¿Cómo saber si he ejercido violencia estética en algún momento de mi vida?
La violencia estética no siempre grita, muchas veces proviene de personas cercanas disfrazada de “preocupación” o “halagos” y empieza con comentarios cotidianos como “Te ves muy bien para tu edad”, “Eres muy bajito, pero eres lindo”, o el popular “Me encantaría tener tu confianza”.
¿Qué es la violencia estética?
Todos los días muchas personas, especialmente mujeres, recurren a servicios o productos para bajar de peso, suprimir el apetito, evitar arrugas, celulitis o cualquier cosa se ajuste a los cánones de belleza impuestos. Como resultado, estamos en un constante estado de inconformidad con nuestros aspectos físicos que olvidamos que nuestro valor va más allá un cuerpo.
Para entender este fenómeno, la socióloga y escritora venezolana, Esther Pineda, acuñó el término de violencia estética, el cual define como “toda la presión a la que son sometidas las mujeres para responder a la expectativa y exigencias de belleza”. Y sí, toda esta presión puede provenir desde diversos agentes de socialización como la familia, las parejas y los amigos, pero también los medios de comunicación y redes sociales. Y por supuesto, de instituciones como la escuela o los sectores de salud.
Bajo esta misma premisa, Esther Pineda propone comprender la violencia estética no como un hecho aislado que surge de la noche a la mañana, sino como una estructura opresiva que se fundamenta en un canon de belleza occidental y se rige en cuatro pilares:
- Sexismo: Ya que se exige de forma desproporcionada a las mujeres el cumplimiento de ideales estéticos para ser “valoradas” socialmente.
- Gerontofobia: Al discriminar y castigar el envejecimiento, promoviendo una “juventud eterna”.
- Racismo: Privilegiando los rasgos eurocéntricos, como la piel blanca o cabello liso, mientras invalida y margina la diversidad racial y étnica.
- Gordofobia: Y por supuesto estigmatiza, rechaza y patologiza todo tipo de cuerpo que no se ajusta a la delgadez normativa.
La violencia estética también se ve así
La violencia estética es un fenómeno tan arraigado en nuestra cultura que, según Pineda, la mayoría de las personas la han ejercido en algún momento de su vida, a menudo sin ser conscientes de ello. No tiene que llegar a los insultos, con un simple comentario basta.
¿Entonces cómo saber si en algún momento he ejercido este tipo de violencia? Bueno, basta con voltear hacia adentro e identificar si alguna de tus interacciones cotidianas ha estado presente alguna de estas narrativas:
- El uso de falsos cumplidos
Una de las señales más claras de violencia estética es emitir juicios que, aunque vengan de un lugar genuinamente positivo, refuerzan un canon de belleza. El caso más común es cuando se celebra la delgadez, aún sin conocer el motivo detrás de ese cambio (que podría ser consecuencia de una enfermedad o un trastorno). O sugerir que envejecer es algo negativo o algo que debe evitarse al reafirmar que alguien luce “bastante bien para su edad”. ¿Por qué creemos que los comentarios pasivo-agresivos son diferentes a otros?
- La carta de “preocuparse por la salud”
La más común. Si te has encontrado insistiendo a alguien en que debe bajar de peso “por salud” sin conocer su historial médico, su actividad física o cómo vive esa persona su día a día, lamentamos decirte que estás ejerciendo violencia estética. No todos son doctores, pero cuando ven un cuerpo que les incomoda actúan como uno.
- La normalización del juicio ajeno
Repite conmigo: opinar de los cuerpos ajenos nunca es el camino. Si participas en chistes, críticas o comparaciones sobre la apariencia de familiares, amigas o colegas, estás alimentando un ciclo de violencia.
Como dice Esther: no basta con el amor propio, se requiere un cambio estructural en la forma en que las personas son percibidas y tratadas únicamente por su imagen y su corporalidad. Esto implica evitar juicios sobre cuerpos ajenos, incentivar la discusión de estos temas en los espacios que habitamos y entender que la eterna inconformidad con nuestros cuerpos no es una falla personal, sino el resultado de un sistema que lucra con ello.