismo. No entiende otra cosa.

Un día no puedo levantarme. Permanezco en cama, abrazado a una almohada, balanceándome hacia adelante y hacia atrás. Mi cuerpo no entiende que ya no podrá seguir consumiendo la misma droga.

Y aun así, no regreso.

No es orgullo.

Es hacerme cargo de mi decisión.

Es el mínimo respeto a mí mismo.

Sin eso…

No se puede ganar ninguna pelea.

 

 

 

Round 4

Al gimnasio de box se puede llegar con una ruptura, con meses de enfermedad, con miedo a ser humillado, con una novela privada de dolor y recuperación. Pero todo eso dura poco frente al espejo, el costal, la cuerda, las manoplas.

Durante meses pensé demasiado en mi cuerpo, en los médicos, en Siena, en la pelea, en la posibilidad de quedar expuesto. Pero el gimnasio no premia la complejidad interior. Si das mal el paso, pagas. Si bajas la izquierda, te entra un recto. Si te quedas parado después de tirar, te responden. Si no tienes aire, el cuerpo lo demuestra.

Me gusta que no importe cuántos libros hayas leído, cuántos textos hayas publicado, cuántas clases hayas dado, cuántas de tus heridas puedas narrar con gracia. Frente al jab, todo eso queda lejos. La mano sale mal. El hombro se levanta de más. El pie trasero se arrastra. La guardia se abre. El cuerpo quiere hacer una cosa y hace otra.

Por eso el gimnasio de box me sana. Me pone frente al error hasta que el error empieza a ceder. Enseña que la transformación no ocurre en el relámpago, sino en la repetición.

Me preparo para la pelea en Black Box. Es una red de gimnasios de box. Hay buena música, horarios claros, clases que se reservan, guantes acomodados, cuerpos que llegan de trabajar, gente que busca sudar, bajar la ansiedad, mejorar su condición física o pegarle a algo sin meterse necesariamente en la lógica completa del combate. El método combina fuerza, coordinación, velocidad y acondicionamiento funcional, y está abierto a distintos públicos.

Sería fácil criticar su sistema desde una idea purista del boxeo: decir que en este tipo de espacios no está “el verdadero box”, que el box real solo está en el gimnasio de barrio, en el ring gastado, en los muchachos que quieren debutar, en los entrenadores que hablan con frases secas, en la función local donde alguien acepta ser rival a cambio de unos pesos. Yo me formé en uno de esos gimnasios en Ciudad de México: Sport Boxing, del excampeón Ramón Euroza. Desde que llegué, hace muchos años, ya tenía apodo: me pusieron “El Chango”, por ser peludo. A la semana me subieron a hacer sparring contra alguien veinte kilos más pesado que yo y con años de experiencia. Como no me rajé, me aceptaron y me empezaron a entrenar de verdad. Me molestaban esos ritos de paso, pero los acepté porque de verdad quería entrenar y porque reconocía que una parte de la vida es dura y esos golpes me lo recordaban. Pero muchos se alejan del boxeo por eso.

Pero el boxeo se ha abierto a otras formas de practicarlo. No todos quieren ser campeones ni subirse a pelear. A algunos el box les da una profesión; a otros, salud o un cambio físico. A mí me ha abierto una puerta de salida en momentos de mi vida en que mi mundo mental o físico colapsó.

El gimnasio no es únicamente un negocio ni un programa deportivo. Es una máquina de posibilidades. Algunas se cumplen. La mayoría no. Pero todas pasan por lo mismo: cuerda, sombra, costales, manoplas, sparring, sudor, cansancio, golpes. Ahí me preparo para la pelea. Black Box organiza eventos con frecuencia y ofrece a sus alumnos la posibilidad de formar parte de la cartelera.

 

Lo curioso es que el entrenamiento para un evento suele ser más cansado que la pelea misma. Esa es la idea. La preparación concentra meses de trabajo sobre años de práctica. Un round se acaba cuando suena la campana. El gimnasio no: se queda ahí, al día siguiente, exigiendo otra vez lo mismo. No le importa si estás triste. No le importa si te sientes cansado. Te obliga a sostener la guardia cuando las piernas se cansan, todos los días.

Mi entrenador durante esta preparación es Jesús Munguía. Es un amante del boxeo y ya ha entrenado a muchos peleadores. Tiene esa autoridad de los entrenadores que no necesitan demostrar demasiado porque la gente los mira buscando corrección. A veces basta con que observe. A veces dice una frase, mueve un pie, acomoda una mano, pide repetir.

Viaja con frecuencia fuera del país para dar clínicas y aprender de otras culturas boxísticas. Me dice que acaba de volver de La Habana y que los campeones cubanos pueden haber ganado cinturones internacionales o medallas olímpicas, pero cuando regresan a su gimnasio tienen que hacer de nuevo lo básico: el paso con jab, el medio paso hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados. Los fundamentos. Desde esa visión, perfeccionarse exige aceptar que todo el edificio del boxeo se construye sobre fundamentos sólidos, casi inamovibles.

Jesús es originario de Monterrey. Llegó a Guadalajara cuando tenía dieciséis años, becado como futbolista por los Leones Negros. El camino parecía estar en ese deporte, pero comenzó a practicar boxeo y se enamoró de esta disciplina.

Jesús no cuenta el futbol como una oportunidad perdida ni el boxeo como un segundo premio. Su carrera como futbolista no avanzó, pero quedarse en Guadalajara lo acercó al deporte que realmente le interesaba. Empezó a dar clases y terminó convirtiéndose en coach de box.

En el boxeo hay muchas historias construidas alrededor de lo que no fue:

El peleador que iba a ser campeón.

El que tenía talento pero no disciplina.

El que perdió la pelea que no debía.

El que se quedó a una victoria.

El que se retiró demasiado pronto.

No es el caso de Jesús.

Su historia no es la del peleador que no llegó. El boxeo no le dio una carrera como peleador: le dio una profesión como entrenador.

A lo largo de los años, Jesús ha construido su propia manera de enseñar. Creó el “Chuy System”, un tipo de entrenamiento que mezcla box, acondicionamiento físico y trabajo de fuerza.

Eso también es boxeo. A veces imaginamos que el legado en este deporte está en los cinturones, en las fotografías, en los récords. Pero hay otra forma de permanecer: que alguien más haga algo mejor porque tú le enseñaste.

Un entrenador vive en cuerpos ajenos. Cada movimiento que corrige, cada error que evita, cada pequeño avance de un alumno también es una parte de su carrera.

Quizá por eso Jesús no habla desde la nostalgia, sino desde el presente.

Tiene una esposa y dos hijas. A su esposa la conoció también en el ambiente del boxeo. Su vida se construyó alrededor de algo que empezó como pasión y que evolucionó a trabajo de tiempo completo.

No parece alguien que esté esperando otra vida.

La mayoría de nosotros vivimos haciendo cuentas con versiones alternativas de nosotros mismos. El que pudo haber sido más valiente. El que hubiera tomado otra decisión. El que hubiera aprovechado mejor una oportunidad.

Jesús habla como alguien que hizo las paces con la ruta que le tocó.

No porque sea conformista.

Al contrario. Trabaja. Sigue aprendiendo. Quiere mejorar. Quiere que le vaya mejor. Entrena profesionales. Desarrolla su sistema. Sigue buscando maneras de crecer.

Pero hay una diferencia entre ambición y frustración.

La frustración vive mirando atrás. Jesús mira hacia adelante.

Eso se nota cuando enseña.

No intenta fabricar copias de sí mismo. No busca que todos peleen como él. Busca que cada alumno encuentre algo que funcione para su cuerpo. Entiende que el boxeo no es una fórmula única.

Por eso me interesa como entrenador: contradice una idea común del boxeo. Que todo gira alrededor de llegar.

Llegar al profesionalismo.

Llegar al campeonato.

Llegar a la fama.

Llegar al dinero.

Pero ¿qué pasa con quienes construyen una vida alrededor del camino?

El boxeo está lleno de ellos.

Entrenadores.

Preparadores.

Mánagers.

Personas que quizá nunca levantaron un cinturón, pero hicieron posible que alguien más lo lograra.

El deporte suele recordar al que aparece bajo las luces, pero no siempre recuerda a quien sostuvo la lámpara.

Jesús pertenece a ese segundo grupo.

También rapea.

Tiene canciones que incluso se usan para promocionar eventos y el gimnasio. Puede parecer una rareza, pero cuando uno lo conoce tiene sentido.

El boxeo y el rap comparten ritmo y repetición. Uno trabaja con la palabra; el otro, con el cuerpo. Ambos dependen de “entrar” en el momento exacto.

Un rapero fuera de tiempo falla. Un boxeador fuera de tiempo recibe castigo.

Quizá por eso Jesús entiende algo del movimiento que va más allá de la técnica. No se trata solo de lanzar golpes. Se trata de encontrar el momento.

El ritmo.

La pausa.

La entrada.

La salida.

El silencio antes de la frase.

El espacio antes del golpe.

Cuando lo veo entrenar pienso que quizá esa es la diferencia entre quien practica boxeo y quien pertenece a su mundo.

No es cuánto sabe.

Es cómo mira.

Jesús ve dónde está el error antes de que el alumno lo entienda. Ve cuándo alguien está cansado aunque diga que está bien. Ve cuándo alguien quiere demostrar demasiado. Ve cuándo alguien está peleando contra el rival y cuándo está peleando contra sí mismo.

Un buen entrenador no solo enseña a pegar.

Enseña a leerse.

Jesús me dice que el boxeo es un baile.

Luego corrige: un baile violento.

Baile: ritmo, pies, cadencia, coordinación, belleza. Violencia: riesgo, daño, presión, miedo, imposición. Box: delicadeza y ferocidad dentro del mismo movimiento.

***

Para no perder el contacto con la parte más tradicional del box, también voy los fines de semana a la Arena Constitución, que está en el corazón de la colonia del mismo nombre. Ahí el boxeo no solo aparece como ejercicio, sino como posibilidad de destino. Encuentro muchachos que quieren probarse. Funciona como un espacio de formación de talentos desde el barrio, con ring, gimnasio, zona mixta, barbería y cafetería.

En el gimnasio las conversaciones aparecen mientras alguien se venda, se seca el sudor con la camiseta o espera turno para hacer sparring. Alguien comenta algo que parece menor; luego, otra cosa. La confianza se construye de esa manera: te ven entrenar, cansarte, fallar y volver. Después, quizá, te cuentan algo.

El primer amigo que hago ahí es Jorge Luis Nava, “el Naves”. Durante la adolescencia fue adicto a sustancias psicotrópicas y solventes. Salió de esa etapa con ayuda de la rehabilitación y el boxeo. En un grupo de rehabilitación conoció a un entrenador de MMA que le enseñó los fundamentos y le regaló unos guantes. El Naves comenzó a entrenar todos los días con una llanta empotrada en la pared. Descubrió que el deporte lo llamaba. Lo demás lo ha ido construyendo paso a paso. Tiene talento y a sus veintiún años cree que puede llegar a ser profesional.

En el boxeo, a los veintiún años se es joven, pero no tanto como para perder tiempo. Quiere triunfar y todavía está en ese punto donde el futuro parece una puerta que se puede cruzar.

No sabe si se va a abrir.

Pero ya está golpeando.

El Naves entrena más duro que muchos. Es de esos boxeadores que cuando termina la sesión todavía parece tener algo pendiente. Mientras otros ya están guardando las vendas o buscando el celular, él sigue. Otra cuerda. Otro costal. Otro round de sombra. Otra repetición.

A veces se queda viendo hacia ningún lado.

Como si por unos segundos abandonara el espacio donde está.

Es una característica extraña para un boxeador. El box exige presencia absoluta. Un segundo de desconexión puede ser suficiente para que entre una mano. El rival no necesita que estés completamente derrotado; basta con que no estés ahí cuando llega el golpe.

Quizá el boxeo le da la concentración que necesita.

Mide un metro setenta y pelea en peso gallo. No impone por el tamaño, sino por su resistencia, velocidad y dureza. Tiene un estilo reconocible dentro de la tradición mexicana: va al frente, acepta el intercambio, responde cuando recibe y confía en que el otro también se va a cansar.

Tiene buena quijada.

Eso en el boxeo es una forma de reputación. No es una habilidad que se vea en una foto. No aparece cuando alguien golpea el costal. No se puede presumir como velocidad o potencia. La quijada se descubre cuando algo sale mal. Cuando un golpe entra de lleno. Cuando el cuerpo recibe una respuesta que no esperaba.

Pero el Naves sabe aguantar.

Quiere ser campeón nacional.

Pero no solo por el cinturón.

Quiere ser campeón porque necesita que su historia tenga otra dirección.

Quiere ganar dinero, pero hay algo más.

Quiere ser ejemplo.

Sobre todo para sus sobrinos.

También quiere una familia propia. Casarse. Tener hijos. Una vida que no esté definida por lo que pasó antes.

En el boxeo he conocido la soledad. Pero muchos boxeadores pelean precisamente porque quieren pertenecer a algo.

Una familia.

Un barrio.

Un gimnasio.

Una historia.

Un nombre.

El Naves no quiere desaparecer dentro del boxeo.

Quiere encontrar su lugar.

***

Hay una zona del boxeo que nunca aparece en los videos promocionales.

