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La eternidad en dos minutos

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Hay acontecimientos que sacuden a la sociedad, que irrumpen y desgarran el velo de la “normalidad”. Nos muestran algo muy serio, muy hondo, muy grave, que rompe la débil corteza que –se piensa- nos protege de ese exterior maligno, inasimilable, terrible, que desciende como un látigo para golpear nuestras frágiles certezas en un México herido y al borde de un colapso sin retorno.

El 18 de enero, apenas estrenando un año que ya se perfilaba como propicio a los temblores, un jovencito, en la ciudad de Monterrey, decidió-pensó-asumió que su única alternativa para dar sentido a su vida o a los últimos segundos de su vida era acribillar a sus compañeros de escuela, a su maestra y, después, pegarse un tiro.


Esa y no otra me parece la pregunta de fondo: el sentido -que puede ser definido de manera muy sencilla, no académica, no erudita- como las razones que una persona encuentra para levantarse cada día y preparase para salir a la intemperie; las razones que le convencen para repetir cotidianamente cada pequeña acción: bañarse, lavarse los dientes, meter objetos en una mochila, un bolso, comer algo, dar un beso o no, decir adiós o salir con prisa; abrir un libro, contestar una pregunta, subirse a la bici o al camión; enfrentar, en suma, las tareas del día a día que nos exige la posición que ocupamos en la sociedad: ser estudiante, hijo, amiga, maestra, compañero, etc.

Esa mañana Federico enfrentó el límite de su propia imaginación. No le alcanzaron ni los libros, ni los besos, ni las risas, ni siquiera la infinita tristeza que debe haber experimentado al optar por la muerte. Por ello, las preguntas a los que nos enfrenta este demoledor acontecimiento son hondas, duras, terribles y difíciles de afrontar.

Una de ellas, la pregunta por el sentido, es la que nos deja siempre más desnudos, y aunque eludirla no es difícil, su tenaz zumbido nos persigue, punzante, incómodo, persistente. Por ello casi siempre es mejor acudir a la coartada, a la explicación a la mano: ya sea patológica -el perpetrador estaba enfermo y por ende no es uno de nosotros- ya sea de “sentido común” con pretensiones sociológicas -el perpetrador es hijo de tal persona o pertenece a una familia de tal tipo y “vio muchos videos”- o “este joven forma parte de unas redes de odio y todo es culpa de internet”.

El perpetrador, en cualquier caso, es un desviado. No es uno de nosotros. Ese mensaje se ha expresado una y otra vez y de distintos modos. Luego vienen los juicios: no hay controles adecuados y el jovencito debió haber sido revisado en todos los sentidos. Y así las coartadas se van fortaleciendo y cada comunidad o grupo adscribe y suscribe la explicación que apacigüe a sus fantasmas.

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México declaró la guerra a sus jóvenes y niños desde hace muchos años, cuando decidió eludir su responsabilidad y desplazarla hacia las drogas, los valores, la televisión y ahora las redes. Desde entonces hemos presenciado la emergencia de muchos niños asesinos: se nos olvida el “secuestro” de juego y luego la ejecución de niñito en Chihuahua, se nos olvida al “Ponchis” y a los niños soldados y sicarios que no han corrido con la suerte de encontrar no sólo el sentido, sino las razones para permanecer de este lado en el mar de confusiones y violencias que marcan nuestro día a día. Se nos olvida la precariedad del relato biográfico (¿por qué existo? ¿para qué? ¿cómo? ¿con quiénes?), precariedad estructural que no solo refiere a la pobreza y exclusión, sino a la más elemental certeza de nuestro lugar en el mundo.

Federico decide que hay que eliminar y eliminarse, y con ello arroja un terrible mensaje, de una opacidad que duele. Y entonces es más fácil desplazar la discusión y la angustia al látigo moral con que la sociedad enfrenta lo que excede a su capacidad de entendimiento. Así la discusión tiende a:

  • La difusión de un video de dos minutos y diez segundos que muestra la eternidad que este joven tuvo que atravesar para cumplir con un propósito incomprensible. Es un video y no el acto lo que indigna, lo que mueve, lo que sacude las conciencias.
  • Y de otro lado, la vinculación de este joven y el acto de matar y de materse a las  grupalidades en internet, la Legión Holk, el shock y la sorpresa que se experimenta –legítimamente- frente a ese rostro oscuro de la red, el regodeo en la tragedia ajena, el humor procaz y agresivo, la insensibilidad y el borramiento de la dignidad, la vulneración de la privacidad y la ausencia del más elemental sentido de empatía.

Sin embargo, ninguno de estos dos elementos se hace cargo del tamaño de la tragedia que de manera inédita se ha enfrentado en este país: un ataque armado por parte de un estudiante en su propia escuela. Porque ataques armados en escuelas han existido. Recuerde el lector el estremecedor video que muestra a una maestra de preescolar consolando a sus pequeños estudiantes en medio de una larga y estruendosa balacera, o el pánico de los estudiantes de una prepa en Tepatitlán, frente a la inminencia de la catástrofe y la cercanía de los balazos.

