10 años de impunidad por el asesinato de Marisela Escobedo (y su hija Rubí)

El día de hoy, como hace un mes, Marisela Escobedo fue tópico tendencia en Twitter. Es el décimo aniversario de su muerte y mucho ayuda que hace un mes un documental volvió a poner su caso sobre la mesa.


Hace dos años, en Juárez, un texto de Luis Gatica en Tercera Vía así contaba el caso de Marisela, en una especie de encuentro entre su recuerdo y el autor durante un recorrido por Ciudad Járez.


Le pedí a Hache que me llevara a la avenida donde estaban los clubes nocturnos. No muy lejos del centro, que es estrictamente el norte, vimos que la policía había cerrado una calle con la típica cinta amarilla de precaución. Hache me dijo que hacen eso cuando matan a alguien. Parece que es cosa de todos los días. Me cuidé mucho de no mirar la escena, el cuerpo, lo que hubiera alrededor. De no mirar lo que quizá me mira.

Caminamos por la avenida y vi que habían construido una especie de parque que en ese momento se veía muy vacío. Algo artificial, forzado, en el diseño me recordó al nuevo mercado Corona en Guadalajara, construido después del incendio del viejo. A unas cuadras, de cualquier manera, me topé un baldío. ¿Será? Mientras caminábamos, Hache me contaba historias sobre bares de antes y sobre coches-bomba en la zona.

Dimos la vuelta por ahí y vimos la entrada del Puente Santa Fe: la frontera con El Paso, Texas. Hache me dijo que mirara la cruz de clavos. Al principio no la encontraba, no la podía ver. Caminamos para acercarnos y esquivando los autos la tuvimos enfrente. Le hice unas fotos y me pregunté si no estaba cayendo en turismo de la memoria.

La cruz lleva un letrero que dice ¡Ni una más! Detrás, un fondo rosa con clavos negros. Atados a ellos están los nombres de mujeres asesinadas o desaparecidas en Juárez. Leí una nota sobre la cruz y decía que a muchas de ellas no se les ha hecho justicia. Pero ¿qué justicia puede hacerse para alguien que no está? Hache me dijo que antes había muchos nombres más. No fue la justicia, sino la intemperie, la que se los llevó.

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Un letrero de “feliz viaje” o “feliz estancia” se sostiene del otro lado de la frontera. De este lado, “Fabiola”, “Deisi”, “Marisela”.

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Fuimos a tomar una cerveza. Hache me contó que el lugar de enfrente no era de fiar. Que una noche fue y que un señor de otro bar, que la conocía, le dijo que si le pasaba algo no lo dudara: que lo buscara inmediatamente. Entramos adonde se sentía en confianza para pasar el último rato de mi visita fugaz.

Conversamos sobre la frontera, sobre el racismo, sobre el grotesco papel de los militares gringos como objeto sexual. Yo le conté que en las redes sociales de citas que funcionan por proximidad geográfica la gente de El Paso prefiere no cruzar. Algunos porque les han dicho que los asesinatos han vuelto a crecer en número. Otros simplemente porque temen hacer una fila de dos horas para que los dejen plantados; eso, sólo eso temen, porque son fuertes y dicen que pueden defenderse.

Miré la fotos que había hecho. El nombre: Marisela. Los apellidos… ¿Los apellidos? Antes de partir le pedí a Hache que volviéramos para buscarlos. Marisela Escobedo Ortiz, asesinada hace diez años, un mes y algunos días. Supe de ella hace ocho. De ella y de Rubí, su hija, cuyo asesino fue localizado por Marisela y confesó tanto el crimen como el lugar donde se habían sepultado sus restos. Cuyo asesino aun así fue puesto en libertad por “falta de pruebas”.

Me pregunto ahora si vale decir aquí el nombre del asesino. Si no habría de escribir más bien sobre Marisela y sobre Rubí. Si los relatos de guerra no hablan demasiado sobre los que matan y muy poco sobre los que resisten. Pero hay que exponer la maquinaria de muerte: Marisela murió no sólo por alzar el nombre de Rubí, sino también por señalar el de Sergio Barraza.


El 16 de diciembre de 2020 (hoy), se cumplen diez años de su asesinato. Algunos de los investigadores del documental publicaron en el Washington Post un artículo rememorando el hecho y la lucha de Marisela por justicia. Hace días se retomó la historia de Miriam Rodríguez y su investigación para encerrar a diez por el secuestro y feminicidio de su hija. Hoy, hablamos otra vez de Marisela.

Mujeres haciendo el trabajo de autoridades que ya nos habían fallado.

Dice el artículo en el diario estadounidense:

Hace exactamente 10 años, el 16 de diciembre de 2010, Marisela Escobedo se manifestaba a las afueras del Palacio de Gobierno de la ciudad de Chihuahua, México, para exigir justicia por el feminicidio de su hija Rubí. Llevaba varios días plantada frente a la sede del gobierno local. No se movería de ahí hasta que el asesino de su hija estuviera en prisión. Esa noche, un hombre se bajó de un auto, caminó hacia ella y la mató de un disparo a la cabeza.

PARA LEER

10 años del asesinato de Marisela Escobedo: las razones de contar su historia


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