No tiene canciones de salida.

No tiene luces.

No tiene una historia de superación preparada.

No hay una entrevista antes del combate donde alguien diga que llegó desde abajo para conquistar un sueño.

Es la zona de los que están ahí para completar una función.

En el circuito local existen peleadores que conocen esa realidad. No todos llegan al ring con la misma intención. No todos llegan buscando un cinturón. No todos están construyendo una carrera. Algunos llegan porque tienen que pelear para cobrar: alguien necesita un rival, una función tiene que completarse y un prospecto necesita sumar una victoria.

El boxeo también funciona con papeles.

Está el protagonista, que viene a probarse y a ganar.

Y está el que viene a hacer que otro parezca mejor.

Iván conoció esa parte desde dentro.

Lo conocí en Black Box. Entrena ahí y también trabaja como coach. Pelea por su cuenta, se prepara para eventos y busca su lugar dentro de un circuito en donde muchas veces las oportunidades no aparecen de la manera en que uno imagina.

Su historia no empieza con una gran promesa, sino con una realidad incómoda.

Durante un tiempo, Iván trabajó como el rival que tenía que perder: el cuerpo que alguien necesitaba enfrente para imponerse.

Le pagaban por presentarse y le pedían explícitamente que perdiera.

Peleaba con otros nombres para que esas derrotas no afectaran el récord con el que después podía intentar una carrera propia.

En distintas peleas se llamó Jorge Santos, Diego Solís, Pedro González…

Su función era clara: darle rounds a otro peleador, permitirle sumar una victoria y ayudar a construir un récord que se viera mejor.

No lo cuenta desde la indignación, sino desde el conocimiento de alguien que vio cómo funcionaba el sistema y que entiende que el boxeo también es una economía de necesidades. Hay gimnasios que necesitan peleas, prospectos que requieren victorias, entrenadores que buscan foguear a sus promesas y peleadores a quienes les sirve ganar dinero.

El boxeo también fabrica ficciones.

Un peleador puede tener muchas victorias porque enfrentó rivales cuidadosamente seleccionados. Otro puede tener derrotas porque fue usado para probar a quienes estaban subiendo. Eso es parte de la pequeña política del boxeo.

Desde afuera parece sencillo:

ganó.

perdió.

empató.

Pero detrás de cada número hay decisiones, intereses, oportunidades, sacrificios.

Iván estaba en esa parte invisible.

El que ayuda a construir el nombre de otros.

El que aparece en la estadística de alguien más.

El que entra al ring sabiendo que la historia ya fue escrita antes de que suene la campana.

Pero ocurrió algo.

Iván empezó a notar que algo no coincidía con la historia que otros habían construido sobre él. En un combate contra una de las estrellas emergentes del circuito local, Iván le hizo frente de verdad durante un par de rounds. Su tarea era volver creíble la pelea, pero en el intercambio descubrió que podía ganarle a alguien que se suponía superior.

La mentira del circuito le reveló una verdad personal: dentro de una pelea pactada apareció algo que no podía fingirse.

Iván empezó a preguntarse si estaba ocupando un lugar que no le correspondía.

Había pasado demasiado tiempo interpretando a alguien destinado a perder. Incluso en esa ocasión hizo lo que debía y se derrumbó por un derechazo en el cuarto round. Todo salió de acuerdo con lo pactado.

Pero el ring le había mostrado otra posibilidad.

Después de haber sido muchas veces el rival que tenía que perder, Iván quiere intentar su propia carrera profesional.

Todavía no sabemos qué pasará.

No es un campeón esperando ser descubierto.

Es alguien que descubrió que podía intentarlo.

Eso ya es mucho.

Porque muchas personas pasan la vida entera sin saber qué podrían haber sido si hubieran tenido la oportunidad.

Iván encontró esa pregunta en el lugar menos esperado.

No en una victoria.

No en un título.

No en una noche de gloria.

La encontró siendo utilizado para que otro brillara.

Y esa es una de las cosas más extrañas del boxeo: a veces la verdad aparece en medio de una mentira.

 

 

 

Round 5

Soy un boxeador defensivo.

Durante mucho tiempo pensé que era mi ventaja. Tengo buenos reflejos, leo bien las trayectorias, sé marcar la distancia con el jab y ordenar el ritmo de la pelea. No necesito tirar mucho para sentir que estoy en control.

Me siento cómodo cuando el otro propone. Cuando avanza, cuando se desespera por encontrarme. Ahí empieza mi pelea.

No me interesa el intercambio de golpes ni quedarme fijo en un sitio para ver quién aguanta más castigo. Prefiero otra cosa: trabajar desde la distancia, provocar, invitar a atacar.

Soy contragolpeador.

Mi lógica es simple: que el otro se equivoque. Yo le cobro su error.

Trabajo a ritmo alto, con mucho juego de piernas. Utilizo distintos tipos de jab, cambio ángulos, amago.

Lo obligo a tirar. Y cuando lo hace, desaparezco de la trayectoria de sus puños.

Incluso me gusta pelear contra las cuerdas.

Ahí el espacio se reduce y todo se vuelve más preciso. El rival cree que me tiene sin salida. Abre su guardia. Tira combinaciones. Y entonces salgo de la línea de ataque: un quiebre (slip), un cabeceo (bending), un pequeño giro de cintura. Doy un paso atrás y regreso. Me recargo en las cuerdas para salir del radio de sus golpes.

Y entonces… ese es el momento.

Es delicioso evitar un golpe bien tirado. Yo prefiero esa sensación a la de conectar uno propio. Me gusta leer en el hombro del rival, en microsegundos, la intención del golpe, y quitar la cabeza o el cuerpo de la línea de fuego en el último instante. Lo disfruto porque se siente como si fuera posible anticipar lo que va a ocurrir.

Ahí es donde mi boxeo brilla.

Sin embargo, no todos consideran espectacular ese estilo. En el boxeo mexicano suele valorarse al que va al frente, al que intercambia golpes, al que “propone”. Yo no peleo así. Yo prefiero construir desde la precisión, desde el timing, desde el error del otro.

Pensé que eso era suficiente.

Pero hace algún tiempo perdí una pelea por eso.

Yo salí convencido de que la había ganado.

Mi rival no me conectó limpio, controlé la distancia, lo hice equivocarse, contragolpeé mejor. En mi cabeza, la victoria estaba clara.

Después me dijeron que el otro había sido más propositivo.

Que había ido al frente.

Que había “buscado la pelea”.

También me dijeron que la decisión había sido cerrada.

Pero le dieron la victoria a él.

Me tomó tiempo aceptar esa explicación.

No porque no la entendiera, sino porque no me parecía suficiente.

Yo no subo al ring a intercambiar golpes sin pensar. Ese no es el boxeo en el que creo.

Me interesa entender la pelea, leerla, resolverla.

Veo mucho boxeo. Estudio estilos. Me fijo en cómo trabajan la distancia los rusos, en la disciplina técnica de los cubanos, en la limpieza del boxeo estadounidense. Tomo cosas de todos lados: fintas, desplazamientos, formas de entrar y salir.

Me interesa construir un boxeo propio.

Un repertorio.

Una forma.

No solo ganar.

Entender qué está pasando ahí arriba.

Dar el golpe que entra porque todo lo anterior estuvo bien hecho.

No necesito tirar diez golpes si uno basta.

No necesito avanzar si puedo hacer que el otro venga hacia mi trampa.

No necesito imponerme si puedo desarmarlo.

Esa es mi manera de pelear.

Y durante mucho tiempo pensé que eso era boxear mejor.

Que había algo más inteligente en hacer fallar que en arriesgar.

Que el que controla, gana.

Aunque esos jueces lo hayan visto de otra manera…

Al final de esa pelea, hubo un momento en que ya no había mucho que pensar.

Faltaban treinta segundos del último round.

Desde la esquina escuché a mi coach:

“¡Máquina!”

Esa era la señal.

Ir al frente.

Cerrar la pelea con agresividad.

Fui a atacar a mi rival.

No a contragolpear. No a medir. No a esperar.

A ir por él.

El intercambio fue parejo.

No me superó.

Pero tampoco lo dominé.

Ser fajador no es mi terreno.

Me sentí sin las herramientas que me salvan.

Sin tiempo para leerlo.

Sin la distancia para pensar.

Solo explosión de energía.

Y la energía se acababa rápido.

Yo puedo pelear muchos rounds.

Pero no así.

No en ese ritmo.

No en ese tipo de pelea.

Pensé que el rival ya estaba cansado.

Que ese era el momento.

Pero la diferencia no fue la que imaginé.

Yo también estaba exhausto.

Esquivar golpes desgasta.

Moverse, reaccionar, salir de la línea de ataque.

Llegué al final del round con menos margen del que creía.

Ahí entendí algo que no había querido ver:

mi boxeo funciona mientras puedo controlar el ritmo, cuando el otro entra en mi lógica y la

pelea ocurre en mis términos.

 

Pero cuando tuve que romper eso e ir a buscar mi triunfo, me faltó algo.

 

Y no era solo técnico.

Era otra cosa.

No supe imponerme.

Mi boxeo está hecho para responder, ajustar, aprovechar.

No para abrir.

No para tomar la iniciativa.

No para obligar al otro a retroceder.

Entendí algo más incómodo: yo espero a que algo ocurra para entonces actuar.

Peleo a la defensiva.

Soy bueno en contraataque.

Pero por más rápido que sea,

siempre voy detrás.

Afuera del ring hago lo mismo.

Hay cosas que quiero y no voy por ellas.

Veo a una mujer en un café. Sé que me gusta. Sé que probablemente no la voy a volver a ver. Y no hago nada.

No es que no quiera.

Es que calculo.

Pienso en cómo me vería.

En si le parecería interesante.

En si el momento es adecuado.

Y mientras pienso,

la oportunidad se va.

Hay una lógica que se repite:

si no demuestro interés, no pierdo.

Si no me expongo,

no pueden rechazarme.

Si no doy el paso,

mantengo la ilusión de que podría haber pasado algo.

Es una forma de no quedar en evidencia.

Pero también es una forma de perder.

Hay un punto en el que tendría que darlo todo.

Exponerme.

Decir: esto es lo que quiero.

Y en lugar de eso: ajusto.

Espero.

Mido.

He aprendido a moverme bien dentro de ciertos límites.

A no quedar mal.

A sostener una imagen.

Pero hay cosas que no se consiguen así.

Hay cosas que solo ocurren cuando uno va por ellas.

Sin garantías.

Sin cálculo.

Sin saber qué va a pasar.

Y ahí es donde me quedo corto.

Ese ha sido mi lugar.

No el que avanza primero.

El que responde.

Pero vuelvo a lo mismo:

esperar,

medir,

dejar que el otro mueva primero.

Durante mucho tiempo pensé que eso era inteligencia.

Control.

Precisión.

Pero lo que más quiero no siempre viene hacia mí.

 

 

 

Round 6

Entendí mucho después que mi manera de pelear no empezó en el ring.

Empezó en mi casa.

Mi papá era físicamente imponente. Vivía del comercio. Estudió Economía en la UNAM, pero nunca terminó la carrera.

Cuando yo era niño, él vendía “Cebadina” en el Descargue Estrella y en la Feria de León. La cebadina es “una bebida hecha de cebada perla y fruta natural”, típica de la ciudad. Me aprendí de memoria el eslogan porque lo repetí miles de veces ayudándolo a vender.

Él creía que ese negocio nos iba a sacar adelante. Que algún día se embotellaría y que sería tan popular como una Coca-Cola.

Nunca pasó.

Su mundo era el cuerpo.

Cargar cubetas de veinte litros.

Mover barriles.

Levantar costales de azúcar o bolsas de carbonato.

Ahí estaba su autoridad.

En la casa eso se traducía en otra cosa: órdenes, reglas, castigos.

No era una violencia espectacular.

Era constante.

Cuando era niño, en las tardes me hacía leer en voz alta.

No podía equivocarme.

Si fallaba una palabra, un zape.

Recuerdo una tarde entera así.

El libro abierto.

Mi voz saliendo torpe.

Tratando de anticipar cada palabra

para no recibir el golpe.

No estaba aprendiendo a leer.

Estaba aprendiendo a no fallar.

También me hacía recoger hojas del jardín.

Una por una.

No podía usar escoba.

Ninguna herramienta. Ningún atajo.

Era una por una.

“Como debe ser”, decía.

Hiciera lo que hiciera, siempre encontraba algo mal.

Siempre faltaba algo.

Siempre había un motivo de conflicto.

Aprendí a desaparecer dentro de mi propia casa.

A encerrarme en mi cuarto.

A evitarlo.

Le tenía miedo.

Un miedo real.

No al golpe en sí, sino a su presencia.

Pero en la adolescencia ocurrió algo.

El miedo se convirtió en coraje.

Hay una escena que vuelve.

Es la cochera de nuestra casa.

Es de noche.

Recuerdo el jardín, el portón y una lámpara tenue que apenas iluminaba esa parte de la casa.

Escucho a mi papá regañando a mi hermano menor.

El tono cambia.

Baja la voz.

Se vuelve más dura.

Sé lo que sigue.

Me asomo.

Mi hermano está arrinconado.

Está pidiendo que ya no lo regañe.

Mi papá lo arrincona.

