I ain’t afraid of no goats

En la madrugada del 3 de noviembre del 2016, Chicago se negó a irse a la cama. ¡Cómo dormir una noche cuando la ciudad entera había pasado más de un siglo soñando!

Del griterío que se escuchaba a 20 cuadras del estadio, de los helicópteros rondando a media noche, de las luces prendidas al ritmo de los alaridos, de los jóvenes en camiseta desafiando una fría noche de otoño, de ese rugido que iba recorriendo calles y tocando puertas, de esos brincos y llantos, y nuevos saltos y nuevas lágrimas y abrazos con personas desconocidas que nunca se volverán a ver. La culpa de todo la tiene el beisbol.

La larga espera por un campeonato manchó al fanatismo beisbolero con la superstición.

El más estadounidense de los deportes, el que aglutina aún a familias completas en las tribunas, el que ha servido de referencia a la literatura desde Phillip Roth a Stephen King, el de los protagonistas vistos como caballeros de los que ya no hay en estos tiempos, el que permite arreglar el mundo mientras hay una pausa entre entrada y entrada, el que da tiempo para beber y comer, reposar y comenzar de nuevo, el deporte donde tan importante es usar el cerebro como el cuerpo. El Rey de los Deportes.

De las múltiples lágrimas y de las contadas alegrías. La pelota caliente marcó por 108 años a una ciudad con el estigma de la derrota, pero también con los vislumbres de la esperanza. La larga espera por un campeonato manchó al fanatismo beisbolero con la superstición. Lo que no se podía explicar en el campo de juego lo justificó la brujería. Curiosidades de la vida, un juego estadístico amparado en la metafísica.

La Maldición de la Cabra, esa vieja anécdota de aquel otoño de 1945 cuando a William Sianis lo corrieron del Wrigley Field con todo y la caprina Murphy y en represalia, el indignado dueño de la cabra dijo que los Cubs no ganarían una Serie Mundial hasta que dejaran entrar a su mascota. Por supuesto, perdieron la serie y el chiste se convirtió en historia de terror para los aficionados de hueso colorado de unos cachorros que ya no vieron su suerte.

La situación no cambió en 1970 cuando el propio Sianis daba por concluida la maldición, quizá porque el sortilegio anticipaba que tres años más tarde, a pesar de ponerle una alfombra roja y llegar en limusina blanca, los guardias impidieron la entrada al estadio a Sócrates, la cabra que había sustituido a la fallecida Murphy y que ahora pertenecía a Sam, el sobrino de Williams.

En 1984, autoridades y dueños del equipo cedieron al fetichismo y dejaron entrar a Sócrates hasta el campo de juego. No fue suficiente, los Cubs cayeron en la final del campeonato ante los Padres de San Diego.

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Los beisbolistas no creen en supersticiones porque atraen la mala suerte. Si el score que se registra minuciosamente cada partido y que permite recrear lanzamiento por lanzamiento partidos que se jugaron años antes de la invención del radio y la televisión incluyera las manías, costumbres, cábalas y sortilegios de los jugadores que se realizan antes, durante y después de los partidos, se podría editar un volumen antropológico y religioso que resultaría épico. El profesionalismo no mata el temor a retar al destino. Hoy en las Grandes Ligas podemos ver a peloteros ateos que se siguen colocando la cachucha al revés para invocar el rally de carreras que le dé la vuelta al partido.

La hechicería se volvió leyenda y motivo de burla. En 1989, mientras se filmaba la continuación del éxito Hollywoodense Volver al Futuro, el guionista Bob Gale pensaba en las situaciones más improbables que podrían suceder en un futurístico 2015 en el que se ambientaría la película. Su ocurrencia: que los Cachorros de Chicago por fin ganaban la Serie Mundial.

Ya que el pasado condenaba al equipo, algunos entonces enfocaron sus energías hacia el futuro y en Chicago los adivinadores que leen las palmas de las manos y los preparatonianos que manejaban la ouija jugando con sus compañeros escuchaban una y otra vez la misma pregunta: ¿Cuándo seremos campeones?

Otros dejaron sus profecías por escrito. En 1993, el joven egresado de la High School, Michael Lee escribía en su anuario de la escuela: “Chicago Cubs, 2016. World Champions. You heard it here first”, una frase que le haría ganar sus 15 minutos de fama mundial 23 años después.

