El horror de habitar un cuerpo femenino: el resurgimiento del ‘body horror’ en el cine y el terror feminista
¿Qué significa ser mujer en el cine de terror? Probablemente si hubieran hecho esa pregunta hace 50 años, la respuesta se limitaría a dos arquetipos: la mujer inocente que acompaña al protagonista esperando ser rescatada o la mujer monstruosa que debe ser castigada. En ambos casos, la figura femenina funcionaba como un objeto narrativo pasivo sin complejidades, rara vez percibido como un espacio que invitara a la reflexión.
Sin embargo, entre esos extremos han surgido narrativas más complejas y perturbadoras para los propios espectadores: el cuerpo femenino que siente, que se transforma y que tiene una experiencia propia.
Este fenómeno es conocido como body horror, o bien, horror corporal, y en manos de directoras feministas, el body horror se ha transformado en una herramienta de crítica y denuncia contra los ideales imposibles que viene arrastrando el cuerpo femenino durante décadas.
Pero antes, ¿qué es exactamente el body horror?
El body horror es un subgénero de terror que se manifiesta a través de transformaciones corporales grotescas. Cuerpos deformes, mutilados, hasta convertirse en cuerpos irreconocibles, muchas veces como resultado de la ciencia, la tecnología o experimentos fallidos, que en nuestra vida cotidiana resultarían prácticamente imposibles.
Desde su origen en la década de los 80, ha servido para explorar el miedo, la repulsión y el control. Sin embargo, las mujeres se han apropiado de este género, encontrando una nueva forma de contar sus propias historias, transformando el miedo en una exploración más profunda y apuntando hacia otro blanco: las normas sociales patriarcales.
¿Por qué el cuerpo femenino como nueva cara del body horror?
Más allá de utilizar recursos visuales extremos, que aseguran que la historia que estamos viendo nos cause asco y repulsión, la forma de hacer body horror en la actualidad hace uso de una estrategia narrativa, logrando materializar las ansiedades que nos rodean a las mujeres y convirtiéndolas en metáforas para retratar nuestros mayores miedos, que no siempre sabemos nombrar.
La menstruación, el embarazo, el aborto y la vejez son solo algunos de los temas recurrentes en el cine de terror que engloban la experiencia femenina, pero a través de ellos se busca profundizar en nuestros miedos más profundos: la pérdida de control de nuestros cuerpos, la vulnerabilidad ante una enfermedad, el deterioro de la vejez y la inevitable muerte.
En los últimos años, seguramente habrás notado que una parte considerable de las películas de terror han presentado un trasfondo feminista. Y no es coincidencia: el arte, la cultura y el cine por extensión, suelen hacer eco a las ansiedades colectivas de su tiempo, y para sorpresa de nadie, estamos en la era de ozempic, en la era de rutinas de skincare para niñas de 10 años y en la era donde someterse a una cirugía estética a tus 15 años es prácticamente hasta obligatorio si quieres ser la más guapa de tus amigas.
Pero volviendo al cine: todxs recordamos la primera vez que vimos Cenicienta. Sí, el cuento clásico de princesas con final feliz en donde apostábamos por la libertad y justicia de nuestra bella protagonista, mientras que las hermanastras feas impedían su destino y se convertían en nuestra peor pesadilla. Pero, ¿qué tal que no estamos recordando bien la historia?
En nuevas reinterpretaciones como La hermanastra fea (Emilie Blichfeldt, 2025), la directora no tiene miedo de apuntar al verdadero enemigo de las protagonistas: las normas sociales que dictan cómo una mujer debe verse, comportarse o existir.
Las hermanastras fueron retratadas por mucho tiempo como las villanas de la historia, pero Emilie Blichfeldt vuelve a abrir esta conversación y nos recuerda que todas somos la hermanastra fea, controladas por los deseos masculinos y prisioneras de los ideales de belleza, obligadas a llegar a extremos violentos para alcanzarlos.
Algo similar sucede con La Sustancia (Coralie Fargeat, 2024), que antecede ‘La hermanastra fea’ como si fuera su madre, en donde una estrella de televisión envejecida toma una droga del mercado negro para hacer, literalmente, una versión más joven de sí misma. Por supuesto, esto no sale nada bien, y las transformaciones que sufre el cuerpo femenino de nuestra protagonista se vuelven visiblemente grotescas, también hablando en un nivel psicológico y personal.
Y también lo vimos con la película mexicana Huesera (Michelle Garza Cervera, 2022), donde asocia su embarazo con la presencia de un espíritu siniestro, que termina siendo un escalofriante retrato de la maternidad en tiempos modernos.
Pero este último año vino con todo: tuvimos estrenos de películas como Dead Lover de Grace Glowicki que narra el intento de una mujer por resucitar a su amante fallecido, Mother’s Baby de Johanna Moder que sigue la historia de Julia, una mujer de 40 años, cuyo sueño de tener una familia propia se convierte en una pesadilla mientras lucha por construir un vínculo con su hijo recién nacido y Honey Bunch de los directores Madeleine Sims-Fewer y Dusty Mancinelli, que utiliza los tropos del body horror para examinar la historia de una relación tóxica.
El resurgimiento del body horror no responde a una moda: sino a una necesidad colectiva por contar nuestras historias
Cuando hablamos de body horror, hablamos de la capacidad del cine para exponer nuestros miedos, pensamientos y deseos más profundos a través del cuerpo. Estas mujeres están llevando la conversación hacia narrativas más auténticas, personales y políticas.
En un contexto donde los derechos reproductivos, la autonomía y la seguridad de las mujeres se enfrentan a amenazas y retrocesos, el terror encuentra en el cuerpo femenino su expresión más honesta, porque al final, el verdadero horror no está en la ficción, está en los cuerpos que habitamos.