Mi hermano se agacha y se cubre la cabeza con las manos.

No es una técnica.

Es instinto.

Bajo.

Cuando llego, mi papá está encima de él.

No está borracho. Nunca lo estaba.

Su violencia no dependía de nada externo.

Era su forma de corregir.

De ordenar.

De imponerse.

Zapes.

Algunas veces, cinturón.

No era solo el golpe.

Era el cuerpo como autoridad.

Le digo que lo deje en paz.

No grito.

Él voltea.

Da un paso hacia mí.

No dice nada.

No hace falta.

Reconozco el gesto.

El aviso.

Pero esta vez no retrocedo.

Tengo quince años.

En la calle y en la escuela aprendí lo suficiente:

no bajar la guardia. Medir la distancia. Responder.

Cierro los puños.

Me tiembla el cuerpo.

También siento ganas de llorar.

Pero estoy decidido:

“A mi hermano no le vas a pegar como a mí”, le digo.

La voz me sale rota, pero el mensaje es claro.

Mi cuerpo permanece firme.

Me pongo en guardia.

Mi papá hace un amague.

Como si fuera a avanzar.

No me muevo.

Lo espero.

Ahí cambia todo.

Se queda quieto.

Un segundo.

Dos.

Por primera vez no tiene el control.

“Contigo no vale la pena pelear”, dice entre dientes.

Se da la vuelta.

Se va.

Mi hermano sigue en el mismo lugar.

Yo también.

No avanzamos.

No retrocedemos.

No hubo golpe.

Y sin embargo, esa fue una de las peleas más importantes de mi vida.

Mi papá no volvió a golpearnos.

No hubo acuerdo.

No hubo conversación.

Solo cambió la ley.

Hasta ese día, el cuerpo de mi papá era la última instancia.

Eso dejó de ser así, no porque yo fuera más fuerte, sino porque estaba dispuesto a resistir.

Y esa noche bastó.

Hay un momento en el que el lenguaje se agota.

 

Queda el cuerpo:

 

el que avanza y el que responde.

 

Entendí que a veces resistir es suficiente.

 

Cuando alguien deja de retroceder,

 

la relación de poder cambia.

 

Esa lógica no existía solo en mi casa.

También estaba en la secundaria.

Tenía uno de los dientes frontales desviado casi horizontalmente.

Me decían “destapador”, “diente de oro” o “mascafierros”.

Esa inseguridad hizo que me tapara la boca cuando me reía.

Una temporada uno de mis compañeros, Alejandro Medina, el “Chichón”, decidió dedicarse a molestarme en clase.

Hizo un comentario sobre mí.

Provocó risas.

Luego otro.

Siguió.

Los apodos en sí no me molestaban. Había que aguantar la carrilla. A todos nos tocaba soportar ese tipo de trato.

Pero sí me enojó su insistencia.

Me harté.

No lo pensé mucho.

Le canté un tiro.

Se corrió la voz.

Nos vimos afuera de la escuela al terminar las clases.

Ya había gente esperando.

En la primaria las peleas son empujones, manotazos, gritos.

Pero en secundaria cambia tu cuerpo.

Tienes hombros y brazos más desarrollados.

Pesas más.

Puedes dar o recibir golpes contundentes.

El Chichón hizo el primer ataque.

Tiró patadas a la espinilla.

Entraban bien.

Secas.

Pero en un momento perdió el balance.

Aproveché y me acerqué.

Lo agarré del cuello.

Le hice una llave de candado, de las que aprendí jugando con mis hermanos.

Apreté fuerte.

Su cara cambió.

Se puso roja.

Intentó soltarse.

No supo cómo.

Ahí entendí que podía ganarle.

Apreté más.

Y entonces apareció otra cosa.

Pensé que si se desmayaba,

esto no terminaría ahí.

Mañana vendría su hermano mayor a romperme la madre.

Así que lo solté.

Cayó.

Se levantó.

Tiró otra patada.

La dejé entrar a propósito.

Para que no se quedara ahí,

sin nada y derrotado.

Con todos viéndolo.

Alguien dijo:

“ya estuvo”.

Nadie discutió.

Me mentó la madre.

Me puse otra vez los lentes. Tengo miopía desde niño.

Y se acabó.

No volvió a molestarme.

Pero no basta con saber pelear.

Hay que saber hasta dónde.

Porque si cruzas cierto punto, la pelea ya no es esa.

Se vuelve un ciclo de violencia.

Y salir de ahí es más difícil que ganar un combate.

Había otros compañeros que ya vivían en esa lógica.

Pacheco, por ejemplo, era nuestro compañero más grande, el capitán del equipo de fútbol del salón. Estaba en una pandilla de cholos: “La Onda 33”.

Llevaba el pantalón del uniforme tumbado, a media nalga.

Había cortado con tijeras los bajos del pantalón del uniforme para acampanarlo. Se levantaba el cuello de la camisa. Remataba su outfit con unos zapatos Flexi con hebilla plateada.

Era el más fuerte del turno vespertino.

Era novio de Lupita, la chica más guapa y precozmente desarrollada de nuestro salón.

Según contaba, a esa edad ya robaba autopartes, bicicletas, carteras.

Me gustaba que estuviera de nuestro lado.

Años después supe que lo mataron en una riña con una banda rival, “Los Convers”. Murió a golpes y apuñalado.

A mí no me gusta pelear fuera del ring:

No hay reglas.

No hay límite.

No sabes si el otro tiene un arma.

No puedes anticipar cómo terminará:

un golpe mal dado, un mal día…

Y lloran en tu casa o en la del vecino.

No vale la pena.

Por eso no me peleo fuera del ring.

Y sin embargo, entreno para pelear.

El boxeo me dio algo que no tenía.

No es solo técnica o fuerza.

Es seguridad.

La sensación de que, si algo malo pasa,

no me van a pasar por encima con facilidad.

Puedo sostenerme.

No tengo que demostrar nada,

pero tampoco ceder a una amenaza sin resistencia.

Es saber que puedes pelear,

y por eso no necesitas hacerlo.

Subirme al ring es acostumbrarme a ciertas dosis de violencia.

Sentirla.

Medirla.

Entenderla.

Para que, cuando aparezca afuera,

no me arrastre.

Peleo para no ser aplastado.

Para no volver a estar en ese lugar

donde el cuerpo de otro decide por mí.

En el fondo,

sigo haciendo lo mismo.

No busco el conflicto.

Pero cuando se presenta, tampoco retrocedo.

 

 

 

Round 7

 

No se ve del todo.

No es evidente.

Pero está ahí.

En el hombro que se tensa.

En el peso que cambia de pierna.

En la respiración que se corta.

Un golpe nace…

Si sabes leerlo, escapas…

Si no, lo recibes.

Eso es el boxeo.

Dos cuerpos que intentan descifrarse al mismo tiempo.

No hay tiempo para pensar.

O mejor dicho, se piensa de otra forma:

con el cuerpo.

No todos los golpes se dejan leer igual.

El jab, por ejemplo, es difícil de anticipar. No porque no dé señales, sino porque puede ser un látigo veloz que pega y regresa a su posición en menos de un parpadeo. Además, sale con el brazo delantero, por lo que recorre menos distancia.

Cuando alguien sabe usarlo bien es un golpe impredecible y muy útil.

Puede servir para medir la distancia del rival.

O si se clava rápido y seguido va a establecer un ritmo: ¡tas, tas!

También se usa para conocer las reacciones del rival: si baja los brazos, si se cierra, si lo que busca es el contraataque, qué huecos deja en su defensa…

El recto sale con la mano de atrás y suele cargar más potencia por el giro de la cintura. El famoso uno-dos del boxeo es un jab seguido de un buen recto. El gancho al hígado o “gancho mexicano” es mi golpe favorito. Es difícil de perfeccionar, pero es devastador: puede provocar un K.O. por un dolor paralizante y agudo. He pasado muchas horas entrenándolo porque me gusta su precisión y el efecto que provoca en el cuerpo del rival.

También uso mucho el gancho a la cabeza y el uppercut. Mi coach quiere que además incorpore el overhand o volado de derecha, que describe un arco por encima de la mano adelantada o de la guardia rival y que cae en su cabeza o en la barbilla, que es “el botón de apagado”, como dice Jesús.

 

He notado que cada boxeador respira de una manera, maneja su peso con cierta música, repite entradas, salidas, pausas. Al principio todo eso parece confuso. Después de algunos intercambios empieza a dibujarse. Ahí cambia la pelea. Ya no estás solo reaccionando: empiezas a reconocer patrones.

Ves qué hace después del jab. Si entra igual dos veces. Si, cuando falla, se queda un instante más de la cuenta. Si tira por inercia o si sabe corregir. Y cuando eso aparece, puedes llevarlo a tu terreno.

Mi boxeo es el contragolpe.

Hay fajadores que dependen de ir hacia adelante, de imponer volumen, presión y puños. Cuando les hago fallar dos o tres veces seguidas, se nota su desconcierto. Enfrentarse a alguien que se sabe defender puede desesperarlos. Hay algunos que saben castigar, pero no pueden entrar con ángulos, fintar antes de intercambiar golpes, pivotear, variar sus estrategias. Cuando les quitas la línea recta y los obligas a ajustar, empiezan a boxear peor.

Si logro establecer la pelea en esos términos, los golpes de mis rivales se vuelven más lentos, no porque realmente lo sean, sino porque ya vi algo antes. Muevo la cintura, me escurro de la trayectoria de sus puños, entro y salgo de la corta distancia, rompo el intercambio, regreso. Ahí aparece mi forma particular de crueldad: hacer pagar el intento de lastimarme. Hay algo en mí que disfruta imponerme después de que el otro me intentó golpear. Como si pegar se volviera legítimo en respuesta y el goce estuviera menos en atacar que en cobrar.

Pero saber leer bien a un rival no basta. También hay que inducirlo al error.

Por ejemplo, a veces mi estrategia es parecer vulnerable. Retrocedo, cedo espacio, me acerco a las cuerdas. Parece que ya no tengo salida. Cierro la guardia y me quedo ahí, pero no estoy esperando: estoy invitando. Relajo el cuerpo porque sé lo que sigue. El otro va a tirar. Cuando lo hace, muevo la cabeza hacia la trayectoria del golpe, pero paso por debajo o por un lado. Y desde ese lugar lo conecto. No es velocidad. Es anticipación. Mi respuesta había empezado antes.

Otras veces el engaño es más simple. Toco su guardia con golpecitos. Nada fuerte. Solo para ver si reacciona, si baja las manos, si protege el cuerpo. Pruebo con un golpe ligero abajo y observo. Si desciende la guardia, el siguiente intercambio ya no es prueba. Es entrar con seguridad y contundencia en el espacio que dejó abierto.

Cuando conecto, cada reacción es información. Si se duele, si se sorprende, si se preocupa. Todo cuenta.

No siempre es lo mismo.

Muchas veces no es un gesto espectacular.

Pero el cuerpo cambia.

Se cierra.

Protege una zona que antes dejaba abierta.

El rival empieza a mirar hacia abajo sin darse cuenta.

Ahí sabes que el golpe hizo su parte.

Otras veces no hay dolor.

Hay desconcierto.

El oponente se queda en la zona de intercambio más de lo normal. Recibe castigo.

También está el que se preocupa.

No por un golpe.

Por la acumulación.

Empieza a tirar más.

Más rápido.

Pero peor.

Ya no decide.

Reacciona.

Nada de eso es definitivo.

Puede cambiar en el siguiente intercambio.

Pero si lo ves,

y lo usas,

la pelea se empieza a inclinar en tu favor.

Usualmente el primer round es “de estudio”. Después ya no. Lees con el cuerpo. Actúas. Entras en un estado donde todo fluye y no hay esfuerzo consciente. Ese es el mejor momento: cuando ya no estás decidiendo, sino adaptándote a algo que va más rápido que tú.

Hay un punto en el que deja de sentirse como esfuerzo.

El golpe viene y no lo piensas.

Ya te moviste.

Un espacio aparece frente a tu mirada.

Y entras.

Como si el tiempo se abriera lo suficiente para que todo ocurra sin estorbarse.

Ves el golpe salir.

Reconoces la trayectoria.

Tu cuerpo ya estuvo ahí antes.

Por eso no dudas.

En ese estado no hay ruido.

No estás evaluando si es buena idea.

No estás calculando riesgo.

Solo estás dentro de la secuencia.

Todo encaja.

El otro tira.

Falla.

Tú entras y pegas. Luego sales de la zona corta.

La pelea se ordena sola.

Ese es el momento más limpio del boxeo.

El problema es que no dura. Es un instante.

Y a veces no alcanza con saber.

Recuerdo que en un sparring me entró un volado por arriba de la defensa. Lo vi venir, pero no a tiempo para salir de la trayectoria. Esa vez no sentí dolor.

Fue algo muy diferente…

Un segundo de desorden.

Como si todo se moviera y tardara en regresar.

Y junto con eso, una sensación distinta a las demás.

La pegada.

Sentir que mi rival podía romperme.

Ese día no pensé “el box es peligroso”. Lo sentí.

Sé que no puedes salir limpio de una pelea…

Hay momentos en los que veo el golpe, sé que viene, y aun así decido quedarme.

No porque no pueda moverme, sino porque quiero pegar mejor.