Pero todavía no llegaba el histórico 2016, así que el equipo seguía dando tumbos, en ocasiones causando lástimas, en otras cayendo con la cara al sol. Si las derrotas generan conocimiento y sabiduría en los vencidos, los Cachorros de Chicago se habrían convertido en unas auténticas lumbreras.

Michael Lee se olvidó de su anuario en un cajón. 10 años después, el Universo le volvía a jugar una broma de mal gusto al equipo de Chicago.

El 14 de octubre de 2003, Steve Bartman acudió con amigos al Wrigley Field para ver a sus Cachorros. El joven asesor informático de 26 años de edad estaba entusiasmado con el paso de los Cubs, que llegaron a los Playoffs en buen momento y con los ánimos más elevados que las antenas de la Torre Willis, el coloso de acero que alguna vez fue el edificio más alto del mundo.

Chicago sentía en el bolsillo el pase a la Serie Mundial, estaban en casa con una ventaja de 3 juegos a 2 sobre los Marlins de Florida y los locales dominaban el juego 3 a 0.

Bartman, sentado justo al borde del campo en el jardín izquierdo se movía inquieto. El también mánager de un equipo juvenil de beisbol mostraba su euforia a 5 outs de llegar a la cita por la corona de las Grandes Ligas.


Un out colgado en la pizarra, suena un batazo seco, el bateador de los Marlins pega un elevado flojo a la zona de foul del jardín izquierdo. Martin Alou, el jardinero de los Cachorros se eleva junto a la barda y estira el brazo para atrapar la bola, una mano se mete en el camino y le quita la pelota prácticamente del guante. El pelotero estalla hecho una furia contra el que le acaba de quitar a su equipo un out casi seguro. Steve Bartman observa rodar la bola que quería atrapar. Apenas comienza a entender que los abucheos e insultos de una gran parte del estadio son para él. ¿Qué, hice algo malo? Pregunta en voz alta mientras unos guardias llegan a escoltarlo para sacarlo del estadio porque no falta quién se lo quiere comer vivo. A sus espaldas escucha como cientos de aficionados reniegan de él.

El buen chico admirado por sus amigos se diluyó en el anonimato y ya no se supo si volvió a dirigir a su equipo de béisbol.

El resto de la historia quizá ya lo saben ustedes. Los Marlins le cayeron a palos a los cachorros y les anotaron 8 carreras. Chicago no se pudo recuperar para el séptimo partido y fueron eliminados. La pelota maldita fue subastada en 100 mil dólares para luego ser destruida. Bartman se tuvo que hacer ojo de hormiga ante el repudio general. El buen chico admirado por sus amigos se diluyó en el anonimato y ya no se supo si volvió a dirigir a su equipo de béisbol.

¿Cómo se llamaba ese equipo? Los Renegados.


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Una parte de la gracia del juego de pelota es que es el tema en el que quizá se involucren con mayor entusiasmo los datos duros. El periodista Arthur Daley decía que el fanático de beisbol tiene el aparato digestivo de una cabra y es capaz de devorar todo un set de estadísticas con insaciable apetito, para después salir en busca de más.

La otra parte que le da brillo a este deporte es lo impredecible. Un duelo de estrategias sobre un tapete de fichas móviles y vulnerables. Ballet sin música y drama sin palabras. Unos cuantos minutos de acción efectiva repartidos en más de tres horas de una epopeya. Una tragedia con muchos villanos y pocos héroes.

Al inicio de cada temporada los especialistas arrojan cientos de deducciones que no le sirven para nada a los fanáticos, porque el béisbol comparte el beneficio de las religiones: la principal ventaja de la fe es que no necesita argumentos para subsistir.

A la Serie Mundial del 2016 llegaron dos equipos que no estaban entre los principales favoritos entre los apostadores al inicio de la temporada. Los Indios de Cleveland no ganan un campeonato desde 1948 y los Cachorros de Chicago… bueno, ya conocíamos sus antecedentes.

Los perdedores permanentes generan ternura, no simpatía y los apostadores no tienen fama de ser sentimentales.