La evidencia de estos dos hechos -podríamos citar más- quedó ahí, circuló y se discutió, aunque de una manera menos angustiada que el caso de Federico. Tampoco se extendió el debate sobre la madre y un bebé descuartizados en Guerrero, aunque la terribles imágenes circularon a profusión; la indignación no alcanzó a subir de tono para convertirse en noticia nacional, en tema de grupos de Whatsapp, cuando el cuerpo de la pequeña niña “apareció colgado” en un árbol en Iguala; no hubo hashtag ni llamados periodísticos a proteger la identidad y mucho menos a defender al padre (chivo expiatorio) de los tres niños masacrados por las fuerzas del orden en San Miguel de Allende. Estos tres acontecimientos, cercanos a la fecha en que el jovencito disparó sobre sus compañeros, no han levantado discusiones, ni llamados a los derechos de las víctimas. No es un juicio, es una descripción, una constatación que es pertinente para esta discusión: la indefensión en la que se encuentran millones de niñas, niños y jóvenes en este país, cuya muerte prematura, cuya suerte dramática como víctimas y victimarios no logra acceder al estatuto de agenda y severa preocupación nacional.

La primera cuestión que llamó mi atención una vez superado el pasmo y el dolor punzante por los sucesos en Monterrey, no fue la difusión del video (horas más tarde, me topé con los “memes”, o mejor dicho, las intervenciones siniestras sobre los cuerpos heridos de los compañeros atacados, pero ese es otro tema y me ocuparé más adelante de ello), sino la pregunta y la sorpresa que me generó la constatación de que una escuela, en un aula que se supone el espacio vital en el que nuestros niños y jóvenes se (auto) constituyen como personas y ciudadanos, existía una cámara de seguridad; francamente la evidencia me dejó perpleja y preocupada: ¿En qué momento las escuelas decidieron colocar cámaras de seguridad en sus aulas? ¿Con qué objetivo? ¿Cuándo el más elemental derecho a la privacidad, al goce que supone o debería suponer la enseñanza-aprendizaje, se convirtió en un ojo en la oficina de algún funcionario, responsable, conserje, encargado de seguridad? (¿Qué se hace con las horas y horas de esas grabaciones? ¿A quién le sirven?). ¿En qué momento, la escuela, esa institución en la que la sociedad ha delegado el cuidado y la formación de los recién llegados, optó por la vigilancia (que no sirvió de nada), arrasando con la confianza fundamental que debe existir en un aula? Hay aquí una pregunta aterradora. No se trata, me parece, de que se haya “filtrado” un video, sino de la pregunta de por qué existía ese video. La desconfianza, el control, el ojo de un gran hermano que todo lo mira no debiera ser el espíritu ni la misión de un salón en el que sujetos libres se entregan a la tarea de aprender y de crecer.

Pero el video existe. Dos minutos y diez segundos que muestran poco y muestra todo. La escena terrible comienza a los 42 segundos: en ese momento el  joven acciona su arma focalizadamente, con tres disparos certeros; dos, después, hacia la pared, todo en 5 segundos; al minuto con siete segundos, se autodispara, algo falla y tiene la paciencia de ir a su asiento y  recargar el arma; al minuto con diecisiete segundos, queda la desolación, el vacío, y los ojos detrás de la cámara de seguridad están ausentes, no hay nada que permita suponer que tras ese artefacto hay una intencionalidad humana, nadie acude, no hay un sacudimiento o interferencia en la imagen, algo que nos permita suponer que más allá del acto ritual de grabar a los jóvenes hay una conciencia dispuesta a actuar. La imagen queda estática y todo se vuelve, después, confusión, ira, sorpresa.

El video “filtrado” y circulado en internet se convierte inmediatamente en el objeto del juicio. No es lo que vemos: es la materialidad de algo que no debió existir y mucho menos “circular”. Quizás, en el fondo, la respuesta indignada y casi mayoritaria frente a su circulación intuye, percibe, se sacude frente a una evidencia demoledora: la escuela como espacio de vigilancia; pero es más sencillo, tal vez, optar por el control y acudir al derecho a la privacidad de víctimas y victimarios, cuando el derecho fundamental ha sido obturado por la cámara de vigilancia.

¿Habría pasado lo mismo sin la cámara? Probablemente. Pero más allá de la pregunta fáctica, quisiera remitirme a una pregunta profundamente humana: ¿Hubiera pasado lo mismo si la escuela y demás espacios sociales hubieran optado no por el control y la vigilancia de sujetos (desconfiables y punibles), sino por el acompañamiento a cuerpo abierto de niñas y niños, jóvenes (creíbles y angustiados), que buscan –sin encontrar, muchas veces-, espacios que no sancionen a priori sus reclamos y su no entender este lenguaje epocal que es la violencia?

No hay bolas de cristal, pero sí me parece que tenemos evidencias claras que indican que el camino que andamos aleja a pasos agigantados a quienes, llegados a la edad de decidir, optan por aquello que los exime y los protege del peso que implica la responsabilidad por las y los otros.

Hay que mirar el abismo para no sucumbir a sus encantamientos, ni a las coartadas que nos propone para evadir el espejo. No es el video: es el sistema y la sociedad que hemos traído a esta orilla de la historia.
Nota: en una próxima entrega abordaré el tema de las redes y los grupos de “odio”.


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