Porque, a veces, para pegar mejor tengo que aceptar que también me van a tocar.

No siempre se trata de evitar, sino también de intercambiar.

De asumir el golpe recibido como parte del costo.

No es descuido.

Es decisión.

Y eso es otra forma de violencia.

Más directa: elegir cuánto estoy dispuesto a recibir para poder pegar.

Y es que dominar no es lo mismo que terminar un combate.

No siempre necesito ganar por nocaut.

Basta con que la diferencia sea clara.

Pegar más y recibir menos.

Boxear mejor.

Ganar no siempre es destruir.

Es imponer.

Controlar el ritmo, la distancia y los tiempos.

Hacer que la pelea ocurra en mis términos.

Ahí no dudo.

No siempre busco ese último golpe que apaga, que rompe.

A veces solo domino.

Pero cuando se trata de ir por lo mío…no es tan fácil.

Ahí no siempre voy al frente.

Por ejemplo, fuera del ring, cuando tengo una vida que, por fin, funciona, la defiendo más allá de lo conveniente.

Porque en ese intento de no perder lo que tengo,

me quedo corto en lo que podría ir a buscar.

No voy hasta donde sé que podría.

Ahí es donde mi forma de pelear deja de ayudarme.

No es que retroceda.

Es que mido de más.

Y esa diferencia, mínima,

es demasiada en ciertos contextos…

No todo se puede controlar.

Hay momentos en los que la pelea no se resuelve afinando.

Se resuelve entrando al intercambio.

Sin garantías.

Sin haber terminado de calcular.

Ahí ya no se trata de predecir mejor.

Se trata de desear.

De intentar.

De decidir antes de estar completamente listo.

De aceptar que algo se va a desordenar.

Y que ese desorden es el precio.

Porque hay golpes que no salen del cálculo, sino de una zona más expuesta.

Menos limpios, más inciertos.

Ahí no estoy seguro.

Ahí apuesto.

Pierdo la limpieza del control.

Pero es donde la pelea cambia de verdad.

Hay cosas que no se consiguen leyendo mejor.

Ni esperando el momento perfecto.

Se consiguen cuando dejo de proteger lo que he construido

y me muevo hacia lo que todavía no está.

Sin cerrar todos los ángulos.

Pagando el precio.

 

Round 8

 

A la pelea invité a una sola persona: un estudiante mío.

No para acompañarme.

Para grabar.

Necesitaba el video para el PECDA. Esa fue la razón práctica, la razón defendible, la que puede decirse sin complicar nada. Le pedí que fuera, que se colocara donde pudiera ver bien el ring, que grabara la pelea completa. No necesitaba que gritara mi nombre. No necesitaba que me deseara suerte. No necesitaba que entendiera lo que estaba en juego.

Tengo un recuerdo…

Estoy en la universidad. Es la ceremonia de graduación de la licenciatura. Yo llevo camisa de vestir y pantalón de mezclilla, casi como si fuera un día cualquiera. Me visto como quien no quiere concederle demasiada importancia.

La ceremonia tiene su coreografía: nombres, aplausos, fotos, familiares que se levantan de sus lugares, madres que buscan el mejor ángulo, padres que sonríen con una solemnidad enternecedora, amigos que gritan, ramos de flores. Una graduación es una pasarela de orgullo familiar. Todo está diseñado para eso: para que alguien pueda decir “lo lograste” desde afuera, para que el esfuerzo de años encuentre una mirada donde descansar.

Yo no invité a nadie porque mi familia vive en otra ciudad y me pareció innecesario hacerlos viajar por algo que yo mismo veía como un trámite. Además, me había ido de casa desde hacía siete años, y sentía que ese logro era en todo caso mío, porque lo había hecho por mi cuenta.

Dicen mi nombre en el micrófono. Camino hacia las autoridades.

Recibo el título.

Nadie aplaude. Nadie lanza porras. Nadie dice “ese es mi hijo”.

Sonrío con dignidad.

Pero la sonrisa me sale torcida.

No es una sonrisa triste. Es una sonrisa incómoda, defensiva, que no sabe si celebrar o terminar pronto con el trámite. Hay gestos que el cuerpo produce cuando la emoción no encuentra salida. Mi cara hace lo que puede. Cumple. Enseña los dientes apenas. Sostiene la escena.

Mi soledad no me pesa hasta que hace fricción con ese ritual y se vuelve visible.

Entonces el papá de mi mejor amigo se adelanta a la multitud con una cámara, me pide que levante el diploma y me toma una foto.

Él sabe que estoy solo.

No lo anuncia. No me abraza. No convierte el momento en una escena. Solo levanta la cámara y dispara. Ese pudor salva todo.

La gente reacciona y escucho algunos aplausos.

Hay formas de acompañar que consisten en no decir nada. En no subrayar el hueco. En no tocar donde ya está abierto.

La foto existe porque él la toma.

En ese momento apenas registro lo que pasó. Camino entre las familias, que celebran que la vida acaba de confirmar algo sobre sus hijos. Yo también acabo de recibir una confirmación, pero no tengo a quién entregársela.

Eso es lo difícil: no tener a quién voltear a ver cuando logras algo.

Con la tristeza uno puede esconderse. Uno cierra la puerta, apaga el celular, se mete a la cama, inventa cansancio, deja que el día se pudra sin testigos. La tristeza, incluso cuando duele, sabe trabajar en secreto.

La alegría no.

La alegría pide compañía. Pide una mirada que la vuelva real. Pide alguien que diga: te vi, estuve ahí, pasó. No lo inventaste. Hay una forma de soledad que no aparece cuando todo se cae, sino cuando algo bueno ocurre y no hay nadie propio para recibirlo contigo.

Ese segundo es el más duro.

El segundo después de la alegría.

No la cama vacía, la casa en silencio o la mesa para uno.

El momento en que algo bueno acaba de pasar y tu primer impulso no encuentra dirección.

¿A quién se lo digo?

La pregunta parece pequeña, pero abre una habitación enorme.

Uno aprende a administrar incluso sus victorias. Las vuelve discretas. Las baja de volumen. Las trata como algo privado. Dice que no es para tanto. Dice que era lo que seguía. Dice que había que hacerlo.

Desde entonces reconozco esa sensación en otros momentos. Aparece cuando termino un texto muy bueno y no se lo mando a nadie cercano. Cuando recibo una buena noticia y la dejo reposar en el teléfono porque compartirla exigiría una intimidad que no siempre sé pedir. Cuando algo avanza en mi vida, pero no hay una mesa esperándome, ni una voz que diga “cuéntame”, ni alguien que entienda por qué eso pequeño también costó.

Uno aprende a contener lo malo, pero también lo bueno.

Y eso deforma.

Te vuelve eficaz. Te vuelve sobrio. Te vuelve alguien que cruza fechas importantes con una cara normal. Aprendes a no organizar a nadie alrededor de tu vida, a no requerir presencia. Aprendes a no esperar demasiado de las ceremonias, incluso a desconfiar de ellas, como si celebrar fuera una forma de exponerte…

Porque celebrar es aceptar que algo te importa.

Por eso, años después, cuando le pido a un estudiante que grabe mi pelea, no solo estoy pensando en el PECDA ni en el archivo ni en la evidencia para un proyecto. También estoy repitiendo una escena antigua.

Hay una diferencia entre ser visto y ser acompañado. Yo quería que la pelea quedara registrada, pero no quería testigos. Quería una prueba de que había estado ahí, de que me había subido, de que había hecho algo con mi cuerpo después de meses de miedo, enfermedad, ruptura y entrenamiento. Pero no deseaba la mirada de alguien que pudiera preocuparse por mí. No quería tener que explicar antes ni después. No quería bajar del ring y encontrar una cara conocida tratando de leerme la derrota, la vergüenza, el triunfo o el alivio.

Una cámara no se preocupa.

Una cámara no te pregunta si estás bien.

Una cámara no manda mensaje al día siguiente.

Una cámara no recuerda tu cara cuando viste venir el golpe y no pudiste quitarte.

La grabación podía existir sin exigirme nada. Iba a guardar lo ocurrido con una fidelidad bruta e indiferente. Habría registro, pero sin juicio.

La evidencia no consuela ni reclama.

La evidencia no ama.

Invitar a un estudiante era buena idea porque su presencia pertenecía más al trámite que a la intimidad. Yo era su profesor, y sin embargo esa noche él iba a verme en una situación donde mi autoridad no servía para nada. No iba a verme explicar una idea ni dirigir una clase ni controlar una discusión. Iba a verme con guantes, careta, protector bucal, respirando por la boca, intentando no quedar rebasado por otro cuerpo.

Hay algo incómodo en eso.

Un profesor puede esconderse detrás de las palabras. Un boxeador no.

La verdad es que no quería que alguien cercano me viera perder. No quería que alguien que me conociera de verdad viera cómo se me acababa el aire, cómo bajaba las manos, cómo retrocedía de más, cómo dejaba de ser la versión de mí que yo mismo intentaba sostener.

Frente a desconocidos no importa demasiado el abucheo ni el aplauso.

Pero con alguien que te quiere, la vergüenza se queda a vivir. Yo temía verme después en su mirada, encontrar ahí decepción, preocupación o lástima, y tener que cargar también con esa lectura.

Porque alguien cercano mira desde otro sitio: te ha visto enfermo, enamorado, eufórico, arrogante, hundido, brillante, insoportable. Sabe demasiado. Y por eso su mirada pesa más.

Yo no quería cargar con eso.

No quería que una derrota en el ring se sumara a todas las otras versiones mías que esa persona ya guardaba. No quería darle a nadie una imagen más para entenderme.

Hay algo perverso en esa necesidad de controlar.

Lo sé.

No invitar a nadie es protegerme de su lectura. Si nadie venía, nadie podía corregir mi versión. Si nadie estaba ahí, después yo podía decidir qué había pasado. Podía contar la pelea desde mi memoria, desde mi vergüenza, desde mi orgullo, desde el ángulo que más me conviniera. Podía editar el desastre. Podía elegir la frase exacta para volver soportable lo que tal vez no lo fue. Al final, me dedico a contar historias.

Pero lo cierto es que tampoco necesito que me vean ganar.

Lo que me importa es poder respetarme.

Cuando aviso que voy a pelear, algunos se entusiasman.

Otros se asustan.

Otros hacen bromas.

Otros preguntan por qué.

Esa pregunta es el problema.

¿Por qué?

Porque no hay una respuesta que no suene un poco ridícula. Uno puede decir “disciplina”, “deporte”, “reto”, “proyecto”, “beca”, “escritura”, “experiencia”, “crónica”, “investigación”, pero ninguna de esas palabras alcanza. Todas se vuelven razonables demasiado pronto. Y una pelea no nace en ese registro. Nace de otra zona. Una donde la explicación importa menos que la intuición.

Yo podía decir que era por el libro. Y era cierto. Podía decir que necesitaba grabar la pelea para el PECDA, porque me habían becado para escribir sobre esto y el proceso debía tener cuerpo, registro, evidencia. También era cierto. Podía decir que era parte del proyecto, una forma de llevar la escritura hasta sus consecuencias físicas. Cierto también.

Pero debajo de todo eso había otra cosa.

No quería que el miedo decidiera por mí.

Esa frase se puede decir. Suena digna. Suena clara. Casi limpia.

Pero incluso ahí falta algo. Porque no solo era miedo. Era orgullo, vergüenza, deseo de respeto. Era una necesidad difícil de explicar sin parecer dramático: mi propósito es llegar a un punto donde mi cuerpo tenga que responder y ya no pueda seguir negociando con mis excusas.

Estoy harto de pensar. He pasado demasiado tiempo pensando.

Pensé durante la enfermedad. Pensé mientras no podía correr. Pensé acostado, revisando síntomas, buscando el aire, a la espera de que el cuerpo volviera a parecer mío. Pensé durante la ruptura. Pensé antes de terminar, después de terminar, en los días de abstinencia, en las ganas de regresar, en la posibilidad de equivocarme. Pensé entrenando. Pensé en mi estilo, en mi forma de pelear, en mi forma de evitar, en mi manera de quedarme detrás de la respuesta del otro.

Pensar no me salvó.

En cambio, el boxeo tiene una ventaja: tarde o temprano se acaban las interpretaciones.

Puedo analizar la pelea antes. Puedo imaginarla. Puedo escribir sobre ella. Puedo convertirla en símbolo, en capítulo, en expediente de beca, en tentativa de redención. Pero al sonar la campana, todo eso se comprime en algo más simple: guardia arriba, jalar aire, mantener la distancia, preparar el golpe.

Eso también me gusta. No porque ignore el poder de las palabras: vivo de ellas. Me han dado oficio, casa, problemas, dinero, algunas formas de prestigio y varias maneras de meterme en lugares donde no sabía si pertenecía. Pero las palabras también sirven para esconderse. Uno puede hablar durante años de su miedo sin rozarlo. Puede escribir alrededor de una herida como quien rodea una casa en llamas sin decidirse a entrar para ver si hay alguien dentro.

La pelea no permite ese tipo de especulación.

***

No toda soledad es dolor.

A veces es una casa en orden. Una forma de habitar sin pedir permiso. Una música que empieza cuando nadie habla. La libertad de moverse por el departamento como un animal tranquilo, dueño de su territorio.

No vivo solo como quien espera ser rescatado.