Y sin embargo, ahí estaban, los Cubs fueron el mejor equipo de las Grandes Ligas con 103 victorias pero llegaban a los Playoffs a enfrentarse a rivales de la Liga Nacional con mayor eficiencia histórica como los Gigantes de San Francisco o los Dodgers de Los Ángeles.

En la Liga Americana los favoritos permanentes velaban armas, Texas con el mejor promedio y los Medias Rojas de Boston partían como permanentes favoritos ante unos disciplinados Indios de Cleveland que avanzaban eficaces sin hacer escándalo.

 

“I ain’t afraid of no goats”
Quizá era la espera, quizá era la esperanza alimentada con la derrota centenaria, pero en Chicago el ambiente estaba enardecido y no hubo hechizo contra el optimismo. Los balidos malditos que recordaban a los antecedentes históricos fueron acallados con la euforia.

En la serie contra los Gigantes de San Francisco surgió un portavoz que representaba el nuevo espíritu combativo y desafiante de los aficionados a los Cachorros de Chicago.Mientras los comentaristas de televisión recordaban la historia de la cornuda Murphy, una figura llenó las pantallas y los monitores del Wrigley Field:

Bill Murray, Bill Fucking Murray apareció enfundado en una camiseta azul con una imagen que parafraseaba a los Cazafantasmas:

“I ain’t afraid of no goats”.

La gente se volvió loca.

Y comenzó a creer…

Del otro lado de la llave, a los rivales de la Liga Americana les pasó lo mismo que al general Custer por andar menospreciando a los indios y uno por uno fueron cayendo ante la solidez de Cleveland.

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LEYENDA EN SIETE ACTOS

No hay leyenda ni cuento de hadas que valga la pena que narre conquistas fáciles. La Serie Mundial del 2016 no sería una excepción. Con 4 partidos a jugarse en Cleveland y 3 en Chicago, se esperaba una contienda equilibrada.

Al principio no fue así.

En el primer partido los pitchers de Cleveland salieron con puntería de apache y con los bates afilados como un tomahawk y apagaron el entusiasmo de los Cachorros a base de garrotazos y colgándoles un cero comandados por el Gran jefe Corey Kluber desde la lomita de las responsabilidades. Los peloteros de Chicago ni las manos metieron. 6 a 0

Para el segundo juego, los vecinos del Lago Michigan mandaron al barbón Arrieta a mantener a raya a los Indios, les aguantó 5 entradas y un tercio sin permitir hit y no dejó que le apedrearan el rancho mientras a la ofensiva sus compañeros le tundieron a un Bauer que pasará al anecdotario como el pitcher que se cortó un dedo tratando de arreglar un drón ¡en plenos playoffs!

La serie se movió a Chicago, al histórico campo del Wrigley Field, inaugurado 6 años después del último campeonato de los Cachorros y donde su primer juego por la noche se celebró apenas en 1988 por otra superstición.

No hay leyenda ni cuento de hadas que valga la pena que narre conquistas fáciles

El tercer juego de la serie se lo llevó Cleveland por la mínima diferencia, pero fue en el cuarto encuentro donde la fatalidad comenzó a asomarse de nuevo a la ciudad donde cualquier cabra era vista con espanto.

Ese partido lo volvió a ganar Cleveland, otra vez gracias al brazo del verdugo Kluber y para acabarla de amolar, la tragedia podría tornarse en algo aún más doloroso, sádico, no solamente se vislumbraba que los Cachorros podrían perder la Serie Mundial, sino que además, la afición más fiel, argüendera y festiva de las Grandes Ligas quizá ni siquiera podría ver un triunfo de su equipo en su propio campo.

Chicago estaba obligado a ganar tres juegos seguidos, dos de ellos en territorio enemigo.

Hay dolores que matan…

Pero también hay amores que nunca mueren…

Por los pelos, pero los Cachorros ganaron el último juego en su estadio con la pequeña ayuda del gigantón Chapman, el cubano que lanza misiles a 104 millas por hora les dio algo de oxígeno a sus compañeros para buscar la gloria a 350 millas lejos de casa.