Vivo solo y me gusta.

Cuando tengo hambre, como. Escribo cuando quiero o es indispensable; fumo en silencio; pongo un vinilo sin negociar el volumen y camino de un cuarto a otro con la sensación de que el tiempo me pertenece. La soledad también es una forma de libertad y abundancia. Un espacio amplio donde nadie interrumpe la conversación secreta que uno sostiene consigo mismo.

Por eso el problema no es estar solo.

El problema es que uno se acostumbra a no pedir.

Hace poco obtuve un reconocimiento en mi trabajo. Pasé de profesor asociado a profesor titular. No es poca cosa. En el mundo académico esas palabras pesan. No cambian la vida, pero confirman una trayectoria, un esfuerzo, una permanencia. Uno puede burlarse de las ceremonias, puede reducirlas a trámite, puede decir que todo eso es burocracia institucional, pero debajo de la ironía hay una verdad más sencilla: algo se reconoce porque algo costó.

Voy a la ceremonia.

No invito a nadie.

Hay colegas. Hay aplausos. Hay felicitaciones. Todo ocurre con cordialidad. Me reconocen como reconocen a los demás que también ascienden. Nos aplaudimos unos a otros con esa mezcla de afecto, rutina y formalidad que tienen las instituciones cuando intentan parecer humanas. Alguien me da la mano. Alguien dice felicidades. Alguien me da palmadas en el hombro con honestidad. Yo agradezco. Sonrío. Cumplo mi parte.

No hay drama.

No estoy triste.

No miro alrededor buscando una ausencia.

Ese es el punto.

Termina la ceremonia y regreso a casa.

Entro al departamento.

Dejo la carpeta de cuero con mi reconocimiento sobre la mesa.

Me sirvo un whisky.

Fumo marihuana.

Pongo música en la tornamesa. DIIV. La aguja cae y empieza esa electricidad melancólica, esa niebla de guitarras que parece avanzar sin prisa por un cuarto oscuro. No necesito más. La celebración encuentra su forma.

Lo disfruto mucho.

Eso también importa.

Quizá con una pareja sería distinto.

No porque la pareja tenga que cumplir el papel de público, sino porque esa persona se vuelve ese sitio al que uno voltea casi sin pensarlo, por reflejo. Algo pasa y el cuerpo busca una cara. Una noticia llega y la mano va al teléfono. Hay una alegría y se canaliza en una dirección inmediata.

He estado eligiendo mi libertad, mi soledad, mi espacio.

No pedir compañía termina por volverse costumbre. No se siente como una decisión. No aparece como un gesto heroico ni como una renuncia grave. Simplemente ocurre. Llega una fecha. La anoto. Voy. Regreso. Celebro a mi manera. Me digo que está bien, y casi siempre está bien.

Así se forma una ética discreta de la autosuficiencia.

No hagas ruido.

No conviertas tus logros en obligación.

No pidas.

No esperes.

Resuelve.

Agradece.

Vuelve a casa.

Pon un disco.

Sírvete un whisky.

Fuma.

Celebra.

Duerme.

Al día siguiente, continúa.

Suena bien. Pero también hay una parte de la vida que se mantiene limpia porque no la toca nadie. Nada se desordena. Nadie llega tarde. Nadie falla. Nadie decepciona. Nadie pregunta demasiado. Nadie ve más de lo necesario.

La libertad queda intacta.

La soledad también.

Y tal vez esa es la forma de entenderla: no como una condena, sino como una vida que funciona tan bien que empieza a cerrarse sobre sí misma.

Yo amo mi libertad.

No quiero fingir lo contrario para que esta página parezca más triste o más profunda. Amo vivir a mi modo. Amo mi tiempo. Amo mi casa. Amo no rendir cuentas de cada movimiento. Pero también sé que una vida puede ser cómoda y defensiva al mismo tiempo.

No pedir compañía no siempre nace del dolor. A veces es una forma práctica de estar en el mundo. Una cortesía excesiva. No querer molestar en lo absoluto. Sentir que cada quien ya carga lo suyo y pensar que lo importante se puede vivir en silencio porque al final el reconocimiento verdadero es interno.

Y algo de eso es cierto.

Pero no todo.

Porque el cuerpo aprende esas operaciones. Aprende a no decir “ven”. Aprende a recibir títulos, ascensos, becas, buenas noticias, derrotas y victorias con la misma administración privada. Aprende incluso a disfrutarlo. Y cuando llega un momento en que tal vez sí haría falta alguien, ya no sabe cómo abrir la puerta sin sentirse torpe.

Entonces uno confunde la costumbre con el carácter, no pedir con no necesitar y la paz con el aislamiento.

***

En el box estás solo en el ring, pero solo puedes llegar ahí con la ayuda de otros.

Nadie aprende a boxear solo. Esa fantasía no existe. Uno puede pegarle al costal en un cuarto, ver videos, hacer sombra frente al espejo, imaginarse rápido, fuerte, peligroso. Pero el boxeo empieza de verdad cuando aparece otro cuerpo. Alguien que no se mueve como tu imaginación. Alguien que no coopera del todo. Alguien que se equivoca, te presiona, te lee, te toca, te obliga a corregir lo que pensabas que ya sabías.

El costal no te contradice.

El sparring sí.

Por eso entrenar con alguien crea una intimidad única. No es sentimental. No se parece a la amistad común, aunque puede volverse amistad. Es una confianza construida a golpes regulados. Uno acepta que el otro intente lastimarlo dentro de un margen; esa frase, dicha fuera del contexto del gimnasio, suena absurda. Pero en el box tiene sentido. No subes con alguien para destruirlo. Subes para que los dos lleguen mejor al día en que tengan que enfrentarse a otros.

A veces pasa que en el sparring alguien se calienta.

Un golpe entra más duro de lo necesario. Un gancho pega en zona baja. Una combinación sigue cuando ya había que cortar. Un gesto de burla.

En el box la línea entre intensidad y abuso puede ser muy delgada, por eso hay que aprender a reconocerla.

Pero cuando suena la campana…

Se chocan los guantes.

Se pide perdón sin hacerlo grande.

Se sigue.

Esa también es parte de la disciplina.

La gente cree que el boxeo consiste en desatar violencia, pero gran parte del entrenamiento consiste en administrarla. No tirar todo lo que podrías tirar. No castigar de más. No aprovecharte de un compañero cansado solo porque puedes. No confundir dominio con crueldad. No dejar que el enojo haga el trabajo que debería hacer la técnica.

El box enseña códigos.

Entras con alguien al ring, le pegas, te pega, se lastiman un poco, se ayudan mucho, bajan, se quitan los guantes, hablan de lo que pasó. “Se te cae la derecha”. “Me estás entrando fácil abajo”. “Cuando tiro el jab te vas siempre al mismo lado”. “Ahí sí me calenté”. “Ese gancho sí entró”. “Perdón por el golpe bajo”.

No hay drama.

Porque en el gimnasio las diferencias también se resuelven de una manera más limpia que afuera. Si alguien tiene orgullo, se mide entrenando. Si alguien habla demasiado, el cuerpo lo corrige. Si alguien cree que puede, sube. Si no puede, aprende. El ring no elimina la vanidad, pero la pone a sudar. La obliga a respirar por la boca. La lleva a una zona en donde las palabras salen sobrando.

Por eso hay una hermandad.

No esa fraternidad de película en donde todos se abrazan y dicen frases nobles antes de la batalla. Es más seca. Más práctica. Se parece a saber que el otro entiende algo que afuera cuesta explicar. Entiende lo que cuesta llegar: hay meses de cuerda, sombra, costal, manoplas, sparring, dieta, cansancio, sueño mal dormido, golpes que no se ven, errores que se repiten, ansiedad que no desaparece. Subir al ring no es un gesto de valentía instantánea, sino el resultado de una acumulación. Constancia. Disciplina. Sacrificio. Manejo de emociones. Volver al gimnasio cuando nadie te está mirando.

Desde afuera se ve el evento.

Desde adentro se ve la repetición.

Eso hermana más que cualquier discurso.

Los compañeros no necesitan que expliques demasiado. No hace falta contarles toda tu biografía. Ellos también han estado ahí: vendándose las manos, respirando hondo, fingiendo tranquilidad, midiendo su miedo contra la costumbre, tratando de que el cuerpo llegue listo. Tal vez no saben de tu enfermedad, de tu ruptura, de tu padre, de tus fantasmas. No tienen por qué saberlo. Pero conocen otra cosa: lo que cuesta pasar la prueba.

Conocen el precio físico de presentarse.

Y eso basta para el respeto.

Incluso en una pelea amateur se imita, en pequeño, la liturgia profesional. Hay canción de salida de los peleadores. Hay réferi. Hay una mujer con carteles que anuncian los rounds. Hay esquinas. Hay gritos. Hay jueces. Hay gente grabando. Hay novias junto al ring, primos, amigos, compañeros de trabajo, pancartas hechas con cartulina, nombres escritos con plumón, porras que suenan grandes en un lugar pequeño.

Todo eso ayuda. Todo eso construye una pequeña ficción de respaldo: no voy solo, vienen conmigo, me están viendo, alguien va a recordar que estuve aquí.

Pero el boxeo tiene una crueldad precisa.

Acepta toda esa ceremonia y después la deja afuera.

La canción termina.

La pancarta se queda en las manos de alguien.

La novia grita desde un lugar al que no puedes ir.

Los amigos hacen ruido, pero no pueden respirar por ti.

Los compañeros entienden, pero no pueden entrar a tu cuerpo.

Estuvieron en tu entrenamiento, en los rounds de sparring, en los consejos, en la confianza de haber trabajado contigo para que llegaras en las mejores condiciones a ese punto. Pero hay un instante donde todo eso se convierte en antecedente. Sirve, sostiene, prepara, pero no sustituye.

El ring no cancela la comunidad, pero la comprime hasta dejar una sola responsabilidad: uno mismo.

Cada quien llega solo al centro.

El boxeo da una comunidad de compañeros, entrenadores, rivales, público, música, ceremonia, y después te deposita en un espacio donde nadie puede pelear por ti.

La esquina es el último lugar donde la compañía todavía puede traducirse en algo útil. El entrenador mira desde fuera lo que uno no alcanza a ver desde dentro. Observa si el rival repite una entrada, si carga el peso antes de tirar, si baja la mano después del jab, si ya se cansó, si está fingiendo cansancio, si conviene esperarlo o ir a buscarlo. Ve también lo que uno está haciendo mal: la guardia que cae, la espalda que se queda demasiado cerca de las cuerdas, los golpes aislados, la ansiedad de querer resolver con una sola mano lo que tendría que construirse con una combinación.

Entre rounds, la esquina parece un refugio.

En mi caso, no es el dolor de los golpes lo que más me pesa, sino el cansancio. Ese agotamiento que no se parece al de correr ni al de entrenar fuerte, sino a una forma de vaciamiento. Los hombros se paralizan. Las piernas se convierten en lastres. La boca se abre buscando aire. El sudor entra en los ojos. La careta aprieta y estorba. El protector bucal se siente enorme.

Ahí aparece una pregunta absurda y exacta:

¿Qué hago aquí?

Podría estar en mi casa. Podría estar escuchando música. Podría estar fumando, leyendo, caminando de noche por Guadalajara, tomando algo en un bar, perdiendo el tiempo sin que nadie intente golpearme. Podría estar en cualquier otro sitio.

Pero estoy aquí.

Y lo elegí.

Esa es la parte que impide cualquier victimismo. Nadie me puso los guantes mientras dormía. Nadie me arrastró al ring. Yo caminé hacia esto. Yo entrené para esto. Yo dije que quería llegar a un sitio donde el relato dejara de obedecerme. Y ahora no obedece. El cuerpo tampoco lo hace del todo. La pelea ya no es una idea. Es una exigencia.

El entrenador pregunta cómo estoy.

Lo hace porque necesita saber si algo anda mal de verdad. Si veo borroso. Si me mareé. Si siento raro el cuerpo. Si todavía puedo salir. En la esquina se cuida también esa frontera difícil entre valor y estupidez.

Contesto que bien.

Siempre se contesta eso.

Bien no significa cómodo. Bien no significa entero. Bien quiere decir que todavía queda algo. Un poco de aire. Un poco de fuerza. Un poco de vergüenza útil. Un resto de voluntad que puede volver a ordenar el cuerpo cuando suene la campana.

La esquina ayuda.

Pero no sustituye.

Ese es el límite que el boxeo enseña sin adornos. Puede haber entrenador, compañeros, público, música, gritos, una cámara, una beca, un proyecto, una historia previa, una comunidad entera alrededor. Todo eso importa. Todo eso sostiene. Todo eso te trae hasta la orilla.

Pero no cruza por ti.

Cuando estás contra las cuerdas recibiendo una lluvia de golpes, no sirve saber en abstracto lo que deberías hacer. Hay un momento en que el rival ya puso el ritmo de la pelea. Él decide la distancia, la presión, el tiempo. Tú intentas descifrarlo y no puedes. Buscas una salida, una lectura, una pausa. Algo. Pero todo ocurre demasiado rápido. Los guantes golpean los brazos, la careta, los codos, el cuerpo. No todos entran limpios, pero todos pesan. La esquina grita que levantes la derecha.

Pero saber no basta.