Comandados por Kris Bryant, quien había permanecido un tanto discreto en la serie y aprovechando el aturdimiento de unos Indios a los cuales ya no les aguantó la disciplinada estrategia de pitcheo mostrada en los primeros juegos, los Cachorros le pegaron 9 veces a su rival y dejaron para el final el misterio y el drama que merece toda maldición que se combate. Un asalto final con boleto sin retorno.

La historia favorecía a los Indios. Llegaron al último juego en su estadio con el viento a favor, el equipo local había ganado nueve de los últimos diez compromisos que se definieron en el séptimo capítulo en la historia de la Serie Mundial.

Los Cachorros abrían con Hendricks, con quien ganaron en sus últimos 5 partidos como abridor, pero enfrente tenían, una vez más al implacable Kluber en su tercera salida en la serie y quien los derrotó ya dos veces.

Lo dijo el columnista Rafael Torres Meyer y lo dijo bien: ¡Es el juego 7, los números son para los otros 6!

Ese mismo día por la mañana partían los últimos feligreses en una peregrinación de 6 horas hacia Ohio. En un estadio para 40 mil personas, 15 mil seguidores de los Cachorros plantarían su bandera en una butaca.

Carrera a carrera, Chicago comienza a ver la luz en el horizonte con pasos firmes, el panorama luce bien, en el montículo está de nuevo el cañonero Chapman y dos carreras y seis outs los separan de la hazaña.

Pero si esto fuera predecible, lógico y tradicional, no sería beisbol…

Al lanzamisiles Chapman le pescaron uno de sus meteoritos y el juego se empató. La larga sombra del fracaso aparece sobre el dogout de los visitantes como otra triste página para el ya grueso tomo de fracasos de Chicago. El drama entre más largo más intenso y nos vamos a extra innings por segunda ocasión en los últimos 60 años.

Y como colofón de guión dramatico empieza a llover.

20 minuto después.

Dos carreras del lado de los Chicago Cubs en la alta de la décima.

Una carrera de parte de Cleveland en la baja de la décima.

Una rolita a la tercera base, el Bryant ataca la bola y ya va sonriendo en el camino antes de tirar a primera para sacar el último out. Una ola sónica se levanta entre los edificios que rodean a Wrigleyville, rebota en las ventanas y despierta a los despistados que ya están dormidos cuatro horas y media después de que comenzó esto. Una sola voz, un aliento con 108 años de añejamiento. Una maldición que ya no se contará a los niños como una tragedia.

Los Cachorros son los ganadores de la Serie Mundial de Beisbol, en Chicago ya no le tienen miedo a las cabras.

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¿Qué es el béisbol?

Eddie Veder, vocalista de Pearl Jam, canta Take me out to the ball game…

Una anciana muestra una camiseta pidiéndole a los Cubs un campeonato, solo un campeonato antes de morir…

La estación Addisson a unos cuantos metros del Wrigley Field hierve de gente uniformada en blanco y azul, nadie quiere tomar aún el tren de regreso a casa…

Los paisanos de El Burro Mexicano, a unos metros de la estación no se dan abasto para atender a la cantidad de personas que este día hace una larga cola hasta la calle para comprar tacos… eh… falso… cada que juegan los Cubs como locales se les pone igual el negocio…

Un hombre con exceso de lágrimas y ausencia de voz solloza después de que por años pidió una limosnita de victorias, lo que sea su voluntad, ¡por caridad! un campeonato…

Un niño ilumina un cuarto con su sonrisa y salta junto con su papá, mágicamente también convertido en niño…

Un niño llora mientras es consolado por su papá, quien lo acaricia diciéndole que el beisbol, como la vida, siempre te da revanchas…

La Michigan Avenue o Magnificent Mile con cientos de fanáticos a las 6 de la mañana de este viernes esperando el desfile que será 5 horas después…

La bandera #FlytheW ondea en miles de casas en una ciudad que no se quiere dormir…

Al final, como lo dijo el extinto comisionado de Grandes Ligas Bartlett Giamatti: el beisbol se trata del regreso a casa después de una larga travesía
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EPÍLOGO

El 20 de septiembre del 2013 fui por primera vez al Wrigley Field para cumplir una promesa. Jugaban los Cubs contra los Dodgers.

Ese día aprendí a llorar a solas en un estadio abarrotado.

Pero, esa, amigos, esa es otra historia


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