Tienes que salir.

Tú.

Con el cuerpo que queda.

Ahí la soledad deja de ser una costumbre de vivir solo, una ceremonia sin invitados, una copa después de un reconocimiento, una foto tomada por alguien que nota ausencias. Ahí la soledad se vuelve una condición física. Está en las piernas. En la respiración. En los hombros. En la decisión mínima de no quedarse donde el rival quiere que te quedes.

No hay épica.

A veces la dignidad es apenas un paso lateral.

A veces es amarrarse.

A veces es levantar la guardia cuando sientes que ya no puedes.

A veces es tirar una combinación no porque estés seguro, sino porque la única forma de salir de una presión es interrumpirla.

En esos segundos uno negocia con una parte muy íntima de sí mismo.

La que quiere irse.

La que dice basta, no tienes que hacer esto.

La que recuerda las otras vidas posibles donde no hay golpes, ni cansancio, ni gente mirando, ni un rival avanzando. Y esa voz tiene razón: no tienes que hacerlo.

Por eso hacerlo importa.

Tarde o temprano aparece algo que nadie puede atravesar por ti.

A veces es una enfermedad que nadie sabe nombrar. A veces una relación que todavía amas pero ya no puedes sostener. A veces una decisión que nadie puede tomar por ti aunque todos opinen. En esos momentos los demás pueden acompañar.

Y eso no es poco.

Pueden estar en el hospital, sentados a tu lado, trayendo café, hablando bajo en el pasillo, preguntando por el médico, sosteniéndote la mano, acomodando una cobija, fingiendo calma. Pueden decirte que no estás solo.

Pero hay un punto que nadie puede atravesar por ti.

La muerte no se delega.

Puedes morir rodeado de amor, de hijos, de hermanos, de una pareja que no quiere soltarte, de rezos, de máquinas, de voces que intentan retenerte en el mundo. Pero hay un umbral donde ninguna mano cruza. El último aire pertenece a quien lo pierde.

Eso no vuelve inútil el amor.

Lo vuelve más humilde.

El amor acompaña hasta donde puede.

Hacer las paces con la soledad no significa celebrarla como una superioridad o convertirla en un escudo, en una pose o una forma elegante de no necesitar a nadie. La soledad también seca. También endurece.

Pero hay otra soledad…

Una que no castiga.

Una que ordena.

La soledad donde uno responde por su propia vida.

Quizá lo que estoy aprendiendo sea eso: cuándo pedir compañía y en qué momento aceptar que no alcanza.

***

Quizá por eso aparece Dios.

No como estampita sagrada. No como catecismo. Dios se me presenta de otra manera: como el otro lado de la soledad. Una mirada que no sustituye a nadie, pero tampoco se acaba donde se acaban las miradas humanas.

No le pido la victoria.

No imagino a mi Dios contando puntos, inclinando jueces, desviando golpes para favorecer a uno de sus hijos contra otro. Si Dios me ve, no lo hace como público, ni como entrenador, ni como padre que necesita ver vencer a su hijo para reconocerlo.

Si Dios mira, quiero creer que ve la entrega:

si uno se presenta.

Si no se esconde.

Si hace algo digno con el cuerpo que recibió.

Si usa su libertad no para escapar del miedo, sino para plantarse frente a él. Si celebra la existencia llevándola a un borde donde todavía pueda decir: esto soy, esto tengo, esto ofrezco.

Por eso pelear puede parecerse a una oración.

No una oración pura.

No una oración de rodillas, con manos juntas y palabras aprendidas.

Una oración con la boca seca, los hombros ardiendo, los nudillos envueltos, la quijada apretada, el aire roto. Una oración de alguien que no se considera bueno, ni inocente, ni especialmente noble, pero que quiere presentarse ante su creador sin ninguna máscara.

Dios, mírame pelear.

No para que me salves.

No para que me aplaudas.

Mírame porque soy tu hijo y esto es lo que puedo ofrecerte: un miedo al que intento no obedecer; mi cansancio, al que intento no rendirme; mi cuerpo celebrando que está vivo.

No hay nada grande en la escena.

No es una guerra. No es el Coliseo. Es una pelea amateur. Hay caretas, guantes, jueces, una canción de salida, celulares grabando, novias que gritan, primos con pancartas, compañeros de trabajo sudados, una mujer que anuncia los rounds, un réferi, un estudiante con una cámara y un hombre de casi cuarenta años intentando no traicionarse.

Pero nada de eso la vuelve menor.

Hay momentos pequeños donde la vida completa se concentra.

Un ring puede ser un altar precisamente porque no parece uno. Porque no permite solemnidad. Porque huele a sudor, a Maestro Limpio, a sangre de nariz, a vendas usadas.

Y la dignidad, si aparece, lo hace ahí.

Estar.

Seguir.

Responder.

Aceptar que nadie viene.

Entonces la frase cambia.

“Nadie viene” no es un reclamo.

“Nadie viene” no significa que no haya amor, ni amigos, ni comunidad, ni esquina, ni Dios.

Significa otra cosa.

Nadie viene a cansarse por mí.

Nadie viene a decidir por mí.

Nadie viene a morir por mí.

Nadie viene a vivir por mí.

Y está bien.

No porque no importe la compañía. Al contrario: importa cuando deja de prometer imposibles. Quien te ama puede esperarte afuera. Puede verte volver. Puede tocarte la cara hinchada. Puede celebrar contigo. Puede llorarte. Puede recordarte. Puede sostener una parte del mundo mientras tú cruzas lo que te toca cruzar.

Pero no puede hacerlo por ti.

Es la estructura de estar vivo.

La campana suena.

O está por sonar.

Da igual.

La esquina grita algo que uno alcanza a entender a medias. El rival avanza. Los brazos pesan. El aire entra mal.

Una parte de mí vuelve a preguntarse qué hago aquí, recibiendo golpes.

La respuesta no aparece como una frase.

Llega como postura.

Subo la guardia.

Miro al frente.

Salgo de las cuerdas.

No sé si Dios mira.

Pero peleo como si mirara.

 

 

 

 

Round 9

 

Estoy en un bar viendo una pelea.

Al principio nadie pone atención. La pelea es el fondo de la conversación. Es una luz más sobre las mesas. Un movimiento de cuerpos al fondo, entre vasos, canciones, risas y meseros que pasan con cervezas.

Hasta que entra un golpe.

Entonces el bar despierta.

No es cualquier golpe. No uno de esos golpes que solo cuentan los jueces o que solo aprecia quien ha entrenado. Es un golpe limpio, repentino, demoledor. Uno de esos impactos que no necesitan explicación. La cabeza de uno de los boxeadores se mueve de una manera que no debería. Las piernas tardan en entender lo que pasó. El equilibrio se va. El peleador queda expuesto ante todos.

La gente grita.

No grita por crueldad pura. O no solo por eso. Grita porque algo pasó de verdad. Porque durante varios minutos había expectativa, conversación, y de pronto el golpe cumple una promesa que nadie se atrevía a formular con claridad: queremos que algo ocurra.

En el bar todos creen entender lo que pasó. Uno dice que el golpe le entró porque bajó la mano. Otro asegura que se veía venir. Otro se ríe y dice que él hubiera evadido el impacto. Siempre hay alguien que imagina su propio valor desde una silla. Pasa en el boxeo, en el futbol, en casi todos los deportes vistos desde afuera: el cuerpo del espectador no carga el riesgo, pero se permite corregir.

Desde la mesa todo parece más fácil.

Desde la pantalla, el error ajeno se vuelve evidente.

Uno mira a Anthony Joshua caer frente a Andy Ruiz y, después del asombro, aparece una pedagogía barata de la superioridad: debió mantener la distancia, debió moverse, no debió confiarse, debió cerrar la guardia, no debió intercambiar golpes. El espectador organiza el desastre con verbos en pasado. Se siente lúcido porque ya vio la consecuencia.

Pero antes del golpe nadie sabía.

Eso es lo que importa.

Nadie vio venir del todo ese gancho a la cabeza, esa irrupción de Andy Ruiz sobre la narrativa perfecta de Joshua. El campeón era alto, atlético, construido para verse como un dios del Olimpo; el retador tenía un cuerpo que muchos leyeron como desventaja porque parecía “gordito”. La lógica visual del deporte fue traicionada en unos segundos. El boxeo tiene esa crueldad hermosa: a veces el cuerpo que parece menos hecho para la gloria es el que mejor se adapta al momento.

Y entonces cae el gigante.

La sorpresa no está solo en el golpe. Está en la corrección brutal de nuestra mirada. Creíamos estar viendo una cosa y era otra. Pensamos que la forma del cuerpo anticipaba el destino. Supusimos que la estética atlética garantizaba superioridad. Asumimos que sabíamos leer la pelea antes de que la pelea empezara a decir lo suyo.

El golpe viene a desmentirnos.

Por eso el bar grita.

Porque la violencia, cuando altera el orden esperado, produce una alegría oscura. No una alegría noble. Algo más turbio: la satisfacción de ver que el mundo todavía puede romper una jerarquía en un segundo. La emoción de que lo improbable no solo existe, sino que puede entrar por la mandíbula.

Yo también lo siento.

No estoy fuera de esa reacción. No soy un observador moralmente superior mirando a una multitud excitada por el daño. Cuando un golpe entra perfecto, algo en mí se enciende. No pienso en la lesión, ni en el peligro neurológico, ni en la familia del peleador, ni en los años de castigo acumulados en el cuerpo de un profesional. Me impacta la mecánica. La transferencia de peso. El giro de la cadera. El pie que ancla. La mano que viaja con una precisión casi musical. El modo en que la fuerza del cuerpo se reúne en un solo punto.

Admiro eso.

En el box me deslumbra lo brutal cuando está hecho con inteligencia.

Y esa admiración me acusa.

Porque no se puede separar del todo la belleza del golpe de su consecuencia. Un golpe perfecto no es una línea bien escrita. No es un pase filtrado. No es una pincelada genial. Aunque se parezca a todo eso por un segundo, su materia es otra: un cuerpo humano entrando en crisis por la acción de otro.

Lo bello ocurre porque alguien recibe sus consecuencias.

Esa es la incomodidad.

Yo puedo hablar de técnica, de ritmo, de timing, de biomecánica, de distancia, de lectura corporal. Puedo decir que lo que me interesa no es el daño, sino la forma. Que no celebro la destrucción, sino la precisión. Que un buen golpe es una idea ejecutada con todo el cuerpo. Que hay una inteligencia física en lograr que el puño llegue exactamente donde tenía que llegar, en el instante en que el rival ya no puede quitarse.

Todo eso es cierto, pero se queda corto.

Porque el golpe no termina en su belleza. Termina en el otro.

Termina en una cabeza que gira, en una mirada que se pierde, en unas piernas que dejan de obedecer, en una boca que se abre buscando aire, en un cuerpo que durante un instante deja de pertenecerse. El boxeo no permite una estética completamente inocente. Su belleza arrastra una factura.

No peleo para lastimar, pero no puedo fingir que el daño no está en el centro de lo que hago.

Esa es la frase que me persigue.

La puedo suavizar. Puedo decir que se trata de deporte, disciplina, estrategia, coraje, superación, carácter. Puedo hablar del sacrificio de los peleadores, de la nobleza de entrenar, del respeto entre rivales, de la técnica como forma de control de la violencia. Todo eso también es verdad. Lo he vivido. Lo creo.

Pero en el bar, cuando entra el golpe y la gente grita, no estamos celebrando la disciplina de las seis de la mañana.

Estamos gritando porque alguien acaba de imponerse sobre otro.

La grandeza del box no está a salvo de su violencia. No es un deporte noble “a pesar” de los golpes. Es noble, cuando lo es, porque somete los golpes a una forma: obliga a que la violencia pase por una disciplina, por una preparación, por un riesgo compartido, por reglas.

Pero los golpes siguen ahí.

Eso lo entienden en el bar sin necesidad de leer un tratado. La gente reconoce, sin pudor, lo que después intentamos traducir en explicaciones más limpias: que hay algo en la violencia que atrae, que despierta, que ordena el caos de una sala, que convierte desconocidos en una sola respiración durante algunos segundos.

Me gustaría decir que esa atracción pertenece a los otros.

A los aficionados borrachos.

A los que nunca han boxeado.

A los que hablan desde la silla.

A los que creen que ellos habrían salido de las cuerdas con una combinación perfecta.

Pero yo también estoy ahí.

Yo también miro.

Lo más perturbador no es que el público se excite con la violencia, sino que a veces tiene razón en emocionarse. Porque hay golpes que son horribles y bellos al mismo tiempo. Golpes que parecen corregir el destino. Golpes que explican una pelea mejor que cualquier comentario.

No una verdad moral.

Una verdad física.

No argumenta.

No pide permiso.

No se disculpa.

***

Termina la pelea. Alguien pide otra cerveza. Otro repite el golpe con la mano en el aire. En otra mesa exageran la caída. Uno más discurre como experto comentarista. La noche sigue. La pantalla cambia de canal.

Yo me quedo en ese instante.

Me pregunto qué parte de mí celebra eso.

La violencia no me resulta ajena.

La hemos vestido de reglas, de cámaras, de narradores, de apuestas, de análisis, de repeticiones en cámara lenta, de cinturones, de himnos.

La hemos vuelto espectáculo.

Pero algo de la violencia nos reconoce.

Y nosotros la reconocemos también.

Por eso el golpe en el box me interesa.

Puede ser brutal, pero no necesita fingir que es otra cosa.

Un golpe en la cara no necesita una gran coartada, mientras que otras violencias llegan envueltas en razones.

En el boxeo, por lo menos, nadie finge que no hay golpes.

Subes al ring y sabes a qué vas.

Hay un acuerdo básico: ambos aceptan entrar. Hay reglas, peso, rounds, guantes, réferi, esquina. Hay consentimiento, aunque esté atravesado por orgullo, dinero, necesidad, vanidad, hambre de respeto o deseo de probarse.

Eso vuelve al boxeo fascinante y sospechoso a la vez, porque convierte una fuerza peligrosa en técnica, disciplina, lectura, ritmo, control emocional, pero no deja de ser daño organizado. No basta decir “es deporte”, porque ser deporte no absuelve automáticamente lo que toca.

Negar la violencia tampoco sirve.

Solo la vuelve menos visible.

Incluso puede desplazarse hacia otras formas: amenaza, humillación, coerción, manipulación, castigo.

No puedo hablar de la violencia como si yo estuviera fuera de ella.

La he recibido.

La he temido.

También la he usado.

He aprendido a defenderme de ella y también a administrarla. Sé que, en situaciones excepcionales, puede evitar que me aplasten. Sé que puede ensuciarme en cuanto empiece a disfrutar demasiado la ventaja.

Ese es el problema.

Un golpe puede ser límite. Puede decir: hasta aquí.

Pero también puede ser dominio. Castigo. Exceso. Venganza. Pedagogía del miedo. Puede fundar una ley enferma y después exigir respeto por esa ley.

La violencia atraviesa demasiadas zonas de la vida humana como para resolverla con una frase moral.

La pregunta no es cómo expulsarla por completo.

Tal vez no se puede.

La pregunta es qué forma toma.

Quién la ejerce.

Quién la recibe.

Quién la nombra.

Quién la oculta.

Quién paga el costo.

Quién se beneficia de llamarla de otra manera.

Parece exagerado decirlo así, pero un ring es un pequeño Estado.

Tiene territorio, autoridad, reglas, tiempos, jueces, castigos, ceremonias, uniforme, especialistas y una forma aceptada de violencia. Hay un espacio donde se puede hacer daño y otro donde no. Hay una campana que abre y cierra la posibilidad de golpear. Hay pesos para que la fuerza no sea tan desigual. Hay caretas, revisiones, esquinas, vendas, cronómetro, médicos, tarjetas.

Todo está organizado para permitir lo que afuera sería intolerable.

Si golpeo a alguien en la calle, el acto puede convertirse en delito, denuncia o venganza. Si lo hago dentro del ring, con guantes, en mi peso, durante varios rounds y frente a un réferi, es box.

El gesto se parece.

El marco cambia su sentido.

Eso no vuelve inocente al boxeo. Lo vuelve más interesante.

La violencia sigue ahí, pero ahora tiene gramática.

Cuatro cuerdas para que la violencia no se derrame.

Una lona para la caída.

Una campana para que el tiempo no se extienda más allá de un límite.

Un réferi para recordar que incluso la fuerza necesita obedecer.

Nos gusta pensar que la civilización es lo contrario de la violencia. Que primero hubo caos, golpes, sangre, gritos, cuerpos imponiéndose, y luego llegó el orden: la ley, la ciudad, la cortesía, el contrato, el lenguaje. Pero muchas veces el orden no llega después de la violencia para borrarla, sino que aparece porque una violencia ganó.

Eso no vuelve buena a la violencia que funda algo.

El origen explica, no absuelve.

Buena parte de lo que llamamos estabilidad tiene una historia de fuerza que después aprendemos a narrar de otra manera. Naciones, fronteras, gobiernos, policías, ejércitos, leyes, cárceles, propiedades: instituciones que existen en parte para administrar las fuerzas que las preceden, las sostienen o incluso amenazan con desbordarlas.

Entonces aparece el lenguaje que estabiliza.

El acta.

La constitución.

La bandera.

El archivo.

La historia nacional.

El derecho.

Como periodista, he aprendido a desconfiar de los eufemismos. No porque sean necesariamente mentira, sino porque todo nombre organiza lo que permite ver.

Una muerte puede llamarse enfrentamiento, abatimiento, accidente, daño colateral, ejecución, legítima defensa, riña, operativo, tragedia. Cada palabra acomoda el cuerpo en un relato distinto. Antes de que sepamos del todo qué pasó, ya hay una disputa por ponerle nombre.

La violencia ocurre.

El sistema la clasifica.

Esa operación intenta volverla soportable.

En el ring pasa algo parecido, pero nadie disfraza el asunto. Nadie llama “incidente” a un gancho. Nadie llama “neutralización” a un nocaut. Nadie dice que el peleador “perdió la verticalidad durante un intercambio de alta intensidad”.

Cayó.

Lo tumbaron.

Le entró una mano.

El boxeo tiene muchas mentiras alrededor: promotores, narrativas, rankings, bolsas injustas, cuerpos explotados, épicas fabricadas. Pero durante el golpe aparece una claridad que otras instituciones no soportarían.

Quizá por eso el ring me parece una forma menos hipócrita de violencia.

No menos peligrosa.

No menos moralmente problemática.

Pero allí nadie puede fingir que no se trata de imponer algo sobre otro cuerpo. Ambos conocen el acuerdo básico. Ambos pueden responder. Ambos tienen esquina. Ambos tienen una salida posible cuando la campana suena.

También en el boxeo hay desigualdad, dinero, hambre, trampa, peleas arregladas, mala administración del riesgo, entrenadores irresponsables, malos jueces, peleadores que necesitan cobrar, aficionados que piden sangre sin cargar las consecuencias.

No hay que romantizarlo.

Pero eso confirma algo: la violencia, cuando se organiza, produce sistemas.

Produce economía.

Espectáculo.

Jerarquías.

Prestigio.

Relatos.

Memoria.

Industria.

El golpe nunca está solo.

Detrás de un golpe hay un gimnasio, una infancia, una esquina, una bolsa, una promotora, un público, una idea de masculinidad, una transmisión televisiva, alguien apostando, alguien escribiendo.

Por eso el golpe perfecto no pertenece solo a quien lo tira.

También pertenece al sistema que lo estaba esperando.

El golpe reorganiza el mundo durante unos segundos. Por eso se grita. No solo porque alguien fue lastimado, sino porque algo cambió de lugar.

Esa es una de las funciones antiguas de la violencia: mover jerarquías.

Un golpe puede liberar.

Un golpe puede someter.

Un golpe puede inaugurar una tiranía.

A la violencia hay que juzgarla por la forma que toma, el contexto que la produce, el límite que acepta o rechaza y el pacto que la hace posible.

Una ciudad también distribuye la fuerza. Decide quién puede detener a quién, quién puede entrar a una casa, quién puede portar un arma, quién puede escribir un informe.

La diferencia es que no siempre escuchamos la campana.

No siempre sabemos cuándo empezó el round.

No siempre está claro quién es el réferi.

Y no siempre los que combaten aceptaron pelear.

Arriba del ring, al menos, el marco está a la vista.

Tal vez por eso el boxeo me atrae y me inquieta al mismo tiempo.

No me deja esconderme detrás de la versión civilizada que quisiera tener de mí mismo. Me obliga a aceptar que la violencia no es un accidente exótico de la especie ni una falla exclusiva de los otros.

También está en mí.

Puedo rechazar la crueldad, el abuso, la guerra, la humillación, la explotación del cuerpo ajeno.

Debo hacerlo.

Pero sería ingenuo creer que basta con declararme en contra de la violencia para quedar libre de ella.

La pregunta no es si la violencia existe.

La pregunta es cómo gobernamos esa fuerza antes de que ella nos gobierne a nosotros.

Tal vez una de las pocas maneras honestas de enfrentarla sea no fingir que no existe ni esconderla bajo el lenguaje limpio de las instituciones, sino mirarla en su mecanismo, en su belleza peligrosa, en su capacidad de fundar y destruir.

Pero hay un punto en el que explicar también se vuelve una forma de distancia.

Arriba del ring me interesa que la pelea ocurra en mis términos. Que el rival entienda que no puede encontrarme cuando quiere, que no puede imponer su ritmo, que sus entradas tienen un costo, que cada intento de lastimarme abre una deuda que puedo cobrar. Quiero controlar la distancia, romper su tiempo, hacerlo fallar, golpearlo cuando ya no puede corregir.

Dominar me da placer.

Hay que decirlo.

No es el placer bruto de lastimar. No esa alegría pobre de ver a alguien indefenso. Eso me repugna.

Pero sí existe un placer en imponerse.

En sentir que leí mejor.

Que llegué antes.

Esto me muestra una zona íntima que no se conforma con comprender, sino que quiere ejercer su fuerza, ganar espacio, producir efecto, dejar una marca.

No soy solo mi capacidad de racionalizar.

Ni mis opiniones sobre la violencia.

Ni la versión ética que me gusta contar de mí mismo.

También hay en mí impulsos, miedo al sometimiento, orgullo, hambre de respeto y un cuerpo que no quiere volver a ser empujado al lugar donde otro decide por mí.

El boxeo me muestra qué hago con mi ventaja.

Qué hago con mi miedo.

Qué hago cuando puedo lastimar.

Qué hago cuando siento que ya lastimé suficiente.

Qué hago cuando el otro se abre y tengo la oportunidad de castigar.

Qué hago cuando me presionan y aparece la tentación de responder con rabia en vez de técnica.

Qué hago cuando dominar se siente bien.

Ahí no hay pureza.

Pero puede haber forma.

Es pegar sin perderme.

Pero cuando aparece el rival, no sé si es mejor que yo.

No sé si pega fuerte.

No sé si aguanta.

No sé si se va a cansar.

No sé si se va a desesperar.

No sé si va a boxear sucio.

No sé si sabrá usar la distancia.

No sé si voy a poder leerlo a tiempo.

No sé si mi forma alcanzará para contener la suya.

El rival es una interrupción.

Una fuerza todavía sin traducción.

Y entonces tira.

Respondo.

El golpe me descubre.

 

 

 

 

Round 10

 

Durante meses imaginé una pelea.

No esta pelea.

Esa diferencia importa.

El rival existe primero como una posibilidad.

Después aparece una persona.

El oponente que estaba programado para enfrentar se lesionó.

La pelea podía caerse.

Después de meses de entrenamiento, de enfermedad, de volver a correr, de recuperar el cuerpo, de aceptar que iba a subirme a un ring, existía la posibilidad más absurda: que todo terminara antes de empezar.

No por perder.

Por no tener con quién pelear.

Entonces apareció otro nombre.

“Chema”, un coach de otra sucursal de Black Box.

Alguien que ya estaba dentro del mismo mundo, pero que para mí era prácticamente desconocido. No era un peleador que hubiera estudiado durante semanas. No tenía videos revisados una y otra vez. No tenía una historia construida en mi cabeza.

Simplemente apareció.

La razón práctica era clara: que el entrenamiento tuviera un destino. Había dedicado meses a prepararme y había convertido la pelea en una promesa conmigo mismo.

Pero hay otro elemento.

El PECDA.

El libro necesita cuerpo.

Acepté.

Después supe que era quince kilos más pesado que yo.

Son quince kilos distribuidos en hombros, piernas, espalda, presencia física.

El boxeo está lleno de números.

Peso.

Edad.

Récord.

Altura.

Rounds.

Pero los números nunca cuentan toda la historia.

Pienso que mi técnica puede compensar, que quizá sea más rápido.

Estoy preparado.

Puede ser que él tenga más experiencia, o que sea más joven. En cualquier caso es coach: conoce el boxeo desde adentro.

En el preámbulo de una pelea, el contrincante representa todos los miedos posibles. Es una figura que viene a confirmar o destruir algo sobre uno mismo.

Él tiene una vida antes de mí.

Conoce los entrenamientos, el cansancio, las dudas.

No estamos en lados opuestos de una historia, sino en el mismo lugar.

El ring.

Dos personas que durante unos minutos aceptan una situación que la mayoría de la gente evitaría: golpearse.

El boxeo convierte en rival a alguien que, fuera de ese espacio, no tiene ninguna razón para ser tu enemigo.

No hay una ofensa, una historia previa ni una cuenta pendiente.

Solo una circunstancia.

Un evento.

Un acuerdo.

Una campana.

Eso me interesa más que la idea del enemigo.

Porque un enemigo tiene una explicación, pero un desconocido tiene posibilidades que no se pueden controlar.

No saber si mi estilo va a funcionar.

No sé si todo lo que he construido durante meses se caerá de un buen derechazo.

Esa es la diferencia entre entrenar y pelear.

Cuando haces sparring hay cierta confianza. Conoces al compañero. Conoces su ritmo. Empiezas a saber cómo responde. Hay una conversación silenciosa construida durante muchas sesiones.

Pero un rival nuevo rompe con esa comodidad.

Tienes que leer desde cero.

Una mano que sale.

Una respiración.

Un paso.

Una pausa.

Un gesto.

Todo puede ser información y todo puede ser engaño.

El boxeo, en ese sentido, es una conversación donde ambos intentan mentir con el cuerpo.

***

Quince kilos más que yo.

La decisión no fue instantánea. La pensé. La medí. Consideré qué significaba aceptar esas condiciones. Pero llegó un momento en que la pregunta era si había pelea o no.

Y decidí que sí.

La decisión estaba tomada.

Jesús sabía que no era la pelea planeada.

Pero su respuesta no fue una frase motivacional. No intentó convencerme de que no existía riesgo.

Me dijo algo más sencillo.

Había visto mi evolución, cómo había entrenado, cómo mi cuerpo cambió, mi técnica mejoró y mi forma de entender el box se transformó.

No sería fácil, pero podía ganar.

Eso era lo que necesitaba escuchar.

No dijo que no había peligro, sino que el trabajo realizado tenía valor.

Jesús no podía quitarme la incertidumbre. Pero sí podía ayudarme a distinguir entre un miedo razonable y una excusa. Y esa diferencia importa.

Porque el miedo no siempre está equivocado.

A veces es inteligencia.

Te recuerda tus límites. Te obliga a prepararte.

El problema es cuando el miedo deja de informar y empieza a decidir por ti.

Hay una forma de parálisis que consiste en necesitar certeza absoluta antes de actuar.

El boxeo no ofrece eso.

Puedes prepararte bien y perder o equivocarte y encontrar una salida.

El boxeo no elimina la incertidumbre: te enseña a moverte dentro de ella.

Y eso era precisamente lo que tenía enfrente.

No sabía cómo iba a reaccionar mi cuerpo frente a alguien quince kilos más pesado.

Pero sí sabía algo: habría pelea.

***

La respuesta más inteligente contra alguien más pesado era bastante clara:

Moverme.

Usar mi velocidad.

Trabajar la distancia.

Mi trabajo era no quedarme en el intercambio.

No darle la oportunidad de imponer su fuerza.

El boxeo tiene una lógica.

Si peleas contra alguien más grande no necesita demostrar que puedes absorber más castigo, sino hacer que el otro falle. Obligarlo a perseguirte.

Yo sabía eso.

Pero la pelea era además contra mi manera de combatir.

No soy un peleador que entre naturalmente al caos: mi impulso es ordenar.

Y eso tiene una virtud, pero también tiene un límite.

Porque hay una diferencia entre elegir una estrategia y esconderse dentro de una estrategia.

Durante años he construido muchas cosas alrededor de la idea de protegerme y controlar.

La pelea me ofrece una situación donde eso no es posible del todo.

Fajarse.

En el boxeo significa entrar al intercambio. Aceptar una distancia corta. Pelear en un territorio donde ambos pueden lastimarse. Donde la técnica sigue importando, pero la reacción aparece más rápido que el pensamiento.

Desde afuera puede parecer una prueba de valentía.

Como si significara no tener miedo.

Pero fajarse también puede ser una mala decisión.

Puede ser orgullo, ego, necesidad de demostrar algo o no saber retirarse.

En mi caso sabía que contra alguien más pesado no era necesariamente lo más inteligente, pero lo cierto es que si hacía exactamente lo que siempre había hecho, quizá podía ganar la pelea, pero no necesariamente responder la pregunta que me había llevado hasta ahí.

Quería probar qué pasaba cuando entraba a una zona donde mis recursos habituales dejaban de bastar.

Quería saber si podía quedarme ahí.

Lo que buscaba era romper una frontera psicológica.

No necesito defenderme mejor: el problema es que he aprendido demasiado bien a hacerlo.

He convertido la protección en una forma de identidad y necesito descubrir qué queda cuando no puedo mantener todo a distancia.

El ring tiene esa capacidad.

Obliga a encontrar la diferencia entre una herramienta y una prisión.

Pelear a la distancia puede ser una manera elegante de no entrar nunca completamente en la experiencia.

Esta pelea es una forma de demostrar algo que todavía no termino de entender, una necesidad legítima de enfrentarme a mí mismo.

 

 

Round 11

Fui la quinta pelea de la noche.

Unas doscientas personas asistieron al evento. Los organizadores no dispusieron sillas, salvo para los jueces, así que la gente se acomodó en círculo alrededor del ring. Me gusta que las personas griten, reaccionen, se emocionen, e incluso se tengan que quitar cuando un peleador termina contra las cuerdas: como el ring está  a nivel de piso, el público te envuelve de una manera casi ritual.

Otros peleadores llegaban acompañados.

Pensé en Siena…

Estaban Andoni y Camila, a quienes invité para grabar la pelea.

Una cámara.

Eso era suficiente.

Salí a mi combate con “Ace of Spades”, de Motörhead.

Antes de subir  a pelear me presentaron a mi rival: Chema.

Hubo respeto mutuo.

Sonó la campana.

Chema salió a atacar.

Como suele ocurrir, mi primera reacción fue moverme por el ring.

Leer.

Encontrar la distancia.

Sus golpes no entraban, pero entendí rápido algo:

no estaba frente a alguien improvisando.

Los ataques eran sólidos.

Tenían técnica, intención y esa pequeña malicia de alguien que entiende que no basta con lanzar golpes: hay que encontrar el momento en que el otro está abierto.

El primer round entró en mi terreno.

La distancia.

Los ángulos.

El movimiento.

Los cambios de guardia.

Las salidas.

El primer round me dio algo que necesitaba: confianza.

Mi cuerpo respondía.

La distancia funcionaba.

Los movimientos aparecían sin tener que pensarlos.

Pero en el segundo round la pelea cambió.

Chema empezó a imponer otra dinámica.

Demostró que el peso importa.

Aunque yo cerraba bien mi defensa, sus golpes me rompían el equilibrio.

La indicación de mi esquina fue dejar que me atacara y buscar el contraataque.

El boxeo está lleno de esas ideas: hacer fallar al otro, aprovechar el momento, responder cuando aparece el espacio…

Pero en esa pelea había un problema.

La diferencia física cambiaba la ecuación.

En un momento, Chema logró llevarme hacia una esquina.

Ahí la pelea cambió.

Ya no era la distancia limpia del primer round.

Ya no era leer y salir.

Era estar ahí.

Frente a frente.

Recibiendo su presión.

Yo metí ganchos al estómago, al hígado, a la zona blanda.

Él me golpeaba sobre todo en la cabeza.

Esa situación era precisamente la que había buscado.

El intercambio.

La cercanía.

Durante meses había pensado en eso. En dejar de depender únicamente de lo que sabía hacer bien.

Y ahora estaba ahí, en la distancia corta, en el momento de fajarme.

Él era un hombre más fuerte lanzándome buenos golpes.

Sentí la diferencia de peso en su favor.

Pero yo quería conocer esa zona.

Era incómoda.

Me sentí vivo.

Sonó la campana.

Durante mucho tiempo había pensado que debía elegir entre ser estilista o fajador.

Ser un boxeador técnico o ser un boxeador que se entrega al intercambio, como si fueran identidades opuestas.

Pero el tercer round me ofreció una nueva posibilidad: no tenía que convertirme en alguien distinto.

Tenía que ampliar lo que ya era.

Durante toda la pelea le había trabajado el cuerpo.

En muchas ocasiones es donde las peleas se deciden.

Puedes tener velocidad, técnica, fuerza, pero si las piernas te fallan, estás en problemas.

Por eso seguí golpeando abajo.

Una y otra vez.

No buscaba un efecto inmediato, sino el desgaste, para que el cuerpo de Chema empezara a perder potencia.

Pensaba que después de recibir tantos golpes a la zona blanda algo iba a cambiar.

Que sus piernas no iban a responder.

Pero no ocurrió.

Chema tenía una condición física impresionante.

Era un cuerpo acostumbrado al entrenamiento y al castigo.

Uno mira a un rival y piensa en sus características visibles: peso, altura, fuerza.

Pero hay otras cosas más difíciles de medir, como la preparación acumulada.

Las horas que nadie vio.

Las repeticiones.

Estaba enfrentando a alguien que también había construido una relación seria con el boxeo.

Ese último round era una pelea abierta.

Sentí que yo tenía una mínima ventaja.

Pero él seguía peleando de manera agresiva.

Y entonces apareció una oportunidad.

Hice una finta.

Simulé que iba a golpearlo al cuerpo otra vez.

Chema bajó la mano izquierda para protegerse.

Y ahí apareció el espacio.

Fue una fracción de segundo.

Un hueco.

Una oportunidad.

Tiré un volado de derecha.

Entró.

Escuché ese sonido colectivo de la gente conteniendo el aire.

Por un instante sentí que iba a derrumbarse.

Pero no se cayó.

Retrocedió unos pasos pequeños.

Pero volvió a ponerse en guardia.

Yo quería que ese fuera el momento en que la historia se resolvía.

El golpe perfecto.

La confirmación de que podía vencer a alguien más grande y fuerte.

Mi derecha había entrado, pero la historia todavía no terminaba.

Chema había sentido mi mano.

Yo podía lastimarlo.

Él podía resistirlo.

Sonó la alerta de los últimos segundos.

Me lancé hacia adelante para golpearlo.

Él también.

Ambos estábamos cansados.

El round terminó con los dos dando y recibiendo golpes.

***

Se acabó.

Mi coach me felicitó.

Yo sentí que había ganado, pero reconocí que la pelea podía irse para cualquier lado.

Me quité los guantes, el protector bucal, el vendaje.

Y abracé a Chema.

No era un gesto de cortesía.

Era reconocimiento.

Habíamos pasado tres rounds intentando imponernos uno sobre otro y, sin embargo, había algo que nos unía más de lo que nos separaba.

Los dos sabíamos lo que había costado estar ahí.

Esperamos el resultado.

Los jueces le dieron la victoria a Chema.

Decisión dividida.

Me sorprendió.

Creí que en el peor escenario darían un empate.

Pero las cosas fueron así.

La gente nos aplaudió.

Al bajar del ring, varias personas se acercaron a felicitarme.

Algunos me dijeron que yo había ganado.

Y agradecí.

Pero también sentí que no necesitaba que me consolaran con la victoria moral.

No necesitaba convertir esa derrota en otra cosa.

No necesitaba convencerme de que había ganado.

***

Me cambié en el baño.

Salí a convivir.

Fui por una cerveza.

Quien estaba a mi lado se ofreció a comprármela.

Me habló emocionado del golpe del tercer round.

Del intercambio.

Terminé tomando las cervezas que otras personas me invitaron.

Decidí irme a casa antes de que terminaran las otras peleas de la función.

Estaba tranquilo.

Mi cara salió casi ilesa, pero tenia moretones en los brazos por los golpes de Chema sobre mi defensa.

Pensé que había tenido sparrings de preparación más duros que esa pelea.

Tenía una mezcla de emociones.

Sentí amargura por el resultado.

Había imaginado otros escenarios.

Repasé lo que pude haber hecho distinto, porque hay una parte de mí que siempre revisa.

Que busca la versión perfecta de las cosas.

Pero también había algo más: orgullo.

Por haber estado ahí. Por haber aceptado. Por haber peleado en mis términos.

 

 

Round 12

La mañana siguiente no tuvo nada extraordinario.

La gente caminaba.

Los negocios abrían.

Los coches pasaban.

Era domingo.

Yo iba solo.

Vestía con sandalias de corcho, pantalón de mezclilla, una camisa tipo safari, cachucha y lentes oscuros.

Horas antes había estado parado frente a otro hombre dentro de un ring, con doscientas personas alrededor, esperando que un juez decidiera el resultado de una pelea.

Pero el mundo no se detiene para reconocer nuestras batallas.

Caminaba escuchando música, como acostumbro.

Y, sin embargo, yo sentía algo distinto.

Me sentía ligero. Por un momento sentí que la vida tenía una riqueza secreta.

Llegué a Las Nueve Esquinas para comer birria y chicharrón de cachete.

No era una celebración espectacular.

Era simplemente algo que quería hacer para mí.

Entonces apareció el mariachi.

Comenzaron a tocar para la mesa a mi lado. Uno de los comensales celebraba su cumpleaños.

Pero sentí que tocaban para mí…

Que la existencia es una mesa donde todavía hay lugar para sentarse.

Todo me complacía:

La comida.

Los colores.

La música.

La ciudad.

Mi cuerpo.

Mi propia compañía.

Después de dudar de mi salud, de mi futuro, de mis decisiones, de mi capacidad para sostenerme, estoy aquí.

Y quiero estar aquí.

Quizá eso es lo que algunas personas llaman gracia.

No una recompensa.

No una señal de que todo estará bien para siempre.

Pero, por un instante, permite dejar de pelear.

El boxeo me obligó a levantarme, a tener horarios, a cuidar mi cuerpo y a construir una disciplina.

Me recordó que podía elegir.

Que podía mirarme a mí mismo y confiar en mí.

Pensé en la enfermedad, en los errores, en las decisiones, en las cosas que dejé pasar, en las veces que no estuve a la altura de mis propios ideales.

Todo eso sigue ahí.

Pero pienso en aquel hombre que estaba en su departamento antes de la pelea.

El que imaginaba la derrota, la vergüenza, todas las formas en que podía fallar.

Ese hombre soy yo.

Sentí gratitud.

Al terminar de comer, caminé por el centro.

Solo yo sé las peleas que he perdido, las que he ganado, las que vendrán.

Y está bien.

 

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